Tlachinollan
Los hijos e hijas del Trueno
Para el pueblo me’ phaa San Marcos personifica el Trueno (aj’ kuún), que es la fuerza cósmica que estremece la tierra o la voz de mando que cuida y protege los bienes de la naturaleza. Su castigo es fulminante y lo hace cuando las personas no respetan el patrimonio sagrado de los pueblos. San Marcos es el vigilante celoso que protege los cultivos que realizan las familias para asegurar su alimentación; cuida la milpa y las guías de la calabaza y del frijol. Vela también por la vida de los animales silvestres, de los árboles, las plantas del campo y todo lo que permite al ser humano vivir en armonía con la naturaleza y con todos los miembros de la comunidad. El trueno es siempre un aviso para que la comunidad atienda y arregle los problemas que enfrenta, previene para que las acciones que están dañando a la madre tierra se detengan, porque de lo contrario, puede venir un castigo severo, es decir, que a las personas puede caerles un rayo.
La cosmovisión indígena es sumamente prolífica y muy densa. Cuando uno trata de navegar dentro de las lógicas de su pensamiento, descubre verdades que han sido silenciadas y pisoteadas por siglos. Su sistema de conocimiento percibe la realidad de manera integral y con una perspectiva sacra. Hay un encantamiento y empatía con la naturaleza. Las fuerzas cósmicas pueden congraciarse con las personas siempre y cuando fomente la cultura del don, es decir, que presenten ofrendas en las cimas de los cerros, así como en los manantiales, las ciénagas y en las oquedades de la tierra, como la expresión más tangible de una relación respetuosa y sumamente generosa. La ofrenda que depositan los Xiñá, los sabios y sabias del pueblo, es en nombre de la comunidad, porque prevalece una concepción de que los bienes de la naturaleza son para que todos y todas puedan satisfacer sus necesidades. El bien común y la propiedad comunal son los principios que rigen esta relación que han cultivado por siglos los pueblos con las fuerzas sagradas.
Esta reflexión viene a colación por los 520 años de lucha y resistencia de los Pueblos Indígenas contra los imperios invasores. En la Montaña Alta y en la Costa-Montaña los pueblos na savi, me’ phaa, nahuas y Nn’ anncue siguen enfrentando las embestidas de gobiernos malinchistas que brindan todo su apoyo a las empresas extranjeras para que continúen invadiendo sus territorios y extrayendo sus riquezas naturales. Los pueblos siguen en pie de lucha defendiendo con su vida sus territorios, atrincherándose para no sufrir más invasiones y ejerciendo su derecho a la libre autodeterminación, para no permitir que agentes externos decidan e impongan programas y proyectos que solo pretenden debilitar su organización comunitaria, dividirlos y confrontarlos.
Los gobiernos siguen reproduciendo políticas discriminatorias contra los Pueblos Indígenas; hay una desatención deliberada y un engaño permanente que causa grandes agravios que se van acumulan y que al paso de los años se tornan explosivos. Por desgracia, las instituciones de gobierno están diseñadas solo para sobrellevar los conflictos de los pueblos, amortiguan y postergan indefinidamente soluciones definitivas. Los mismos programas asistencialistas atienden de manera individualizada y con visión cortoplacista el problemas estructural de la pobreza extrema. Dan dinero en efectivo para remarcar más la dependencia económica con el gobierno y desalentar la organización comunitaria y autónoma. Los proyectos de desarrollo no están diseñados con la opinión y participación de los beneficiarios, son acciones que forman parte de las directrices emitidas por el Banco Mundial. Estos proyectos que se implementan en las comunidades son los portadores de la colonización tecnológica y la imposición de prácticas productivistas y mercantilistas que solo alientan el despojo y el desprecio por nuestra cultura y nuestra sabiduría.
El gobierno del Estado no cuenta con un plan estratégico para atender de manera integral los graves rezagos sociales y la multiplicidad de conflictos que siguen cargando los pueblos indígenas. La atención que proporcionan las instituciones es inmediatista, descoordinada, sin una visión integral de los problemas y sin me-canismos de seguimiento y monitoreo de las acciones emprendidas. La Secretaria de Asuntos Indígenas (SAI) es sólo una fachada dentro del organigrama gubernamental, no tiene el peso político ni el reconocimiento apropiado por parte de las mismas autoridades para influir en la toma de decisiones y en el diseño de políticas nutridas con la fuerza de los pueblos. Es un apéndice del gobierno que funciona con un raquítico presupuesto. Lo más grave es que navega sin rumbo porque no se inserta a la lucha que cotidianamente protagonizan los pueblos indígenas. Es presa de la burocratización y de las inercias que padece toda institución pública, de supeditarse a la agenda del Ejecutivo estatal, desdibujándose el quehacer especifico de una secretaria que está obligada a colocar en la agenda gubernamental los problemas estructurales que enfrentan estos pueblos.
