Silvestre Pacheco León
Los emprendedores de mi pueblo
Don Vale era el cuetero del pueblo. Cuando lo conocí todavía usaba calzón de manta, igual que su papá, don Toño. Ambos vivían en la calle de Las Flores, junto al río. En su patio ponía don Vale a secar la pólvora y en el mismo lugar trabajaba los carrizos para hacer los cuetes. Si acaso lo que compraba era la pólvora, porque todo lo demás él lo hacía, bueno hasta para tronar los cuetes lo alquilaban.
Además de cuetero don Vale sabía sobar. Curaba el empacho y el espanto. Me gustaba oírlo rezar porque lo hacía con gracia a pesar de que sus palabras siempre se le atoraban o se negaban a salir por lo rápido que hablaba. Sus rezos eran como un camino empedrado, sinuoso y hecho con piedra desiguales.
Su nombre de pila era Valeriano Amilpas. Tenía un andar rápido y andaba siempre descalzo. A cada paso lo acompañaba un movimiento peculiar de sus brazos. El olor a pólvora no lo dejaba ni aunque se bañara.
Un día don Vale fue a sobar a mi tío que no creía mucho en sus curaciones pero como estaba de veras malo, accedió de mal modo, sin cooperar fácilmente con las indicaciones del curandero, hasta que éste lo regaño: “Ponte derecho” –le decía– “porque nomás te tuerces, pareces cuajilote”.
Recuerdo que para terminar la curación don Vale pasó un huevo de gallina por todo el cuerpo de mi tío y luego lo rompió dentro de un vaso de vidrio, se echó un trago del mezcal que mi tía le tenía preparado y luego lo roció con un gran resoplido y sin miramiento sobre la cara de mi tío. El olor del mezcal con la pólvora surtieron luego su efecto porque al rato mi tío sanó del empacho.
Rosaliano tuvo múltiples ocupaciones y casi ningún descanso porque desde joven se echó a cuestas la responsabilidad de mantener al ejército de hermanitos. Se iba al llano a juntar la semilla de los coscahuates para venderla a quienes hacían jabón. A él vi montar su propio taller para sacar la fibra a las hojas de agave con las que luego hacía hilo o mecate de ixtle junto al río.
Después mi tío aprendió el oficio de panadero, hizo su propio horno y en poco tiempo tenía a un grupo de mujeres con las que se repartía el trabajo. Unas amasaban, otras hacían el pan, él horneaba y otras lo sacaban a vender en grandes canastones. Los marquesotes, las empanochadas y los sobados eran su especialidad.
Las tardes de mi pueblo con olor a pan recién horneado son las que más nostalgia me causan.
Otro de mis tíos ofrecía los servicios del trabajo rudo e intrépido. José León amansaba animales, desde un caballo, un macho, hasta un toro. Sus métodos salvajes convencían a cualquiera sobre la eficacia de su trabajo, y más a los propios animales que en seguida se hacían domesticados.
Ponía herraduras a las bestias caballares y mulares, y erraba el ganado. Se alquilaba para agarrar bestias casi salvajes y siempre estaba dispuesto a dar lo que no tenía con tal de lucirse montando el caballo que le gustaba.
Para castrar los animales no había nadie que igualara a mi tío José León, y podía hacerlo solo, sin ayuda. Las curaciones de los animales tampoco eran algo ajeno a su trabajo. La sal, el limón y la ceniza eran suficientes como remedio para casi cualquier enfermedad.
Montado en su caballo blanco y con un sombrero de petate, lucía siempre imponente. Se reía a carcajadas y sus gritos eran memorables y punto de referencia de donde él andaba.
Recuerdo que una noche oscura de un día lluvioso a mi tío José lo sorprendió la creciente del río. Confiado en su caballo no se detuvo para tantear el terreno y cuando se dio cuenta de lo hondo y la fuerza de la corriente era ya tarde para regresarse, de manera que urgió a su caballo para continuar agarrado de la crin. Caballo y jinete salieron del río a duras penas. El noble caballo lastimado del hocico terminó como dice el corrido.
Quimi durante su juventud emprendió varios negocios. Fue dueño de la primera paletería del pueblo y puso de moda los famosos bolis que eran los helados en bolsas de plástico, como las tripas. Un año trajo una máquina con la que llenaba la tripa con el dulce de uva, de limón y de grosella, luego mandó hacer unos cajones de madera con el maestro Eufemio que era el carpintero. Con esos cajones habilitó a un grupo de chamacos para que salieran a vender los helados que cargaban en la caja de madera sobre sus cabezas. Como Quimi pagaba una comisión por producto vendido, los chamacos teníamos la oportunidad de cobrar lo ganado con puros helados y atenidos a eso no era raro que nos comiéramos la comisión antes de vender los bolis.
Recuerdo también a don Pánfilo un viejito chaparrito que vestía de calzón y cotón de manta y su inseparable sombrero de palma. Era curandero y vivía cerca del puente de la barranca en el centro del pueblo. Ahora que lo recuerdo él era uno de los pocos viejecitos a quien mi mamá no le decía tío. Fue don Pánfilo quien me enderezó mi brazo torcido o “recalcado” como le decían en mi pueblo.
