Federico Vite
¿El factor Rocky III?
Pues a los 79 años, después de haber publicado 27 novelas, ¿quién no va a renunciar? El 9 de noviembre la gente interesada en la literatura se jaló los cabellos cuando la revista francesa Les Inrocks dio a conocer que Philip Roth se retiraba de la literatura. Su último libro fue Némesis, publicado en castellano el año pasado. Podría jurar que el autor de El pecho estaba fastidiado de todo lo que implica sentarse a edificar universos literarios. Las palabras de Roth fueron: “Decidí que estaba terminado con la ficción. Ya no la quiero leer, no la quiero escribir, ni siquiera quiero hablar de ella. He dedicado mi vida a la novela: la he estudiado, la he enseñado, la he escrito y la he leído. A la exclusión de cualquier otra cosa. Basta. Es suficiente. Ya no siento la dedicación a la escritura que he sentido en toda mi vida. La idea de luchar con la escritura una vez más me resulta intolerable”. Parece que Roth simple y sencillamente se cansó. Para hablar de este hecho, tomo las palabras con las que Philip inicia de The humbling: “He’d lost his magic”.
Para muchos de los seguidores de Roth, la noticia fue recibida con temor e incluso molestia. De inmediato se pronunciaron a favor, mediante cartas y correos electrónicos, de que el narrador, quien creció en Weequahic, reconsiderara su decisión. Hasta el momento, el sarcástico creador de Nathan Zuckerman, sólo ha dicho a sus lectores con el mordaz silencio que lo caracteriza: See you later, alligator. No me sorprende que Roth, dedicado a hurgarse en cada libro –sus personajes son simulacros de él mismo, variaciones de sus angustias y experiencias– se haya agotado. Necesita una pausa para dejar de mirarse las entrañas.
Otro de los autores que en noviembre dijo adiós a la literatura es el húngaro Imre Kertész, quien también señaló públicamente que se alejaba de las letras el pasado 14 de noviembre. El señaló escuetamente: “Ya no quisiera escribir más”. A sus 83 años de vida, creo que nadie puede recriminarle el abandono. La obra de Kertész, la igual que Roth, ha sido una persecución de sí mismo, aunque en el caso del europeo se muestra una y otra vez la obsesión por el Holocausto, hecho que este hombre considera un código existencial. Para él, la literatura adquiere sustancia vital cuando se formula desde la posibilidad de atisbar las condiciones de la existencia humana; lo atroz, tal vez, sea que incluso uno se cansa de imaginar esos escenarios y acciones. “El campo de concentración solo puede imaginarse como texto literario, no como realidad […] Después de Auschwitz resulta superfluo emitir juicios sobre la naturaleza humana. […] Es un hecho grave, pero hay que ser consciente de él. Responder de nosotros mismos: es lo más difícil, y siempre lo ha sido. No es siempre fácil vivir en plena posesión de sí mismo”, refiere Kertész a manera de corolario de su obra.
Tenemos dos argumentos que derivan en un mismo asunto: el fastidio, quizá melancólico, que propicia el retiro. Pero no me parece que nazca una orfandad de estos hechos. Si pensamos en la cotidianidad, uno extraña con fervor las conchas de un buen panadero, los trajes de un sastre magistral, las bebidas de un barman tocado por la divinidad gloriosa de Baco, pero se puede vivir con eso y con más dificultades. No se acaba el mundo pues. La vida, línea de fuego que adquiere consistencia amable cuando se camina sobre ella, es esto que sucede entre los abandonos. Tal vez y con esto quisiera aventurar una hipótesis acerca de las decisiones tomadas por Roth y Kertész. Creo que todo se comprendería mejor al ver de nuevo al película Rocky III. Refresquemos la memoria: el éxito abrillanta la existencia de Rocky, quien ha vencido con a sus oponentes, incluyo ahí la pobreza, y aparece en escena Clubber Lang (Mister T.) para retar al héroe y Lang no es sólo un boxeador, sino un guerrero brutal que lleva en la mirada el acre aroma del rencor social. Y ese Rocky civilizado, para vencer a un rival que encarna el espíritu real del confrontamiento, debe habitar sus orígenes nuevamente: pasión, hambre de triunfo y ambición por glorificar su nombre. El factor Rocky III es precisamente recuperar el ánima, adquirir de nueva cuenta la voluntad en el individuo. Tal vez eso explique un adiós a la literatura. Tal vez. Pero a final de cuentas, se escribe lo que se puede. Y ya.




