Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

El Recodo, Amatito,
Tecomate y Tenantitlán

Nunca escuché a mi padre decir que la tierra fuera suya porque entendía que el propósito de su cultivo era únicamente para obtener de ella el sustento de la familia, de manera que cada parcela que acumulaba la nombraba por algo característico de su ubicación.
Primero fue la parcela del Recodo, la más fértil y valiosa por encontrarse dentro del distrito de riego, precisamente lindando con el río Limpio, en el segundo recodo de su cauce de donde nace, el que chocaba frente a las raíces del centenario árbol de coxcahuate, camino a la presa de Tiapa.
Luego fueron las parcelas de temporal, El Amatito en el llano, cuya seña particular para cruzar el río era un joven árbol de amate; después las laderas en el lejano cerro de Tenantitlán, pegadito a las rojas peñas que dividen el ejido de Quechultenango con el vecino Mezcaltepec. La última fue El Tecomate, rumbo al cerro de la mina, muy cerca del río Azul, donde un jícaro o tecomate era insignia del lugar. Al final, cuando las fuerzas le faltaron dejó las tierras libres para que otras manos necesitadas las cultivaran.
Si bien no nació campesino porque su padre se dedicaba a la arriería llevando y trayendo productos de la Costa Chica a la Montaña, él desde joven consiguió su primer trabajo en las arduas labores de construcción de la presa hidroeléctrica de Colotlipa.
Mi padre, Vicente Pacheco, se hizo campesino un poco por azar y lo demás por la insistencia de mi madre quien lo alentaba a ser su propio patrón y a conseguir lo que pudiera lograr con su propio ingenio, fuerzas y recursos.
“Vete a la junta, Vicente, dicen que van a repartir tierras del ejido a los que quieran trabajar” le hablaba mi madre con insistencia enterada de la asamblea ejidal que se avecinaba. Entonces las juntas de los campesinos se hacían en el viejo edificio de la escuela primaria en el centro del poblado.
Con cierto placer recordando el suceso mi padre solía platicarnos lo que aconteció en esa junta de campesinos a la que acudió por primera vez. No estaba en el padrón de ejidatarios pero tenía la edad y también la necesidad de contar con una parcela porque ya había formado una familia, de manera que luego de ingresado al núcleo agrario como ejidatario, junto a otros jóvenes, mi padre participó en el sorteo para hacerse titular de una parcela abandonada.
Cuando llegó a la casa la sorprendida fue mi madre al enterarse de que tenía frente a ella a un nuevo ejidatario que era su marido, titular de una parcela. Después los dos descubrieron, emocionados, que habían sido dotados de casi una hectárea de tierra en un lugar inmejorable para el riego, a una distancia relativamente cercana a Quechultenango.
En pocos años mi padre aprendió el arte de trabajar para hacer producir la tierra, y a fuerza de madrugar y de aplicarse en largas y cansadas jornadas de trabajo fue convirtiéndose en un campesino destacado que sembraba y realizaba las labores de cultivo con dedicación y esmero para hacer posible el milagro de la cosecha.
La vieja costumbre de rotar el suelo para dejar descansar la tierra lo suficiente para que siguiera siendo productiva obligaba destinar cada año la mitad de los terrenos del ejido para el pastoreo del ganado y la otra mitad para la siembra, situación que exigía a los campesinos disponer de terreno para el cultivo en las dos mitades del ejido como forma de garantizar la manutención familiar y el trabajo permanente.
Por eso fue que mi padre se obligó a ir sumando nuevas parcelas en su haber, conseguidas todas mediante la sola fuerza de sus brazos que a veces compartía para ganarse el apoyo de otros campesinos que también lo necesitaban. Con ése método la tierra a laborar crecía de acuerdo con las necesidades familiares, aunque limitada a la capacidad de trabajo del nuevo campesino.
Recuerdo la parcela del Recodo porque su cultivo era el más frecuente por la ventaja del riego y el cercado contra el ganado que permitía su cultivo permanente, una amplia variedad de plantas y más de dos cosechas al año.
La del Amatito era la más grande de las parcelas de temporal. Por ella pasaban las líneas conductoras de electricidad, el suelo era arenoso y una de sus esquinas se inundaba, de manera que cuando la lluvia era abundante, ésa parte se consideraba pérdida segura.
Me gustaba mucho trabajar en esa parcela porque estaba cerca de la carretera. A veces me tocaba llevar el almuerzo y en varias ocasiones experimenté la aventura de colgarme del camión de pasajeros en marcha para tomar por mi cuenta el aventón.
Una vez me perdí caminando con mi primo llevando al hombro el morral con el almuerzo para nuestros padres que eran vecinos de parcela. Tomamos un camino equivocado y cuando concluimos que estábamos perdidos nos sentamos a comer nuestra parte del bastimento moqueando por el llanto, hasta que un campesino que también resultó ser nuestro tío se acercó hasta nosotros para indicarnos el camino.
En ésa misma parcela sucedió el gran susto con mi hermano el mayor. Andaba sembrando tras la yunta cuando a la mitad del surco pisó un cienpies y entonces corrió despavorido hasta alcanzar a mi padre. El pobre estaba en la creencia de que esos animales de color oscuro que se mueven con sus múltiples pies como si fueran trenes en marcha, eran tan venenosos que con sólo pisarlos la gente se moría. Mi asustado hermano lloraba y se despedía inconsolable de mi padre “ahora sí me voy a morir” repetía, y era tanta su angustia que asustó también a mi padre que corrió acongojado con garrocha en mano hasta el lugar del “cienpies” para excavar hasta encontrarlo, y luego de matarlo, muy convincente se lo mostró a mi hermano que no cesaba de llorar. “No te vas a morir hijo, porque éste animal todavía no es cienpies, apenas tiene noventa” le dijo convincentemente y como mi hermano no se moría terminó por creer el cuento de mi padre.