Pues resulta que una tarde que jugábamos a lazar marranos, se me hizo fácil tomar prestada una reata de mi casa con la que hice la lazada y con tan buena (¿o mala?) suerte que en el primer intento lacé al marrano más gordo y forzudo de la manada, el que sintiéndose capturado pegó tal estampida que no bastaron todas mis fuerzas para contenerlo y como no podía yo permitir que se llevara en el pescuezo la reata prestada, me aferré a ella a costa de todo, es decir, que no la solté a pesar de que el marrano subió al tecorral y se lanzó al otro lado con una velocidad que yo no pude igualar y caí desde el tecorral sobre mi brazo que ya no tenía la reata.
Con el brazo “recalcado” sin poderlo mover por el dolor tuve que confesar mi osadía. El remedio fue caer en manos de don Pánfilo quien con dos curadas que consistían en jalones y sobadas dejó todo en su lugar. Mi mamá en pago le llevó una cajetilla de cigarros y una veladora.
Don Beto Nava, don Rafa y don Sinforiano eran los músicos del pueblo. Cantaban y tocaban, la guitarra y la trompeta. Se alquilaban para ir a cantar las mañanitas y ocasionalmente amenizaban los bailes.
Don Pedro el pabellonero era un hombre alto y moreno que vivía de vender los famosos raspados en su carretilla. Cuando salía en la danza de los moros era como un gigante que vivía su papel. Con su voz como de río crecido sabía imponerse ante el público porque rallaba el machete en el cemento hasta hacer chispas.
Murió joven don Pedro el pabellonero porque su afición al alcohol que disimulaba mezclándolo con hielo y miel de los pabellones lo enfermaron de cirrosis.
Don Juan Polón era de poco hablar pero a fuerza de su pulmón hacía cantar la tuba que era el instrumento que también cargaba en la música de viento. Como él todos los músicos completaban el sustento con la banda cuando los trabajos de la milpa les daba una pausa.
El nevero era el caso típico del mundo cuyo oficio daba la identidad del personaje antes que el nombre de pila. Nunca averigüé cómo se llamaba pero desde luego que no era del pueblo. Venía de Chilpancingo porque hasta su manera de vestir era distinta a la de mis vecinos.
El nevero siempre andaba acicalado, rasurado, bigote bien recortado, un sombrero de calle y su carretilla en la que cargaba el bote de la nieve entre los hielos que llenaba un recipiente de madera.
En los días de fiesta se aparecía y me daba la sensación de que siempre había estado ahí. Atento y circunspecto siempre servía los barquillos que le pedían con seriedad y esmero.
Don Rafa Jiménez era todo un personaje y el mejor de los sastres según juicio de mi papá. Chaparrito, de ojos saltones y dicharachero, parecía que ni una pena podía contrariarlo. Cosía, silbaba, cantaba y saludaba. Así transcurrían sus días en la casa de doña Luchin donde tenía su taller.
Vestido con camiseta desmangada y la cinta métrica colgada en los hombros, iba de su máquina a la puerta de la calle donde saludaba con apodo a cuanto vecino pasaba por ahí.
El maestro Eufemio era un pan de buena gente. Alto casi como ninguno, se dedicaba a la carpintería frente a la casa de don Lan, donde vivía. En sus ratos libres, para desaburrirse de la garlopa y el escoplo, también era peluquero. Sus clientes éramos los jóvenes que nos resistíamos a ir con don Midio o don Tachito quienes sólo un corte de pelo conocían, pasado de moda y a la antigüita. El maestro Eufemio en cambio, ya había ido al norte y de allá se trajo su máquina para cortar y rasurar, y trasquilaba al gusto del cliente.
Los otros peluqueros nomás sabían dos cortes, de clavo y de medio clavo, y como no tenían espejo no se podía ver los estragos que hacían con las cabezas hasta que uno llegaba a la casa, demasiado tarde para algún reclamo.
Don Chente era un panadero al que le decían el Puto. Recuerdo que mi mamá cuando hacía referencia a él, para que no se oyera ofensivo el apodo le decía “ don chente el cobarde” como si la homosexualidad fuera falta de hombría. Era un señor gordo de pelo chino y de barba partida, buena gente y hacía buen pan.
Don Rafael Solano era uno de los hombres ricos del pueblo. Como nadie sabía el origen de su riqueza se corrió la leyenda de que se había encontrado una olla de dinero en la excavación de su casa. Tenía una tienda de telas y era muy gordo. Fue el primero que tuvo una televisión cuando se tenían que adivinar las figuras de los personajes entre las rallas con las que se llenaba el monitor.
Recuerdo que su nieto El Garrafón nos invitaba a ver la tele y en nuestra presencia le pedía al abuelo, ¿nos deja ver la tele? Sí, pero no la prendas, le respondía el pícaro señor.
Otros vendedores de ropa eran don Nacho Morales y don Agustín. Don Nacho tenía una tienda muy surtida en el lugar donde antes vivió un tío de mi mamá que se llamaba Pillón, era un hombre de veras rico, de aquellos que guardaban las monedas de plata en latas de alcohol y de vez en cuando las asoleaba.
Don Nacho era como actor seductor de las viejas películas del cine mexicano, bigote negro, bien cortado y voz engolada.
Don Agustín era un hombre güero de Tixtla. Venía al pueblo a vender sus telas los días de plaza. Ponía su tendido y su manteado en el viejo mercado y tocaba música con un amplificador y una bocina que oía todo el pueblo. Siempre lo acompañaba su hija Rosita, muchacha chaparrita, elegante, pintada y enjoyada.




