José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Sobre pleitos entre revolucionarios o dónde quedó la pluma del Indio Castrejón
Miren ustedes. Como no quedaron contentos con lo que les conté sobre cómo adquirió su prodigiosa memoria el general Álvaro Obregón, voy a platicarles sobre cómo sufrió el país y la ciudad de México con tanto general peleonero, y cómo fue que se perdió la pluma fuente del general Adrián Castrejón, nacido en Apaxtla, Guerrero, y mejor conocido como El Indio Castrejón.
Los constitucionalistas… (¡con sus uñas listas!)
Para que quede claro, Venustiano Carranza nunca quiso a Francisco Villa, y a Villa siempre le retechocó Carranza. Ninguno de ellos daba un quinto partido en dos por el otro. Los dos norteños, Villa con los dedos manchados de leche de burra, acostumbrado al estiércol y a la faena campirana, Carranza con la mano sin callos en forma de caracol, como si siempre estuviera escribiendo decretos y viendo la forma de agandallarse el triunfo sin arriesgar el pellejo. ¡Acuérdense que su ejército nunca se la rajó en un campo de batalla!… Cada quien con sus pertrechos y su dominio militar y sus cuatachones y, sobre todo, sus ideales, lo que para cada uno debía de ser la revolución. De por sí todo era un relajo. Villa también tenía puyas con Álvaro Obregón, mientras Obregón y Pablo González compartían amistosamente, además del empuje norteño y de la igualdad de grado en el ejército carrancista, su resentimiento oculto por el otro. Los dos se creían unas chuchas cuereras y habían resultado buenos estrategas del cálculo y la oportunidad. Por allá –por acá, por el sur apabullado y bilioso–, Emiliano Zapata, incrédulo, rejego, ojitos de canica de vidrio negro entre el índice y la uña ribeteada de lodo del campo, si no les cumples a mis güarachudos, decía, si no hablamos de tierra y libertad, pos ¿saben qué carbones?, ¡chiras pelas! y ¡hasta luego mi gabán!… Si alguien le caía gordísimo a Zapata era don Venustiano Carranza, por señoritingo perfumado espiando la vida a través de sus espejuelos y moviendo el perol del país atrás de sus pelos de bruja vista de cabeza, el viejo peludo no tiene más ejército que los papeles de su gaveta y la bola de pensadores ilustres y demás saltarines que le engordan el ojo, decía Emiliano, no creo que Barbas de Chivo alguna vez haya olido la pólvora… ¡como no sea la que guarda en el cargador!… Venustiasno, decía mi general Zapata.
–¿Su general? ¿No quedamos en que su general era Obregón? ¿Zapata también era su general, don Sil?
–¡También! ¡Claro que Emiliano Zapata era mi general! ¡Es más, si alguien era mi general, mis cuatachones, ese era mi general Zapata!… ¡Miren nomás!…
Como los tigres, todos los generales sonreían para acá, sonreían para allá, de colmillos pa fuera (¡ah, pero Zapata tenía los colmillos en los ojos!…, ¿verdad?). Si alguien podía echar un hechizo zumpangueño al azar, cayera el general que cayera, ¡pos que cayera!… Pero pues como entre todos habían derrotado a Pascual Orozco, a Porfirio Díaz y al Chacal Victoriano Huerta y a federales que siguieron al Chacal, y como para empezar y al fin de cuentas se trataba de darle alguna armonía al caos que era el país, pues no quedaba más que unirse y platicar, replantear, discutir, hasta regatear, si quieren, el caso es que desde el fondo de su corazón todos dijeron: órale pues, por qué no habría de ser, yo desconfío de ti, Barbón, y yo de ti, peoncillo de rancho –decía el otro–, y si yo pudiera te ponía una granada cebada en tu mano, Alvarucho, pensaba Pablito, ya verás, Pancho, Venus, Cachetón, Miliano, jijo de tu pelona…, ya verás, ya verás…
Así, las diversas fuerzas revolucionarias quedaron de reunirse en Aguascalientes, para dar parte de la situación, para poner números de difuntos por hambre y asesinados por bala, para repartirse la miseria del campo, la destrucción de las ciudades y la esperanza de los muertos, para ver si quedaban en paz y podían constituir el gobierno de todos. Esto debe quedar más que clarito: se trataba de que la paz, la armonía y, luego, el progreso se dejaran llegar al país. La cosa era la tierra, la justicia. Pero, en el fondo, en estos momentos de México, ¿saben de qué se trataba, de qué estamos hablando, mis chamacos, mi infantería de preguntas, mi batallón de fantasmas?…¿de qué creen que hablo, eh?: ¡Pues de la esperanza, mis chamacos!… ¡De la condenada esperanza del pueblo!…
Más desaguisados y ¿dónde quedó la plumita?
