Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulco, música y poesía XVII

Acuérdate de Acapulco

María Félix y Agustín Lara se conocieron en el cabaret Ciro’s del Hotel Reforma de la ciudad de México. El compositor era la máxima atracción del Champagne Room del propio establecimiento y la bella quiso conocer al entretenedor más popular de México.
–“Chistoso el tipo éste, le sigue cantando a las putas que le tasajearon la cara”, comentará ella a su acompañante. Un comentario que convertirá más tarde en severo reproche.
La entrada de María Félix al centro nocturno provoca una oleada de murmullos de admiración. Todas las miradas, sin faltar ninguna, dejan sola la imagen esmirriada del músico para centrarse en aquella grata y hermosa aparición. El ídolo, en plena actuación, acortará su tiempo en el escenario, haciendo sentir así su indignación ante tamaña majadería. La altiva sonorense se da cuenta de ello y prolonga su paseo triunfal por el salón hasta llegar a la mesa asignada.
–¡Tráela a mi mesa! –ordena el músico no obstante su franca irritación.
Recibe la orden el locutor de XEW, Luis M. (Marcelo) Farías, quien funge como maestro de ceremonias. Éste duda en cumplir el encargo pues teme que un Lara encabronado le falte al respeto a la dama.
¡Qué va!, en cuanto La Doña ocupa la mesa del compositor éste empieza a lanzarle seriamente los canes, a fajarla con ahínco. Usa una fraseología muy suya y que ella calificará más tarde, botada de la risa, como “lo más cursi de la cursilería”.
Luis M. Farías será más tarde dirigente gremial, diputado, senador, alcalde de Monterrey y gobernador de Nuevo León. Recuerda en sus Memorias la respuesta de Lara a su pregunta: ¿Cómo le hiciste, cabrón, para ligarte a ese viejorrón? Esta fue su respuesta:
– Conociendo por ella misma su gusto desmedido por lo blanco, primero le envié a su casa un camión lleno de camelias y más tarde un piano de cola blanco.
María no era capaz, a pesar de sus manos largas de “pianista”, de sacarle al do-re-mi al instrumento. Era que Lara había empezado a mudarse al infierno de Doña Diabla.

La pareja en Acapulco

Han pasado dos años de aquel primer encuentro de María y Agustín (1945). Bailan en el cabaret Ciro’s pero esta vez del hotel Casablanca de Acapulco, bajo los acordes de la big band estadunidense de Everet Hoagland, que tiene como lema “luces tenues, música suave”. El sonido de la orquesta angelina estimulará en el maestro la idea de formar su propia orquesta. Tendrá como base el Son Marabú, integrado por miembros de la familia Peregrino, de Toña La Negra. “Es toda una tribu africana”, bromeará El Flaco.
María y Agustín, la pareja más famosa de México, disfruta de su luna de miel en el Hotel Prado Américas (casi al terminar la península de Las Playas), y el bungalo que ocupan llevará más tarde el nombre de María Bonita. La empresa lo ofrecerá como talismán “para matrimonios felices y permanentes”. Nadie les creerá, por supuesto.
La pareja se atreverá a visitar tiendas de ropa en plena Plaza Alvarez y no obstante que ambos van tocados con amplios sombreros de paja, serán reconocidos inmediatamente para ser pasto de la picardía acapulqueña:

Ya suéltalo

–¡Ya suéltalo, María, mira como lo tienes!

Parecido

– ¿En qué se parecen Acapulco y Agustín?
– ¡En que ambos tienen La Quebrada cerca de La Bocana!

Borrachas

– ¡Borracha, tu abuela! –reproche de las palmeras acapulqueñas al compositor

La Iguana

La propia señora María de los Ángeles Güereña de Lara dará cuenta de un primer disgusto en Acapulco, a causa de una iguana.

