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El concierto en Chihuahua de Serrat y Sabina, ante un público frío como paleta

Daniel de la Fuente / Agencia Reforma

Chihuahua

Son las 3 de la tarde del sábado y las prisas comienzan a apoderarse de las decenas que trabajan para tener listo el concierto que brindarían Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, en una fiesta organizada por el ayuntamiento de esta ciudad.
La sede es un espacio al aire libre denominado El Palomar, nombre ad hoc para su gira Dos pájaros contraatacan, al que habrían de entrar miles, más los curiosos afuera del área de pago.
El regiomontano José Alberto González, responsable de producción técnica de Magnos, la empresa a cargo de que todo salga bien en la parada de aquellos pájaros previa a su cierre de gira mexicana en Aguas-calientes y, de nuevo, en Guadalajara y el Distrito Federal, estima en 25 las toneladas de equipo del escenario que ha debido adecuarse a la plaza, así como en más de un centenar la gente que, entre españoles y mexicanos, montan el “nido” de Serrat y Sabina.
“Mientras los españoles no empiecen a gritar todo va bien. Cuando gritan, algo malo pasa”, sonríe José Alberto, quien califica de muy buena la escenografía en la que giran decenas de luces y las pantallas Led se encienden ahora para ser probadas horas antes del concierto.
Igual de movido que José Alberto anda Rafael Meroño, jefe de escenario, técnico de instrumentos y quien custodia las guitarras de Sabina y Serrat.
“Vamos, no son los Rolling Stones, pero sobre el escenario se mueven 21 guitarras”, dice el español, quien se encarga personalmente de las seis que en partes iguales usan Sabina y Serrat. Rafa, como le dicen, no es un extraño en el ambiente: acompañó al catalán de 1993 al 2003 y, al Flaco de Úbeda, los ocho años recientes.
El jefe de escenario describe a detalle a ambos músicos.
“Con Sabina todo es encantador, él es increíble, todo disfruta. A Serrat, que ha pisado todas las tablas y lo ha vivido todo, no le puedes contar las muelas. Él es amable, muy cortés, pero revisa todo minuciosamente”, afirma.
O sea, contrario a lo que proyectan pícaramente en el escenario, en backstage Serrat es el diablo enfático y Sabina el angelito afable al que, sin embargo, tampoco se le va cosa que no vaya bien.
Por eso, ambos astros de la música echan mano de gente probada, como Rafa, quien pide revisar el setlist de esa noche adherido al teclado, que no varía mucho en cada concierto de esta gira cuyo eje es el disco hecho a cuatro manos: La orquesta del Titanic, que alude a los supervivientes que son ambos tras sus graves problemas de salud.
Faltan tres horas en El Palomar para el inicio del concierto. Llegan todos los músicos, los de Serrat y los de Sabina, y prueban el audio con tres o cuatro canciones, no muchas. Las tienen bien ensayadas y el sonido está ideal. Todo en orden.
En punto de las 20:30 horas, el dueto de la música española hace su aparición. Es la primera vez que Sabina pisa suelo chihuahuense. Atrás del escenario, las cosas corren normal, aunque llama la atención la presencia de oficiales fuertemente armados. Casi a la Rambo. La herida Chihuahua ya se conoce a sí misma.
Por eso, en sus primeras palabras, Sabina se dice conmovido de ver tanta gente pese a como están las cosas en aquella entidad.
Desde atrás del escenario, los músicos de ambos artistas conviven con una camaradería estupenda. Tararean, fuman tranquilos. Ade-lante, Ricard Miralles, al piano, lleva a la cúspide el concierto como si fuera uno de los de siempre de su eterno Serrat.
Cada que uno de los dos cantautores sale esporádicamente del escenario, ingresa a pequeños camerinos acondicionados a un costado del sitio. Ahí tienen copas, agua, sus cambios de vestuario, que no son muchos; el setlist por si les da lapsus. Ambos han dicho que su mayor terror es perder la memoria.
Toman asiento también. Serrat dio algunos conciertos en esta gira con el tobillo lastimado. Bueno, además ya tienen sus años: hay que tomar en cuenta que Serrat es Serrat desde la TV en blanco y negro, en tanto la vida de Sabina, como dice el Nano, le ha arrebatado vida a la vida. Mucho exceso.
Cada que sale Serrat, bebe vino blanco que antes olfatea para abrir papilas. Se acicala el cabello, se ajusta el pantalón a la barriga que cada vez le crece un poco más. Sabina no se apresura a darle golpes a sus Ducados, pues ha podido fumarse algunos sobre el escenario. Benditos shows al aire libre. Los músicos, a su vez, dirán ya al final, en su camerino, entre bocadillos, copas y frutos, que ha sido el concierto que mejor se ha escuchado de la gira, pero que el público estuvo frío, casi paleta.
De inmediato, después de La Fiesta y la ovación, Sabina sale primero del “nido” poniéndose rápido un abrigo. Serrat le sigue ya abrigado, callado. El Flaco de Úbeda va transpirando, de boca cerrada por el frío, y dejando su estela olorosa a maderas y tabaco.
“¡Eh, Sabina!”, le grita alguien que quizá le conozca desde fines de los 80 cuando pisó por primera vez México y a quien la seguridad le impide el paso.
El músico, rumbo a los autos escoltados por un ejército, ya no oye aquel grito, sigue escuchando aplausos, contento.

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