Jorge Camacho Peñaloza
Mi gallo es gallina
“La ignorancia afirma o
niega rotundamente;
la ciencia duda”. Voltaire
Entrado el siglo XXI muchas mujeres se mantienen adormecidas al no cobrar conciencia de su valor y dignidad como personas. La creencia de que nacen incompletas y deben ganarse el amor de los demás, junto con su aprobación para poder ser felices, sigue siendo un obstáculo enorme para este despertar.
Se trata de mujeres que piden permiso en lugar de dárselo, las que sumisamente aceptan la infidelidad, los maltratos físicos o psicológicos, las que enseñan a sus hijos que ellos están ahí para ser servidos y a sus hijas a que sirvan a sus hermanos por el sólo hecho de haber nacido hombre o mujer, las que se aferran a quien no las ama, o aceptan violentar sus creencias y valores con tal de ser aceptadas y sentirse queridas porque nadie les ha dicho que merecen amor y no lo tienen que ganar.
Para muchas mujeres el entorno resulta adverso al margen de su nivel socioeconómico, estado civil y edad. Es claro entonces que si siguen esperando a que todo cambie, las colocaría en un terreno de renuncia al ejercicio de su libertad, al reto de convertirse en alguien y asumir la maravillosa y única oportunidad de vivir la vida.
La cultura e idiosincrasia de muchas mujeres en esperar a que sea el entorno –gobierno, políticos, escuelas, empresas, sindicatos, los padres, la Virgen de Guadalupe y Dios– los que vengan a decidir y resolver por ellas, es más cotidiano de lo que podemos siquiera imaginar.
Tener autoestima es sentirse capaces para vivir la vida. Capaces para elegir y en esa elección optar por aquello que nos hace crecer y ser mejores. Las mujeres, en su gran mayoría, no han sido enseñadas a amarse y a lo largo de sus vidas ejercen el mandamiento de amarás a tu prójimo, pero olvidando vivir el final de la sentencia: como a ti misma.
A la niña se le educa como un ser dependiente, incapaz de valerse por sí misma en muchos de los asuntos de la vida cotidiana relacionados con el trabajo productivo, y su sexualidad le es prohibida en muchas de sus manifestaciones. Se le estimula, en cambio, en lo relacionado con el hogar: los juegos de cocina y de costura, así como el cuidado de niños, representado por las muñecas. Es como si existiera un orden que les prohíbe traspasar esos límites, en tanto a los varones se les insta a hacerlo.
Cuando las mujeres aceptan todo lo que se les ha enseñado como un dogma y no lo cuestionan, se van convirtiendo en zombis, en robots, y las circunstancias dominan sus vidas. Así la dependencia aumenta y se reproducen los miedos: miedo a ser ellas mismas, a perder el afecto de los demás, a ser criticadas, a ser diferentes, a romper las reglas que las mantienen social y familiarmente sometidas, a decir lo que piensan, a expresar sus deseos, a decir sí o decir no.
Al aprender a liberarse de la culpa, las mujeres mejoran la calidad de sus vidas. Sin el persistente remordimiento golpeando como un martillo dentro de sus cabezas y devorándolas, pueden pensar con mayor claridad y concentrarse mejor, su juicio mejora, son más capaces de sentirse orgullosas de su logros y celebrar sus éxitos.
Así como la dependencia y el miedo se hermanan, el valor y la apertura van de la mano. Es inevitable que se requiera valor para vivir la vida. Esta es una tarea no apta para timoratos y conformistas.
Sufrir es parte de un proceso de crecimiento de vida, pero no es el sentido de la vida. Eleanor Roosevelt afirmaba: “Nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento”, y Víctor Frankl sigue enseñando al mundo con su testimonio de vida como prisionero judío en campos de concentración alemanes, que hasta el último momento de nuestra vida tenemos la libertad de escoger con qué actitud elegimos vivir y morir.
Valdría la pena preguntarse si las niñas que fueron ayer, se sienten orgullosas de las mujeres que se han hecho ahora. Esperar grandes acontecimientos para que las mujeres se alegren y se sientan bien, les impedirá disfrutar la vida. Tendrían que hacer de cada día un gran acontecimiento, de modo que cada día cuente.
Todos los párrafos anteriores han sido tomados y adaptados del libro de Josefina Vázquez Mota: Dios mío, hazme viuda por favor. El desafío de ser tú misma, con los que quiero compartir con ustedes la forma de pensar de esta gran mujer que ha logrado hacerse viuda de todos sus temores y dependencias para llegar a ser lo que es hoy: un símbolo de la mujer mexicana liberada que puede competir por la Presidencia de la República, porque estoy convencido, al igual que ella, de que sólo con la liberación de la mujer México podrá ser verdaderamente democrático y superar muchos de los problemas que derivan de la ancestral y aberrante subvaloración de la mujer mexicana por parte de los hombres y las instituciones políticas, económicas, sociales y religiosas.
Vuela vuela palomita: Y ve y dile a todas ellas que hay una gallina que es buen gallo, que se llama Josefina, y que nada raro sería que llegue a sentarse en aquella silla que tiene un águila, que se puede convertir en gallina, porque meramente como dijo Xóchilt Gálvez, pues, las de los huevos son las gallinas.




