Anituy Rebolledo Ayerdi
Acapulqueños IV
La blusa azul
La escuela Ignacio Manuel Altamirano es fundada en 1906 por la profesora tixtleca Felícitas Victoria Jiménez Silva para atender la educación primaria exclusivamente de las señoritas acapulqueñas –la Miguel Hidalgo estaba encargada de los varones. La moral cristiana no aceptaba la convivencia de niñas y niños bajo un mismo techo, excepto los unidos por lazos consanguíneos (algunos, por cierto, con serios inconvenientes). Pronto, sin embargo, las cosas cambiarán en esa restrictiva materia. A la vuelta de 15 años la exclusividad de género se derrumbará, dando lugar a la mixtura vigente hasta nuestros días (¡aguas, con las reformas al 24 constitucional!).
Será entonces cuando lleguen los primeros acapulqueños a la institución de la calle de La Quebrada –hoy, allí mismo–, ocupando el inmueble del antiguo consulado japonés en el puerto, donado al gobierno mexicano por el del Sol Naciente. Entre los primeros: Alejandro Hudson, Simón Fu-nes, José Villalvazo, Jesús Jimé-nez Márquez, Alejandro y Mar-garito Gómez Maganda. Ellas: Paula Velarde, Guillermina Al-tamirano, Alicia García Mier, Aurora Apresa, Angela Escale-ra, Luz H Luz y Elena Uruñuela. El uniforme escolar, vigente hasta nuestros días fue diseñado por la maestra Chita Jiménez: falda y pantalón blancos, blusa y camisa azules.
La generación correspondiente a la tercera década del siglo XX incluirá a varios acapulqueños destacados en la vida política y social del puerto. Ahí estuvieron Victoria Sabah, Elisa Batani, Chuy Rodríguez y su mejor amigo Ricardo Morlet; Toto Tellechea, Nico Gómez Vela, Paco Vela y Abel Salas.
A muchos de esos niños y jóvenes les tocó ir al mandado o bien acompañar a sus mamás al mercado municipal del Zócalo y más tarde al de la calle Escudero (junto a Woolworth). Escucharán el regateo incesante de sus mayores frente a la carestía galopante de entonces. Y miren si no: una docena de ojotones o agujones, 5 centavos; una gallina, 12 centavos; los huevos a 3 centavos; el litro de leche, 15 centavos; la tractolina para estufas, 15 centavos; petróleo para lámparas o candiles, 20 centavos; la manta cruda, 5 centavos la vara; limonada Trébol, embotellada por don Rafael Pintos, 5 centavos; cerveza, 20 centavos; copa de coñac, 50 centavos; las tostadas de Maura Bello, de pollo o picadillo, 5 centavos; las charamuscas del “amigo Moisés”, 3 centavos; y las nieves de Proto o Ceferino, 10 centavos.
Los juegos
Los juegos infantiles de aquellos años son rememorados por Rubén H. Luz en su libro Recuerdos de Acapulco, calificados por él mismo como ingenuos. Enumera algunos: los pilares, la gallina ciega, el coyote, el salta la piedra, la cebolla, la víbora de la mar, la vara de listón, la gallina pupujada, las matatenas, la comidita, los compadres y la cacalarueda. Todos ellos practicados por niñas y niños. Exclusivos para varones: la gallina asada, comerás patadas, el gavilán, los buzos, el burro fletado, las encaramadas con culebrinas y cocoles, el parque, liga, ligazo, la rayuela y los trompos. Juegos intemporales, ciertamente.
La Semana Santa resultaba una celebración poco grata para niños y jóvenes pues, al terminar, centraba la atención en ellos. No para agasajarlos sino para cuerearlos. Cuando se vuelvan a escuchar las campanas de la parroquia de La Soledad, enmudecidas para dar voz a las matracas, la chiquillería tomará las de Villadiego. Y cómo no, si en ese momento aparecían sus padres con los cinturones de cuero en la mano, listos para cumplir con la vieja costumbre de azotarlos en las piernas (“para que crezcan, cabrones enanos”). Los chamacos más hábiles y veloces eva-dían momentáneamente tan in-justo castigo, pero lo recibirán a la postre.
El carnaval fue otra celebración tradicional de los acapulqueños y en ella los mayores bailaban y se emborrachaban mientras que los menores gozaban de espectáculos poco comunes. Por ejemplo el palo encebado sobre un lanchón o a la orilla del mar (de tal manera que los sujetos cayeran al agua); el combate naval entre canoas, y los jaripeos en la explanada del fuerte de San Diego.
Edificio nuevo
Cuando se inicia la construcción del primer edificio de la Alta-mirano, las actividades docentes se trasladan a las instalaciones la Zona Militar, en el área del fuerte de San Diego. Terminada en 1947, la nueva sede será inaugurada por el presidente Miguel Alemán, acompañado por el gobernador Baltazar Leyva Mancilla. Para entonces ya ocupa la dirección del plantel la profesora Carolina Vélez viuda de Leyva.
Dos años más tarde, la nueva generación de egresados recibirá sus certificados firmados por la profesora chilpancingueña. La integran, entre otros, Carmen Salgado Román, Lilia Hernández Arroyo, Emma Her-nández, Magdalena García Vi-nalay, Carmen Maganda, Car-men Sosa, Carmen Valeriano, Gisela Jiménez, Sofía Pérez, Alicia Pérez Salinas, Graciela Blanco Miranda, Elvira Her-nández Pintos y Ana María Ar-zeta.
