Silvestre Pacheco León
Los muertos
Me lo pregunté la misma tarde en que llegó la noticia de que habían matado a mi primo Juan quien se dedicaba a la venta de ropa en los pueblos vecinos.
Tuvo una muerte sin sentido porque ni siquiera opuso ninguna resistencia cuando los asaltantes lo detuvieron en la carretera pidiéndole el dinero de la venta.
Su ayudante cuenta que al ver a los dos asaltantes armados que le ordenaban detenerse lo hizo de inmediato bajando de su camioneta, pero inexplicablemente cuando les entregaba el dinero, se escuchó el disparo de la escopeta que empuñaba el más cercano de los ladrones. El balazo fue mortal.
Mientras en la familia se comentaba sobre la inseguridad y el grado de violencia que se vive todos los días hice memoria sobre las muertes violentas que conocí de niño.
Tendría no más de cuatro años y era tiempo de secas porque recuerdo que en el patio de la casa había un montón de calabazas recién cosechadas de la siembra del temporal.
Muy de madrugada nos despertaron las voces de los hombres que llamaban con voz enérgica a mi padre “levántate Vicente para que vayas a vestir y a despedirte de tu ahijado Quintil que lo trajimos muerto”. Nadie de la familia pudo seguir durmiendo, y mientras mi padre se encaminaba a la casa de su compadre Nicolás para ver al difunto cuyo cuerpo balaceado trajeron cargando en una hamaca improvisada, nosotros nos enteramos sobre los detalles de su muerte.
Quintil era un muchacho recientemente nombrado profesor comunitario. Enseñaba en la primaria de Naranjitas, rumbo al cerro de la mina. Se iba a trabajar muy temprano los lunes y regresaba el sábado por la tarde todas las semanas.
Cuando lo mataron se le hizo noche porque se había quedado en el baile. Lo emboscaron en el camino los amigos y el novio de la muchacha que lo invitó a la fiesta.
La familia del compadre tuvo mala suerte de por sí porque apenas pocos años después perdió a otro de sus hijos que conocíamos como Huito. Su nombre de pila nunca lo supe, ni siquiera después de que murió.
Se había ido a trabajar a Veracruz cuando llegó la noticia de que se ahogó en un río del que nunca pudieron rescatar su cuerpo. La familia de todos modos le rezó su novenario.
A nosotros se nos hacía increíble lo sucedido porque ellos vivían al pie de la poza del huamúchil y tanto Quintil como Huito sabían nadar muy bien en el río.
Era apenas un niño cuando sucedió la muerte de don Leobardo. Al señor lo conocía porque seguido venía al patio que sembraba cerquita de la casa de mis padres donde tenía mangos, ciruelos, zapotes, huajes y guayabos.
Recuerdo que la procesión que acompañó al entierro era tan grande que daba vuelta a la calle desde el atrio de la iglesia y llegaba hasta su casa en el centro del poblado.
No se me borra de la memoria la expresión de miedo e incredulidad que veía en el rostro de muchas personas de la procesión y creo que se debía a que el difunto era gente de poder encargado de la recaudación de rentas. Nadie se imaginaba que hubiera quien pudiera matarlo.
Algunos años después cuando yo estudiaba la primaria hubo consternación en el pueblo porque un rayo mató en el campo a Aurelio, un compañero de la escuela.
Muy de mañana lo había mandado el papá a ordeñar unas vacas. Su rancho estaba en la mera cima de la loma por el rumbo de la tierra colorada. Dicen que como empezó a llover se quiso cubrir de la lluvia bajo un árbol de coayotomate, de los que se tiene la creencia de que son árboles que atraen la electricidad.
Todos los estudiantes acompañamos a la familia de don Enedino al entierro de su hijo.
Recuerdo que unos días después de la muerte de Aurelio fue cuando murió John F. Kennedy, el presidente de Estados Unidos. En el patio de la escuela le rendimos honores porque dicen que era muy amigo del gobierno del México. Hasta que murió supe que la F de su apellido es Fitzgerald, como el famoso escritor.
