Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Entre caimanes te leas

Todos creímos, en la pozolería, que después de tres sesiones quedaba momentáneamente cerrado el capítulo dedicado al alucinado y alucinante Porfirio Barba Jacob. No fue así, un amigo me cuenta que, durante su estancia en Chilpancingo, el vate colombiano tuvo un amante: como, caballerosamente, aunque estemos solos en la banqueta, me dice el nombre del susodicho casi en secreto, sólo me acuerdo que era dueño de una casa de empeño y una cantina famosa. Sacando cuentas, el amante vendría siendo pariente de Leopoldo Estrada. Ah, también me preguntan de dónde saco que hay un poema del pintor y poeta chilpancingueño Leopoldo Estrada parecido a uno de Barba Jacob y dónde se pueden conseguir dichos poemas. Recuerdo que, por admiración y ganas de conjuntar y publicar los poemas de Barba Jacob, en tres ocasiones sus amigos hicieron sendas antologías poéticas, y con los tres se disgustó el poeta. Como corregía sus textos con constancia, nada le gustaba al señor. A Barba Jacob se le encuentra en internet y quizá todavía se pueda conseguir la Poesía completa del colombiano que editó el Conaculta en 1998, con prólogo de Piedad Bonnett, en la colección Lecturas mexicanas.  En cuanto a la otra pregunta, elucubro: en 1933 Leopoldo tenía 24 años y, suponiendo que ya hubiera entrado a la Academia de San Carlos, iba y venía del Distrito Federal a Chilpancingo. Barba Jacob era una celebridad y en Chilpancingo causó furor entre artistas y prospectos de artistas. El mismo amigo que me contó lo del amante de Porfirio, reafirmó la lírico-dramática influencia que el enamorado de La Dama de los Cabellos Ardientes ejerció sobre el poeta costachiquense Juan García Jiménez, quien disfrutaba diciendo la poesía del antioqueño e imitando su modo de hablar y decir sus poemas.
No puedo afirmar que el joven Leopoldo y el cincuentón Porfirio se hayan conocido en persona, pero estoy seguro de que el chilpancingueño conoció y declamó poemas del colombiano, como el recitado Futuro, Canción de la vida profunda y Acuaramántima… Pero bueno, ya que mencioné los citados poemas en un mismo renglón, diga el lector si no hay en ellos un proyecto semejante, dionisiaco y epicúreo, relator y descubridor, revelador, con finales tendientes a lo prometeico, alrededor de un joven.
En Barba Jacob, el tema está en Elegía del marino ilusorio y otros poemas. Retrato de un jovencito, por ejemplo:

Pintad un hombre joven, con
palabras leales
y puras: con palabras de ensueño
y de emoción;
que haya en la estrofa el ritmo de
los golpes cordiales
y en la rima el encanto móvil de
la ilusión.
Destacad su figura, bella, contra
el azul
del cielo, en la mañana florida
y sonreída:
que el sol la bañe al sesgo y la
deje bruñida;
que destelle en los ojos una luz
encendida:
Que haga temblar las carnes una
ansia contenida;
y que el torso, y la frente, y los
brazos nervudos,
y el cándido mirar, y la ciega
esperanza
¡compendien el radiante misterio
de la Vida!

Con ánimo excesivo (ya salió en otro Pozole Verde), el poema de Estrada se llama Desnudo y dice así:

Desnudo estás como el Adán
primero
y absorto te contemplo en
tu belleza.
Hechura sabia de manos
de alfarero
que al concebirte con amor,
copióse entero.
Todo en ti es equilibrio, todo
es reto
a lo que al fin, después,
se hizo de cierto.
Ningún descuido que opacar
pudiera
el continente de tu estar
perfecto.
Todo adjetivo es pobre al
describirte
desde el augusto rostro, al
músculo apolíneo;
y en el centro del puente de
tus muslos,
corriendo va la savia de
tus ríos.
Desnudo estás en tu
imponente aspecto,
y la luz empeñada en
alumbrarte,
enloquecida salta de tu
torso
y se esconde en los líquenes
del sexo.
Desnudo estás como
columna al viento;
como mástil, antena
u obelisco.
Desnudo como Adán
el primer día
en que el Edén gozó
la primacía
del hombre que signó
nuevo portento.