Entre los varones: Enrique Díaz Clavel (más tarde profesor de la propia institución); Ma-nuel Valverde, Manuel Soto Valle, Alejandro Bello Ozuna, Miguel Chavelas Orbe, Fer-nando Rojas, Alonso Palma, Camilo Villicaña, Gabriel Villa-nueva, Ramón García, Lorenzo Jiménez, Alberto Patiño, Luis Castañeda, Ricardo Martínez, Jesús Flores, Enrique Baños Cortés, Luis Caballero Telle-chea, Abelardo Salas, Carlos Sauri, Julián Gallardo, Miguel Angel Oscura, Francisco Javier Martínez, Crescenciano Díaz y Fernando Rojas.
La primera huelga
Las banderas rojinegras de huelga se despliegan en la fachada de la Altamirano cuando corre 1954. La declaran los docentes por sus pistolas, a todas luces ilegal. Exigen un incremento salarial de 20 por ciento por concepto de vida cara. Los demandantes son Petronila Blas Cortina, Fidencio Tellechea, Gregorio de la Rosa, Ángel Mata, Pedro Robledo, Hum-berto Bahena, Marcelino Ra-mírez y Roberto Abúndez –to-dos ellos darán clases incluso llegando a la tercera edad y más allá.
–Ya tengo el acuerdo favorable firmado por el señor gobernador… mañana se los hago llegar… –informa a los huelguistas el profesor Leopoldo Castro García, director estatal de Educación, el 19 de mayo del propio año.
Sin embargo, nada de ello ocurre, ni ocurrirá. El anunciado mañana no llega para el gobernador ni para sus funcionarios. El Congreso de la Unión declara el día 20 desaparecidos los poderes de la entidad y ese mismo día nombra gobernador sustituto. El suertudo es el ingeniero agrónomo Darío L. Arrieta Mateos, a quien desde la escuela apodan El Oso, por corpulento y piloso.
–¡Pan comido! –se dicen los paristas al reanudar sus gestiones de aumento, ahora ante el igualteco egresado de Cha-pingo.
–¡Que esos profesores güevones no me estén chingando. No se vale, carajo. Acabo de llegar y no sé si las pinches ratas que se fueron me dejaron en caja algunas cualilas (monedas de dos centavos) –advierte el nuevo mandatario quién, además de parecerlo, gruñe como oso.
Donato Miranda
Enrique Díaz Clavel, quien ya es profesor de la Altamirano y colabora en el diario Trópico, pide la intercesión del alcalde Donato Miranda Fonseca y éste acepta de buen grado. Le trata el asunto telefónicamente al gobernador Arrieta Mateos y éste le da una respuesta inesperada, poco comedida según la califica el propio chilapeño. Tanto que, además de recomendar a los paristas no molestar más al señor gobernador, el primer edil ofrece asumir el incremento demandado. Lo pagará la Comuna siempre y cuando se lo rebajen a la mitad, o sea, el 10 por ciento de vida cara.
–La Altamirano es del sistema estatal pero ustedes educan a niños acapulqueños –argumenta el presidente municipal y los profesores se lo agradecen.
Cuando Donato Miranda ocupe la Secretaría de la Presidencia en el gobierno de Adolfo López Mateos será bautizado por Jorge Joseph como El ministro del odio. Entre otras cosas por haber arrojado al basurero de la historia a una talentosa clase política guerrerense, forjada durante varios lustros, para inaugurar la suya propia. Esto con la idea de tenerla a su servicio cuando le gane la carrera presidencial a Gustavo Díaz Ordaz (éste le aventajará finalmente por un hocico). La abre con el anodino médico igualteco Raymundo Abarca Alarcón, a quien hace gobernador del estado cuando lo único que pedía aquél eran los Servicios Estatales de Salud. Y así le fue a Guerrero.
Los años cuarenta
Metido a hurgar en los archivos de la escuela Altamirano, para escribir un opúsculo sobre el centenario de la institución, el periodista Díaz Clavel revela no haber encontrado libros anteriores a 1943. Figuran como egresados en este año Gloria Gómez Merckley, Alicia y Leonor Que-vedo del Río, Candelaria de la Cruz Gómez, Eduarda Bailón Wilson, Hortensia Guerrero Po-lanco, Jesús Espinosa, José To-rres Vargas, Delio Zavala Coria, Juan Ayala de los Ríos, Ricardo Pineda Tapia y Rafael Méndez.
Se viven los años de la Segunda Guerra Mundial que, paradójicamente, marcan el despegue definitivo para Acapulco pues la lucha armada mantiene cerrados los centros de veraneo de Europa y Asia. La existencia del conflicto sólo es percibida aquí por el constante arribo de embarcaciones estadunidenses de todo tipo. Unas con destino a los frentes de batalla, otras regresando con los “héroes fatigados”. Dispuestos a vivir un último minuto de vida entre los brazos de una mujer, bebiendo barricas de ron y fumando sembradíos enteros de mariguana.
La lista de egresados de la Altamirano contiene, en 1944, los nombres siguientes: Raquel Güera Fox Leyva, Lety Salgado Román, Irma Flores, Flores, Ernestina Rosas Romero, Ama-lia Hernández Arroyo, Julia Ávila Díaz, Divina Zárate Váz-quez, Margarita Ruiz Acevedo, Julia Torres Morales, Apolinar Zurita Alcaraz.
Javier Toro Gutiérrez Gómez, Rogelio Pano de la Barrera, cuñado del escribano; Fernando Cruz Rojas, Antonio Zavala Reyes, gran fotógrafo; Fernando Pedroza Villicaña, Aristeo García Lobato, Rufino Bello González, Ramón Reyes Romero, Rodolfo Mendoza, Héctor Cortez Guerrero, An-tonio Liquidano, Timoteo Ra-dilla Rodríguez, Roberto Vina-lay Garibay, Eladio Gómez Magdaleno, Manuel Ortiz Ro-dríguez y Gerardo Gómez Alvarado
Y como diría uno de aquellos: esto termina hasta que termina.
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