Estábamos en la playa junto a un montículo de arena del que salió una iguana verde. Agustín la vio y le tiró una pedrada. Le dije que no la matara porque las iguanas son mis animales preferidos, pero él se puso en el papel de macho bromista y aplastó al pobre animal contra unas rocas. Nunca se lo perdoné. Sentí que el día menos pensado podía hacer lo mismo conmigo (Todas mis guerras, María Bonita, María Félix. Editorial Clío)

Acapulco llama

María y Agustín regresan al puerto en 1947. Ella necesita un descanso al terminar la filmación de la película Enamorada, cinta en la que los deslumbrantes ojos de la sonorense cautivarán a varias generaciones de mexicanos. Llegan al nuevo aeropuerto de Pie de la Cuesta y se hospedan en el Hotel Papagayo.
Aconsejado por su socio Emilio Azcárraga Vidaurreta, el olinaloense general Juan Andrew Almazán, propietario del Papagayo, ofrece al compositor un negrísimo piano de cola. Lo ha hecho traer especialmente para él desde la ciudad de México. “A’i, maestro, por si desea usted desentumirse las manos”, le dice.
Lara acepta y agradece la generosidad de su anfitrión y empieza desde luego a insinuar acordes ya elaborados en su numen. Ha decidido darles finalmente forma y contenido para atajar el naufragio. Su relación con María es cada día más difícil. Pelean por el vuelo de una mosca. Siente que ella lo rechaza, que ha dejado de quererlo (si es que alguna vez lo quiso). Está decidido a jugar una última carta para reconquistarla. Lo hará como él mejor sabe hacerlo: con una canción. La mujer amada en el marco maravilloso de Acapulco

María Bonita

Acuérdate de Acapulco
de aquellas noches
María bonita, María del alma
acuérdate que en la playa
con tus manitas las estrellitas
las enjuagabas

Tu cuerpo del mar juguete, nave al garete
venían las olas, lo columpiaban
y mientras yo te miraba,
lo digo con sentimiento,
mi pensamiento me traicionaba

Te dije muchas palabras de esa bonitas
con que se arrullan los corazones
pidiendo que me quisieras
que convirtieras
en realidades mi ilusiones

La luna que nos miraba
ya hacía ratito
se hizo un poquito desentendida
y cuando la vi esconderse
me arrodillé pa’ besarte
y así entregarte toda mi vida

Amores habrás tenido, muchos amores,
María bonita, María del alma,
pero ninguno tan bueno ni tan honrado
como el que hiciste que en mi brotara

Lo traigo lleno de flores
como una ofrenda
para dejarla bajo tus plantas
y júrame que no mientes
porque te sientes idolatrada

Un millar de rosas

En conversación con el publicista Eulalio Ferrer Rodríguez, Agustín Lara ofrece la versión de que María Bonita nació durante su luna de miel en Acapulco (1945) y no en la segunda visita al puerto (1947), como aquí se anota.
Durante un último encuentro, María se apiadará explicando a Agustín su inminente casamiento con Alex Berger, un hombre que le dará la riqueza y la seguridad que ha buscado. Antes de despedirse María parece consolarlo: “Nuestro pasado guárdalo en un estuche y en esta casa”. Estamos en ella con una sala a media luz y un piano negro arrinconado.
Nada se puede hacer, en efecto. Agustín lo sabe. Mira en torno, como si buscara algo: ¿Tú sabes que un cumpleaños de María le envié 999 rosas rojas y una nota: “la número mil eres tu”.
Nostálgico me explica que la canción de María Bonita la ideó en Acapulco, durante una noche que bajó a pasear por la playa. María se arreglaba en la suite del Hotel de las Américas, pues ambos acudirían a una cena en El Mirador, atalaya de los clavadistas acapulqueños.
Mi pregunta es obvia: ¿Todavía sigues enamorado de María? Agustín parece asentir pero no responde, mientras fuma uno de sus largos cigarrillos. Claro que está enamorado de María (Eulalio Ferrer, De mi Diario, Agustín y María, Tú y yo).

Nota: ¿Cómo creerle, pues, a quien convirtió en dogma la mentirijilla de su nacimiento veracruzano?

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