¿En qué podían creer Emiliano Zapata y Pancho Villa, después del desaguisado que les hizo Venustiano Carranza en la Soberana Convención Militar de Aguascalientes? Zapata y Villa plantearon medidas que iban a aliviar a los campesinos y a los obreros, a los pobres pues, y quitaban haciendas mal habidas a caciques y muchos privilegios a los güevones riquillos de la ciudad. No ansiamos el poder, no queremos la presidencia: queremos justicia para el indio: se va a repartir la tierra y, ya repartida, se va a cuidar con las armas en la mano, dijeron los zapatistas, secundados por los villistas, de acuerdo con los principios del Plan de Ayala. Ni madres, dijo Carranza, a ver: ¿ustedes darían a alguien lo que no es suyo? A ver, ¿por qué no empiezan ustedes a poner el ejemplo y reparten lo que no tienen… y ya de pasadita me entregan sus armas, condenada pandilla de borrachos?…
Villistas y zapatistas aprobaron las demandas principales del Plan de Ayala, pero Barbas de Chivo de a tiro se rajó: no quiso reconocer nada de lo acordado por los convencionistas, y entonces éstos lo desconocieron como presidente, por ojo de chícharo le dijeron y hasta su presidente de la República nombraron: Eulalio Gutiérrez, que jalaba con Pancho Villa (al que más tarde iba a cambiar por Carranza). Con la amenaza raspándole el lomo, Barbas Tenéis se replegó con su gente a Veracruz. Se quedó con el apoyo de Cándido Aguilar, que dominaba la región, de Obregón, de González y de algún otro general o gobernador despistado en el norte villista. Fue cuando Villa y Zapata tomaron la ciudad, cuando Villa y Zapata, en lugar de apretar filas y de abalanzarse sobre los pellejos de Carranza y sus soldados hasta obligarlos a tirarse al mar como pescados, se pusieron a jugar a que se sentaban en la silla presidencial. Dicen que, como los villistas, los zapatistas eran una calamidad, que eran sanguinarios y saqueadores. Pero ¿qué otra cosa iban a decir los ricachones y su prensa comprada de ese atajo de burros a los que siempre robó, violó y chupó la sangre, de ese atajo de cabrones que ya no se dejaban y que además ahorita se querían desquitar?… ¡De ahí nacieron los chismes crueles y odiosos sobre Pancho Villa, y sobre MilianoZapata no se diga!…
La verdad es que, si bien los villistas se paseaban por Plateros y por todos los recovecos de la ciudad de México como si en serio fueran los centauros del orbe, como si aquí nomás las chinampinas, los zapatistas, antes que romper a fregadazos la cortina de un comercio, antes de arrebatarle un taco de frijoles a otro cabrón igual de jodido que ellos en la calle, hasta limosna pedían. Si robaron en algunas casas, fue en las que se lo merecían. ¡Y es que en esa época la ciudad fue más heroica y más triste que nunca!… Acababan de mandar a la goma a Porfirio Díaz, de asesinar al chaparrito Madero, de expulsar a Victoriano Huerta, y aunque hubiera toros y los cines y teatros permanecieran abiertos, no había comida ni pa’ los pollos, porque pues a lo mejor ya ni pollos había; se sabía de brotes de peste en las orillas de la ciudad, y en el centro se escuchaban balazos a toda hora, sobre todo cuando dejaban de sonar. ¡Todo mundo era asaltante y todos una víctima a la décimo octava potencia!… ¿Autoridad, mis niños?… ¡¿Pero cuál, mis chamacos, si había más de una autoridad?!… Primero Carranza, con Obregón –¡poetazo!– como jefe del ejército constitucionalista en el noroeste, y con Pablo González como jefe de plaza, manteniendo a los dos más o menos cerca de él para mediar entre sus ambiciones y guapuras, o como quien dice solitos se cuidan los gallos. Luego, Villa y Zapata. Pancho tenía la vida para fuera, como lo demuestran sus cachetotes de manzana. ¡Un romántico ranchero y rudo! ¡Un jovenzón!…
