Arturo Solís Heredia
Canal Privado
* Alas para no mancharse
“La mierda se apila tan rápido en Vietnam, que necesitarías alas para mantenerte encima de ella”, dice el capitán Willard (Martin Sheen), en una escena de la obra maestra de Francis Ford Coppola, Apocalipsis Ahora (1979), y lo mismo podría decir algún capi Güiliberto sobre la guerra del narco en México o, a estas alturas, cualquier mexicano medianamente abusado y enterado de los asuntos nacionales de estos años en que vivimos en peligro (para cerrar la frase con otra referencia del cine bélico).
Subrayo que cuando digo (o diría algún capi Güili) guerra del narco, me refiero al fenómeno del narcotráfico en general, y a su influencia e impacto sobre el imaginario de los mexicanos ante la realidad nacional.
Me explico: las historias, reales y ficticias, sobre las ganancias multimillonarias de los narcotraficantes, consolidaron el sospechosismo colectivo que bien habían cultivado desde hacía ya muchos años los políticos; si antes ya prevalecía la percepción social de una clase política corrupta en un sistema de gobierno ad-hoc, las fortunas inimaginables del narco disiparon las dudas que aún podían existir: si en los inicios del siglo pasado, Obregón estaba seguro de que nadie aguantaba un cañonazo de 50 mil pesos, ¿quién puede aguantar hoy uno de… vaya usted a saber cuántos millones de pesos?
¿Quién es el macho o macha capaz de detener y resistir el poder invencible y omnipresente del narco?: controlan a los adictos con sus drogas, eliminan a sus enemigos con sus armas, y cooptan a los ambiciosos con sus millones.
Para el mexicano de la calle, nadie se salva del maleficio de la duda; desde el vecino con flamante camioneta de lujo y el comerciante que prospera, pasando por el empresario en jauja y el contratista milloneta, hasta, but of course, policías, autoridades y gobiernos. La sospecha a discreción, por momentos casi indiscriminada, espesa y nubla el ambiente, ahuyenta la confianza y alienta la paranoia.
Como dice el periodista David Espino, en una parte de su libro Acapulco Dealer, Crónicas de la narcoviolencia en Guerrero: “El eufemismo se ha hecho el recurso más recurrente para referirse a los sicarios al servicio del narcotráfico o de los narcos mismos. Los malos, los malandrines, dice la gente sin despegar mucho los labios, aun en sus casas, por temor a que quien vaya pasando sea uno de ellos”.
Temor y sospecha, racionales y no, sustentables y no, se mezclan en un coctel tóxico y letal que envenena la confianza social, debilita el músculo comunitario y desahucia la esperanza colectiva.
“Cualquiera puede ser uno de los malos”, es la única certeza entre tanta incertidumbre, es el mejor argumento de que el silencio conviene, de que la reclusión guarece, de que la pasividad protege y de que la resignación salva la vida.
Así, la mierda se apila tan rápido, que se necesitarían alas para mantenerse encima de ella.
Por desgracia, como si la desgracia no fuera ya suficientemente desgraciada, los líderes políticos y sus partidos se empeñan en convencernos de que ninguno tiene alas, y que si algunos las tuvieron, después de tanta refriega y jaloneo, ya todos las perdieron.