En mi época de secundaria sucedieron dos hechos trágicos en una misma familia. Primero fue la muerte del hijo de don Beto Godínez, un muchacho que no estudiaba pero le gustaban mucho los caballos. Nunca supe si venía tomado después de un paseo al borbollón. El caso es que quiso quedar bien con María, una compañera de la escuela que recién había llegado al pueblo para estudiar la secundaria a quien apodamos pico de oro, por su diente postizo. Vivía en la casa de mi tía Josefina, en la calle principal, frente a la iglesia. El muchacho pasó junto a ella que se encontraba parada en la puerta de la casa, y algún piropo le dijo para luego arrancar en fuerza de carrera por la ancha calle empedrada. Sólo unos metros adelante cayó del caballo con tan mala fortuna que se quedó atorado con un pie en el estribo y su cabalgadura asustada lo arrastró hasta causarle la muerte.
No sé cuántos años después del suceso fue que el propio papá del muchacho se mató en un accidente. Había ido sólo al campo a labrar un órgano seco que en el pueblo se usaba mucho para cercas y sobre todo para hacer las casas de bajareque.
Decían que cayó sobre sus hombros la rama de un árbol que debió cortar para poder sacar el órgano. Nadie se imaginaba que su muerte hubiera sido instantánea, pero como no tuvo ninguna ayuda en el momento cuando lo encontraron estaba muerto allá por el cerro del frijolar.
Don Beto Godínez era un hombre alto, delgado. Caminaba muy recto y tenía voz grave y fuerte. Lo recuerdo como danzante de los moros desempeñando el papel de Galafre con su traje amarillo.
Quien tuvo una muerte violenta fue don Aquileo, un señor muy aficionado al basquetbol, aunque era un poco chaparro y gordo. No sé si fue practicando ése deporte cuando se lesionó uno de sus dedos de la mano que le quedó sin poderlo doblar. Era muy característico verlo apuntando con el dedo al tiempo que tocaba el silbato haciéndola de árbitro en algún partido.
A don Aquileo le tocó la mala suerte de hacerse gendarme, pero no porque en aquel tiempo fuera riesgoso ocuparse del orden público, sino porque en esos días llegó al pueblo un criminal buscado por la justicia quien siendo alertado de que lo perseguían quiso ponerse a salvo buscando la manera de huir, pero lo hizo equivocadamente por la calle que ya don Aquileo tenía cercada.
El maleante no le dio tiempo de nada porque nada pudo hacer don Aquileo pues ni siquiera la pistola sacó para marcarle el alto al perseguido. Malo al fin, el perseguido lo mató sin miramientos.
En aquellos años cuando alguien moría la gente del pueblo se daba cuenta en seguida porque doblaban las campanas con la gravedad de la muerte, de manera distinta a como llaman para una misa de difunto en la que tocan también la campana aguda.
En la casa mi madre inmediatamente hacía recuento de las personas enfermas que conocía porque de alguna manera la muerte era el desenlace naturalmente esperado, pero no así en el caso de las muertes violentas o cuando llegaba sin previo aviso el cuerpo de algún vecino traído muerto desde Estados Unidos por algún accidente en el que había perdido la vida.
Me lo pregunté la misma tarde en que llegó la noticia de que habían matado a mi primo Juan. Tuvo una muerte sin sentido porque no opuso ninguna resistencia cuando los asaltantes lo detuvieron en la carretera pidiéndole el dinero de la venta. Su ayudante cuenta que al ver a los dos asaltantes armados que le ordenaban detenerse lo hizo de inmediato bajando de su camioneta, pero inexplicablemente cuando les entregaba el dinero, se escuchó el disparo de la escopeta que empuñaba el más cercano de los ladrones. El balazo fue mortal.
Mientras en la familia se comentaba sobre la inseguridad y el grado de violencia que se vive todos los días hice memoria sobre los muertos que he conocido.