La parcela de Tenantitlán era la más alejada. Al pie de las peñas los gritos hacían eco y era común escuchar el canto del cenzontle. La lejanía obligaba a ir montado en una bestia para no llegar exhausto. Allá abundaban las alacranes. El terreno era pedregoso y la tierra prieta. En la loma había muchos magueyes y árboles de tepehuaje. A veces tardábamos más de una semana para las labores del cultivo y otra más para cosechar.
Un año en esa parcela mi padre persiguió un felino que él dijo que era león. El animal había matado una cabra y fue su balar lastimero lo que alertó a mi padre de que algo malo pasaba de modo que armado solamente con su machete ahuyentó al felino y rescató el cadáver del animal abandonado en la rama de un árbol. Por su valentía la comida en la casa ése día fue barbacoa.
Como la distancia del pueblo a esa parcela era tan grande aprovechábamos el agua de la barranca que corría fresca al pie del cerro. En ella llenábamos nuestro bule que debía durarnos todo el día si la administrábamos bien, pero un día muy caluroso el agua se nos terminó depués de la comida, entonces mi padre me eligió a mí para que bajara a la barranca a llenar el bule.
En la ida y regreso calculaba dilatar una hora, por eso mi padre viendo cómo las nubes empezaban a encapotar el cielo me indicó que llevara también un impermeable por si la lluvia inminente me alcanzaba.
Recuerdo que un poco por el temor de la tormenta apresuré el paso bajando la loma empinada y muy pronto llegué a la barranca. El bule lo llené a la mitad para que no me pesara y emprendí de nuevo el regreso. Cuando subía la empinada cuesta empezó a soplar un fuerte viento acompañado de grandes truenos y rayos con una tupida lluvia de granizo. Ni siquiera tuve tiempo para desdoblar y ponerme el impermeable cuando ya mi ropa estaba empapada. Si no me hubiera tirado al suelo sujetándome fuertemente del tronco de un matorral que llamamos espino blanco, seguramente hubiera corrido la suerte del impermeable que salió volando de entre mis manos mientras el bule caía a mis pies.
Creo que empecé a rezar contra el viento que de violento casi me impedía respirar mientras veía cómo el camino en apenas unos minutos de lluvia torrencial se convertía en río. Estaba yo solo frente a la furia de la tormenta cuyas nubes negras habían oscurecido la tarde cuando vi venir a mi padre con su capote de palma puesto, sus pantalones enrollados hasta la rodilla y su sombrero endosado, me tomó de la mano, me cubrió con su capote y los dos sentados esperamos un rato a que pasara la lluvia o el viento para regresar a toda prisa donde se había quedado mi hermano que nos esperaba temeroso.
Cuando cesó la lluvia abrió el sol y las barrancas crecieron caudalosas. Mi padre me felicitó, aunque ahora no se si por mi valentía o por mi obediencia.
La parcela del Tecomate tenía la ventaja de la carretera a la mina que pasaba justo en medio de nuestra tierra. Aunque también estaba lejos de la casa, a diferencia de Tenantitlán, aquí era terreno plano. Antes de abrir al cultivo esos terrenos mi padre sembró el último tlacolol en el cerro vecino. Era una siembra muy grande que requirió organizar un combate para poder limpiar a tiempo la milpa.
Recuerdo que en aquel año cuando empezaban los elotes una manada de tejones atacó a nuestra perra Amapola hasta casi matarla y se salvó gracias a que mi primo la cargó sobre sus hombros hasta nuestra casa donde la curamos.
Cuando cosechamos el tlacolol mi padre improvisó una casa para dormir al pie del montón de mazorca para cuidarla. A mi me tocó acompañarlo una noche durmiendo en una alta cama de palos con techo de escobas que él mismo fabricó. Cuando muy de madrugada cargó las bestias de mazorca y me dejó sólo al cuidado de la cosecha, descubrí el cielo más estrellado que yo recuerdo.
Cuando después abrimos con la yunta las otras tierras del Tecomate dejamos el tlacolol con su trabajo extenuante y nos dedicamos al plan. La tierra no era muy fértil y proliferaba un zacate difícil de desterrar que conocíamos con el nombre de “frente de toro” lo que puede dar una idea de lo fuerte que enraizaba.
En esa época de siembras en el Tecomate, se hablaba mucho de que en el día de San Juan se abrían los encantos en el campo y como mi padre se quedaba en las tardes a pastorear los bueyes de la yunta nos contó que un día se perdió uno de sus animales y en su búsqueda se fue a encontrar una pitahaya completamente cargada de sus frutos, las pitahayas son plantas epífitas o parásitas que crecen en las ramas de los árboles y en determinadas épocas florecen y dan sus racimos de frutas con ése color rojo tan característico. También hay que decir que es muy raro encontrarlas y más con sus frutas. Bueno pues mi padre contaba que como casi oscurecía, con la prisa de encontrar su buey, razonó que lo más conveniente era dejar para el otro día su hallazgo y con ése propósito madrugó pensando en cortar las pitahayas antes que alguien más las encontrara, pero nos platicaba que por más vueltas que dio buscando la planta en el rumbo donde perdió su animal jamás encontró las pitahayas porque, claro, el encanto nomás duraba un día.

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