Tomás Tenorio Galindo
OTRO PAIS
* Un año sin Salvador Aguilar
Hoy se cumple un año de la muerte de Jorge Salvador Aguilar, víctima de un derrame cerebral que lo sorprendió mientras se recuperaba de una infortunada caída en un atestado Metrobús de la ciudad de México. El percance le desestabilizó una vieja dolencia en una rodilla, a su vez consecuencia de un accidente automovilístico que había sufrido en 1992 en la carretera Iguala-Ciudad Altamirano. Por la caída estuvo internado un fin de semana, y el derrame cerebral le sobrevino un día después de abandonar el hospital, cuando preparaba en su casa nuevas actividades de promoción de su libro El príncipe de Florencia recién salido de la imprenta.
Dejó trunca una carrera y una obra que justo en esos días había llegado a su plenitud, después de pasar arduos años de trabajo frente a la máquina de escribir y años de perseverante militancia en la izquierda. Ya no pudo encabezar la presentación en Chilpancingo como era su deseo y estaba previsto, después de la que realizó exitosamente en el Senado de la República a finales de septiembre, en la que Porfirio Muñoz Ledo y el periodista Humberto Musacchio exaltaron las virtudes del libro, en el que mezcla y juega con los géneros de la novela, la biografía, la historia y el ensayo, y que ha adquirido fama como manual de uso para cualquier político que sepa leer.
Salvador se forjó y formó sus convicciones a partir de su aversión a la desigualdad y a la injusticia social, tanto como de su repudio a la corrupción e ignorancia de los políticos y gobernantes responsables en gran medida de esos añejos problemas. De ahí provino su temprana incorporación a los movimientos políticos, su participación en el Partido Mexicano de los Trabajadores y su convivencia con figuras legendarias como Heberto Castillo y Demetrio Vallejo –cuya modestia y frugalidad admiraba–, y su involucramiento activo en los movimientos sociales desde los años setenta.
Todo ello lo preparó para convertirse en el Salvador Aguilar culto y aguerrido que los lectores de El Sur conocieron, una combinación poco frecuente en el estado. Era un escritor articulado, capaz de ofrecer en tres cuartillas síntesis que permitían comprender la evolución política del estado y del país, y de citar a los clásicos para explicar acontecimientos locales. Era particularmente duro con el PRD porque le atribuía a este partido una mayor responsabilidad (porque se supone que la tiene) en la búsqueda de soluciones a los problemas sociales, lo que le producía un desencanto tras otro al constatar la pobre naturaleza y las imposturas de muchos políticos que se reputan de izquierda y medran con ese membrete.
Esas recurrentes imposturas de la izquierda facilitaron a Salvador Aguilar una rica materia prima, aunque no puede decirse que más surtida que la que le proveían Rubén Figueroa Alcocer y Zeferino Torreblanca Galindo, a quienes dedicó bastante tiempo y tinta para desenmascararlos. Sus artículos adquirían mayor relevancia en la medida en que estaban pensados para trascender las coyunturas, aunque sus llamados a la congruencia, especialmente dirigidos a la izquierda, se toparon siempre con el muro de los intereses cifrados en cargos, candidaturas y en última instancia dinero: el reparto del botín.
No cejaba en su afán de enderezar a la izquierda mediante el recurso de señalar sus errores, por lo visto una tarea utópica si vemos la voracidad con la que los dirigentes perredistas se disputan las candidaturas y los cargos en el gobierno. Por eso no debe sorprender que su trabajo desembocara en un libro inspirado en la vida de Maquiavelo y que durante diez años se diera a la tarea de desmenuzar el mecanismo por el cual el poder trastorna y atrofia a los hombres.
El mérito de la obra legada por Salvador Aguilar obliga a revalorar sus artículos y relanzarlos en un libro. Bajo la luz de esa recopilación quedará de manifiesto la coherencia de su trabajo y se podrá confirmar la madurez que había alcanzado como intelectual de la izquierda y como genuino producto de la universidad pública de México, como lo definió Muñoz Ledo. Pero no era un intelectual de escritorio y computadora, pues como activista social dejó ejemplos de su combatividad, como aquella marcha que emprendió a la ciudad de México en protesta contra el gobernador Figueroa Alcocer.
Como amigo y asesor de Armando Chavarría durante muchos años, intervino en la redacción de los discursos que aquél pronunció en el Congreso del estado en los meses previos a su asesinato, que desataron la furia del entonces gobernador Zeferino Torreblanca. Se recordará que eran discursos ardientes, propios de la personalidad universitaria de Chavarría y también de la pluma de Salvador Aguilar, pues rompían con la servidumbre hacia los individuos en el poder. Salvador vivió así la embestida de Torreblanca contra Chavarría, no como analista lejano, sino como el compañero de causa que era, y poco después acudió al sepelio de su amigo en el panteón de Chilpancingo. Indignado por la crueldad del homicidio, el lunes siguiente al del homicidio escribió en estas páginas: “Si bien la ejecución del crimen fue impecable, los responsables intelectuales no midieron las consecuencias. Con el narco asolando el territorio estatal, con la violencia eliminando a los líderes sociales y políticos, sólo le están dejando la salida al Guerrero Bronco”. Definió allí como “cuadrapléjico” al PRD y planteó que, “aunque la muerte más visible fue la del diputado Chavarría, hay otros dos cadáveres víctimas de las mismas balas…: el de Zeferino Torreblanca y el del PRD”.
La izquierda y Guerrero tenían en Salvador Aguilar un crítico libre de ataduras, preocupado por dispersar conocimientos y lecciones. En vida no parece haber sido comprendido, pero su tarea no tiene porqué suspenderse con su muerte. Esperemos que no tarde mucho en aparecer el que podría ser su siguiente libro. Prestigiaría al Instituto Guerrerense de la Cultura editarlo.




