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Jesús Mendoza Zaragoza

Los maestros ante la violencia

Se ha vuelto recurrente la reacción de sectores del magisterio cuando debido al clima de inseguridad algunos de sus miembros resultan víctimas de la violencia. Estas reacciones se han expresado en la exigencia a la autoridad de una vigilancia eficaz en las escuelas, en la suspensión temporal de clases y, en ocasiones, en las movilizaciones y las negociaciones correspondientes con las autoridades. De hecho, las grandes movilizaciones magisteriales durante la etapa crítica del año pasado significaron una oportunidad para que las autoridades pusieran más atención a los efectos de la violencia en Acapulco, y para que hubiera algunos compromisos gubernamentales en torno a la seguridad en las escuelas y sus inmediaciones. Pero el fondo del asunto sigue igual.
El punto es que la visión que manejan estos sectores magisteriales en torno a la inseguridad y en torno a las soluciones, debiera ser más amplia. De otra manera no habrá solución posible, que vaya al fondo y que sea definitiva. Hay que entender una cosa: hay una responsabilidad compartida tanto en la generación de la violencia como en la construcción de la paz. Por lo tanto, una estrategia que no se visualice de esta forma será siempre insuficiente e ineficaz.
Cuando digo que hay una responsabilidad compartida, lo refiero primero al fenómeno de la violencia que apabulla a muchas regiones de México y, particularmente, a la que golpea regiones como Costa Grande, Tierra Caliente y Acapulco, de manera más crítica. Esta violencia golpea a todos, de manera generalizada. Nadie está fuera de su alcance y nadie puede pensar que no pueda ser afectado. En este sentido, la violencia es ampliamente “democrática”, en cuanto que no excluye a nadie de sus dinámicas destructivas. Por eso es que incluye a los maestros, también, pues son parte de nuestra vida colectiva.
Por otra parte, la brutalidad de la violencia que sufrimos nos da la oportunidad para detectar los factores de la misma. Un análisis serio nos da cuenta que si estamos en una sociedad que ha llegado a niveles tan críticos de violencia, todos estamos involucrados en la misma. Las personas generamos violencia, las familias también lo hacen. Las instituciones públicas y privadas también, en ocasiones de manera descarada o de manera oculta. Las mismas estructuras injustas que padecemos también generan violencia. En este sentido, las escuelas como instituciones también debieran asumir la responsabilidad que les toca. El tipo de relaciones entre alumnos suele tener ingredientes violentos, cuya expresión mayor es el bullying, bastante difundido. Las relaciones de los maestros con los alumnos debieran excluir siempre cualquier expresión de violencia verbal o autoritaria. Lo mismo hay que decir de las relaciones laborales que suelen ser borrascosas. En suma, el modelo educativo no es neutral: o genera violencias o construye la paz.
Así las cosas, el horizonte se amplía y se visualiza el fenómeno de la violencia con mayor amplitud e integralidad. Hay factores económicos, políticos, religiosos, culturales y educativos de la violencia y hay que reconocerlos en su conjunto para poder contar con un diagnóstico más entero y preciso. La estrategia que ha promovido el gobierno federal ha fracasado precisamente porque no ha contado con un diagnóstico integral, entre otras cosas. Por eso, dicha estrategia ni movilizó a todos ni tocó todos los factores de la violencia. En esta lógica, si los maestros se movilizan solos, sólo van a lograr más desgaste.
El hecho de que los maestros tengan más capacidad de respuesta colectiva es, de suyo, positivo. Y bien podrían convertirse en un catalizador social para buscar salidas a esta situación. Pero los maestros debieran entender que ellos no podrán tener la seguridad que desean en sus escuelas si van solos, como lo han hecho hasta ahora con sus movilizaciones y sus demandas. El problema de la inseguridad no es de un sector, es de todos, no es del magisterio sino de toda la sociedad. Se necesitan vinculaciones y redes para poder estar a la altura de las circunstancias. Redes de ciudadanos y redes de instituciones y de organizaciones, donde cada quien, de manera propositiva, vincule lo que hace con lo que hacen los otros. Las estrategias para superar la violencia necesitan ser amplias, incluyentes y de largo plazo.
Una estrategia magisterial puede incluir acciones hacia el interior de las instituciones educativas y acciones hacia la sociedad y hacia la autoridad. Cuánto bien pueden hacer los maestros en una escuela que se organice para generar una educación para la paz y que, además, se vincule con otros actores sociales de su entrono para generar acciones de conjunto en el ámbito social. Las escuelas pueden ser detonantes de participación ciudadana, si se lo proponen. Seguir pensando en la seguridad de las escuelas al margen del entorno social es algo ocioso, que no lleva a salida alguna.
Con todo, la mejor contribución que el magisterio puede dar a la construcción de la paz, está en la educación. Este es su campo específico. Y un campo altamente decisivo para cambiar las cosas. Y desde la educación se puede generar un impacto poderoso hacia la sociedad y, aún, hacia las instituciones del Estado. La escuela puede convertirse en un espacio de paz en el que toda su actividad tenga una clara intencionalidad de educar para la paz. Además, puede educar en aspectos tan decisivos como la creatividad, la legalidad, la participación, la solidaridad, la ética y la democracia, entre otros.
Esta estrategia hacia el interior de la escuela se complementa con otra hacia la sociedad. El impacto de un modelo educativo que integra los elementos enunciados anteriormente, puede ir generando procesos con los padres de familia y con otras instituciones afines que se vayan enlazando para generar procesos de reeducación en la sociedad. Todos necesitamos reeducarnos, desmontando inercias y actitudes que generan violencia y aprendiendo a participar en el bien común.
Es claro que para esto necesitamos un magisterio solidario, con visión de futuro y abierto a la colaboración social. Yo creo que sí hay maestros suficientes con este perfil para que nos mostraran que sí es posible un esfuerzo colectivo y propositivo por la paz.

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