El sistema de justicia estatal es como una lapida que aplasta a los pueblos, porque a la gente más pobre no sólo se le discrimina sino que se le expolia, porque este sistema solamente funciona como las máquinas de los casinos: necesitan dinero para alcanzar el premio de la justicia. A pesar de las recomendaciones que han emitido diferentes organismos nacionales e internacionales para realizar cambios de fondo en los sistemas de procuración y administración de justicia, no hay indicios de transformar estas estructuras obsoletas y corruptas porque existen intereses poderosos que no permiten dejar en manos de la sociedad y de personas con prestigio profesional y ético esta gran tarea de garantizar el acceso a la justicia.
Las dependencias de gobierno que tienen programas y proyectos con los pueblos indígenas, aplican la ley del menor esfuerzo; en lugar de desplazarse a estas regiones, llaman a los líderes o a las autoridades para que acudan a sus oficinas. La relación que establecen es eminentemente clientelar, les interesa la lealtad hacia ellos y no a sus comunidades. A través de estos intermediarios buscan planchar acuerdos con la comunidad para que puedan aplicar sus programas sin necesidad de consultarlos o de escuchar sus propuestas. Estas dependencias tienen que cumplir con las metas planteadas por el Banco Mundial, por eso el tema de los derechos de los pueblos indígenas no es un asunto que les interese promover y proteger, por el contrario, éstos son obstáculos para alcanzar sus metas programadas.
La postura que han asumido los representantes de las dependencias gubernamentales, de imponer su agenda sin consultar a los pueblos, está causando malestar y desconfianza. No es casual que en La Montaña haya emergido un movimiento contra la entrada de las empresas mineras. Varios núcleos agrarios realizaron asambleas para fijar su postura de oponerse tajantemente a que las empresas entren a sus territorios a realizar trabajos de exploración. Varias comunidades han formalizado su oposición, entregando sus actas de asamblea ante las autoridades competentes para que atiendan y garanticen el derecho de los pueblos a proteger su territorio.
Actualmente la iniciativa que tiene la Secretaria del Medio Ambiente del estado de Guerrero y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, de crear una reserva de la biosfera en La Montaña Alta, está siendo interpretada por varias comunidades como una propuesta que está siendo impulsada sin consultarlos adecuadamente. Por esta razón el sábado 6 de octubre la comunidad me’ phaa de La Ciénaga convocó a un foro para analizar, desde la visión de los pueblos, lo que significa la creación de una reserva de la biosfera dentro de sus territorios. En este espacio se escucharon las voces de las autoridades comunitarias, de los principales, las mujeres y los jóvenes que en me’ phaa dijeron lo que representa para ellos la creación de esta reserva. Fue ilustrativo escuchar sus argumentos y su manera de plasmar con sencillez su cosmovisión: “Como pueblos somos agua viva, manantial, cascadas, lluvia, maíz, bosque, tierra fértil, trueno, fruto sagrado, nubes y rocío que permiten vernos como hermanos. La tierra para el pueblo Me’phaa la conocemos como Mbaa ñajun rudaá es la madre de todas y de todos. Ella vela y cuida por todos sus hijos e hijas, nos abriga y nos alimenta con los frutos de su vientre… por eso los pueblos nunca aceptaremos que hombres extraños vengan a mancillar la dignidad de nuestra madre. Mucho menos estamos dispuestos a que la gente extraña que nos discrimina venga a imponer leyes con el fin perverso de despojarnos y privatizar nuestras tierras. Los pueblos sabemos cómo proteger y defender nuestras tierras.”
La lucha de los pueblos indígenas está centrada ahora en la defensa de sus territorios y se están enfrentando contra los agentes gubernamentales y los agentes de las empresas. Están detectando que a las autoridades no les interesa atender los derechos básicos para alcanzar una vida digna. Más bien los pueblos tienen que acudir a la protesta para que se les garantice el derecho a la educación, a la salud, a la alimentación, a la vivienda y al agua. Por su parte, los funcionarios del gobierno están empeñados en aplicar programas que responden más a la agenda de la banca multilateral e ir creando las condiciones apropiadas que permitan la entrada de los agentes externos interesados en investigar y hacer negocios con los recursos naturales que han logrado preservar por siglos los verdaderos dueños de estas tierras.
Son los hijos e hijas del Trueno, los que al igual que San Marcos, cuidan su tierra y todo lo que ella produce. Son los vigías que protegen al pueblo ante cualquier peligro. Por eso también en los rituales de toma de posesión de los comisarios sacrifican un gato de debajo de la mesa donde imparten justicia, para simbolizar la figura del tigre, como el animal protector de la autoridad quien debe encarnar sus principales características: fuerza, habilidad para enfrentar los peligros, inteligencia, sagacidad y decisión para defender los derechos de la gente. Son los hijos e hijas del Trueno los que han levantado la voz y de quienes ahora se escucha su estruendo en las cimas de La Montaña. A 520 años siguen en pie de lucha, atrincherados y con la mirada altiva, para no permitir que arranquen sus raíces.