Por el estilo va también Amante imaginario, que en algunos versos dice: Tienen que ser en verde sus pupilas / naufragando en la luz. / La expresión de bondad se hará más fina / cuando atisbe un paisaje de neblinas. / Tiene que ser su boca pensativa / cuando el silencio vuelva del sonido / y sus manos, tan grandes y extendidas, / libertarias de pájaros cautivos…. / Tiene que ser su corazón de niño navegando en la luz… / Tiene que ser como el fulgor de un astro, / como el correr de un río, / como el ansia de escape del perfume, / como el fuego que agota hasta su brillo. / Tienen que ser en verde sus pupilas / abiertas a un paisaje de neblina.

Un caimán peruano

Cierta triangulación de nombres y poemas nos hace ligar a Barba Jacob con el poeta peruano José Santos Chocano, y a éste con el poeta guerrerense Manuel M. Reynoso. Disculparán la dispersión, pero Barba Jacob y Santos Chocano eran cuates y cuando se encontraban, en Honduras o en México o donde fuera, se echaban sus copas y sus coplas. Barba Jacob era más lírico, nostálgico y personal, pero Santos Chocano era el poeta nacional de Perú. Uno era pobre, andaba de periodista e hipnotizador poético y terminaba de perico-perro en todos los países que pisaba, y el otro era un ricachón politiquero, un negociante súper tranza. Según Fernando Vallejo, la vez que Barba Jacob entrevistó al poeta peruano para El Imparcial, éste presumió sus negocios de minas y demás transacciones comerciales que había llevado a cabo en sus 12 años vividos en ese país a la sombra de dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera: “Yo también sirvo, con ser poeta –se adornó–, para lo que sirven los demás hombres. Sólo que mis esfuerzos como negociante no se limitan a obtener utilidades de 100 pesos al mes, sino que pongo mi potencia intelectual en los negocios para ver de obtener millones”.
Vallejo agrega que, en México, Chocano estuvo a punto de ser expulsado por el propio presidente Madero pero que el que sí lo sacó del país fue Huerta. Regresó y dice Vallejo, que llama bandolero a Pancho Villa, que una frase embriagó al guerrillero revolucionario: “En el general Villa existe la materia prima de un grande hombre”, a cuya sombra vivió “desde entonces”. Defensor, en Europa, de Estrada Cabrera, “en Madrid estafó al Banco de España y se vio obligado a huir de la península a la medianoche, disfrazado de cura. En México estuvo involucrado en una venta de cañones y ametralladoras a don Venustiano Carranza, quien se acababa de alzar en armas en el estado de Coahuila”, y Huerta lo mandó por piernas a Cuba”.
Deatiro las tranzas de don José no tienen qué ver con Barba Jacob ni con el poeta calentano Manuel M. Reynoso. Pero fue inevitable o, dijera Roberto A., “a mí lo que me gusta del pozole verde es el chisme”: ¿cómo no platicarles que el 1 de diciembre de 1925 José Santos Chocano mató al periodista Edwin Elmore “por grosero. ¡Se había atrevido el atrevido a darle una bofetada en el rostro a un poeta!”.

Entre caimanes te leas

Y hasta aquí le cayó la pelota a Manuel M. Reynoso: uno de sus poemas (El caimán) se parece “bastante” a uno de Santos Chocano (El sueño del caimán). Cierto que la literatura latinoamericana y la brasileña está plagada de caimanes: del Gran Sertón: Veredas, del brasileño Joao Guimaraes Rosa, a las novelas indigenistas y costumbristas mexicanas, pasando por Doña Bárbara del venezolano Rómulo Gallegos, y La Vorágine, del colombiano Eustasio Rivera. Imposible rastrear sus huellas en la poesía del siglo XIX y principios del XX, viene retaceado en muchísimos versos dedicados a la selva o vida rural (La negra águila enorme, de pupilas / de fuego y corvo pico relumbrante, / tiene a Aquilón: las hondas y tranquilas aguas, el gran caimán…, dice Rubén Darío en Estival), o completo y filósofo, como en los versos de Andrés Eloy Blanco, autor de Angelitos negros, el poema considerado himno contra la discriminación racial que fue interpretado por Pedro Infante (en la película del mismo nombre) y por Los Olimareños, así como por Eartha Kitt y Roberta Flack. Desde luego, el de Eloy Blanco también se llama El caimán:

Es el capitán del Río;
viejo zorro dormilón, viejo Neptuno,
con ese dolor de eternidad
de los que se salvaron del Diluvio
En la playa candorosa
alza su boca abierta hacia
los cielos
las almas de los que
se han comido.
Viejo zorro, compadre del filósofo,
¡sospechoso, como el lomo
de un libro!

Sé que hay, por ahí, un libro antológico de Manuel M. Reynoso editado hace años por el Instituto Guerrerense de la Cultura y que infortunadamente desconozco. Manuel M. Reynoso (1907-1989) era abogado y contribuyó a que –en 1936– su lugar de nacimiento, que llevaba el bonito nombre de Pungarabato (Cerro de plumajes, Cerro de las plumas, en purépecha), “se elevara de categoría”, de pueblo a ciudad, aunque de seguro no pudo evitar que se llamara Ciudad Altamirano… Reynoso es autor de la letra de la archifamosa Por los caminos del sur, que musicalizó José Agustín Ramírez, y era maestro del Colegio del Estado cuando Porfirio Barba Jacob llegó a Chilpancingo y se integró a la institución. Fue jefe de redacción de Germinal, la revista que “inventó” Barba Jacob y cuyo directorio encabezaba Alejandro Gómez Maganda puesto que el mero editor era extranjero. No me pregunten si Reynoso conoció a Santos Chocano: en su época, los poemas de éste estaban en libros escolares y en todas las publicaciones de México. Y a lo que vinimos, porque nos vamos: éste es El sueño del caimán, del poeta peruano:

Enorme tronco que arrastró la ola,
yace el caimán varado en la
ribera;
espinazo de abrupta cordillera,
fauces de abismo y formidable
cola.
El sol lo envuelve en fúlgida
aureola;
y parece lucir cota y cimera,
cual monstruo de metal que
reverbera
y que al reverberar se tornasola.
Inmóvil como un ídolo sagrado,
ceñido en mallas de compacto
acero,
está ante el agua estático
y sombrío,
A manera de un príncipe encantado
que vive eternamente prisionero
en el palacio de cristal de un río.

El caimán que sigue es el del calentano Reynoso:

En el viaje de plata, de cristal
y armonía
del gran Balsas que lleva
vistiendo un firmamento,
el caimán es un cardo muy largo
en movimiento
como dragón del sueño del agua
bajo el día.
El paisaje del trópico, enhiesto
se diría
que es gloria de sol rubio
envuelto en azul viento.
El río es avenida del cielo claro
y lento
y el caimán un crucero
de gris piratería.
A las márgenes llega con las
fauces abiertas,
bostezando en los climas de las
playas desiertas
el marfil enfilado de sus
límpidos dientes.
Y si vuelve a las aguas de
verde transparencia
y voltease como hace en veces,
su presencia
parece una marimba
que tocan las corrientes…!

Los dos son sonetos, uno de 11 sílabas -apenas menos tradicional que el ocho (si concordamos en que los versos octasílabos corresponden “más naturalmente” a la lengua española), –el otro de 14– el alejandrino, pues, desde la época de Rubén Darío considerado “muy difícil”. Qué bueno que los lectores adviertan de volada cómo ambos bardos elucubran virtudes de la larga y boquiabierta “estatua” viviente y cómo se divierten con sus metáforas trascendentes, porque, como dice la canción, ora sí se va el caimán. Y ¿pa’ onde se fue, paisano? ¡Demontres, se fue para Barranquilla, Colombia!, ¡la tierra de Barba Jacob!…

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