Emiliano sentía hacía dentro, según le daba por apretujarse tras sus bigotes, por parapetarse todo en su boca sellada y por sostener –serenamente, ¿pos luego?– el relámpago brilloso de un puñal en el fondo de agua de sus ojos. Se sentía lo que era: un viejo escéptico, un hijo natural de la tierra… y un nagüal. ¡El corazón de la tribu!…
Claro, los periódicos agarraron partido por los que sabían de política y de tranzas, por los que sabían especular la baraja, las palabras y los sentimientos más sentidos. Carranza llegó a enarbolar las causas por la tierra que rechazó y de las que hasta se burló en la Convención de Aguascalientes, y, con González y el general Obregón, descaradamente tacharon a Villa y a Zapata de reaccionarios. A Villa no lo bajaban de robavacas y a Zapata de asesino y de demasiado vulgar. Y no: los rateros eran los carrancistas, que rápido se hicieron hacendados y se apropiaron establecimientos comerciales de la ciudad, pues con sólo mostrar el decreto que acababan de hacer sobre sus rodillas se apoderaban de tierras, casas, comercios, automóviles, cabalgaduras y todo aquello que tuviera “algún valor” para el movimiento constitucionalista de sus bolsillos.
Mucho le gustaba a Álvaro Obregón el cafecito que servían en La Blanca, y escogió el restorán para celebrar el banquete de generales carrancistas con su jefe supremo. ¡Toda la plana mayor con Venustiano Carranza! Terminaron de comer, Barbas de Chivo Pedorro les dedicó unas palabras, terminó y: ¡clic!, dos filas de gorras estrelladas, bigotes y entreabrazos permanecía en forma de comba alrededor del Primer Jefe, que apenas con dos tragos de champaña y uno de coñac en la foto iba a salir con la nariz de granada y las barbas tiesas y de puntas como si le acabaran de hacer crepé. Un general guerrerense, Adrián Castrejón, al que los nalgones generales de Sonora y Sinaloa llamaban El Indio Castrejón, se quiso llevar esa foto del recuerdo para presumir a sus paisanos, y, ofreciendo su pluma fuente –coral negro de las Islas Chupamirto, chaperoles de oro de 19 kilates, según le aseguraron en La Princesa–, pidió a todos los carranclanes que se la firmaran. Empezando, claro, por el jefe supremo, que se aplanaba las barbas sobre la mesa. Firma Carranza, y en cuanto termina de firmar se deshace la bola que lo rodea; firma Obregón, firma un general por acá y otro por allá, hasta que la fotografía regresa al Indio Castrejón, quien sin ocultar su satisfacción y sin dejar de sostener frente a sus ojos la fotografía les agradece “este valioso y tan espontáneo gesto…, pero…, pero, les decía –repentinamente se lleva la mano al pecho y…-– pero ¡me falta mi pluma! –exclama, alarmado–. ¿Alguien tiene por ahí mi pluma?… –pregunta, como para sí mismo, pasando la vista por estrellas y galones que se dejan. Las respuestas que obtiene no varían mucho: “Yo acabo de llegar”, “yo firmé entre los primeros, mi general”, “yo ni firmé, manito”.
Todos enseñan las palmas de las manos y sonríen, divertidos, hasta que Obregón dice ¡véngase pacá mi estimado general Castrejón, y olvídese de su pluma!… ¿Qué no ve que ya se la carrancearon?




