Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Palindromático Trinimemije

* El Premio FIL a un plagiario

Palindromático Trini

Desde la noche prehistórica que nos topamos en la Cocaloca y por estar platicando sobre La montaña mágica de Thomas Mann (de donde entresacó el tema de la tesis que había presentado un día antes en la Universidad Nacional Autónoma de México) ya no vimos el espectáculo, hasta las frecuentes ocasiones en que me lo encontraba –fumando o con el cigarrillo colgando de los labios– en los “puestos del periódico” del centro de Chilpancingo, donde intercambiábamos lacónicas o de a tiro rudas críticas alrededor de una o dos de las notas destacadas (o a lo que fuera), siempre fue un gusto platicar con Trini Memije…
José Trinidad Memije Alarcón daba clases en la Facultad de la Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Guerrero desde que ésta era Escuela. Además de su tesis –La cábala en La montaña mágica– publicó Lograr gol, más de cien páginas de palíndromas editado por la UAG. Alguna vez, con Trini organizamos y realizamos –el Sindicato de maestros universitarios, la Escuela de Filosofía y Letras y el Ayuntamiento de Chilpancingo– una reunión nacional de palindromistas. Nuestro sello eran las manos que se dibujan a sí mismas de Escher. Lo de un congreso de palindromistas ya era fregón, pero, con eso de que los palíndromas llaman la atención pero no tardan en cansar o aburrir, esperábamos que el público atiborrara la sala gracias a la presencia de Armando Jiménez, el autor de Picardía Mexicana, quien a última hora avisó que no podía venir a Chilpancingo porque había amanecido con una terrible “gonorrea de nariz”… A la reunión acudieron los mejores y más prolíficos palindromistas de México, que fatigosa y felizmente platicaron sobre este arte de las palabras y frases que pueden leerse al derecho y al revés, sin menoscabo de la sintaxis y el sentido de la expresión. Hay palíndromas en el Ulises de Joyce, en novelas de Lezama y Cortázar, y en donde uno menos se imagina. En algún libro, Tito Monterroso recuerda a grandes palindromistas mexicanos, como Juan José Arreola y Rubén Bonifaz Nuño, que palindromeaban con genio natural y hasta excesivo, mientras él –cuenta– no conseguía imaginar más que el demasiado natural y escatológico: ¡Aca, caca!…
En la reunión (¡Eso; José!) supe que los palindromistas eran una especie de ajedrecistas obsesos que en vez de caballos y alfiles movían palabras y tuve oportunidad de hacerme de un montón de libros de palíndromas, entre ellos el de Miguel González Avelar, un megapalindroma de más de ciento cincuenta páginas y las que el lector aguante de regreso. Ahí se recordaron los palíndromas clásicos (Anita lava la tina, Dábale arroz a la zorra el abad…) y algunas anécdotas correspondientes, y al último se ponderaron las súper facilidades que la computadora proporciona para la construcción de palíndromas y se advirtió sobre los peligros que semejante computación encierra para la humilde y lenta creatividad humana. En este marco, los palindromistas mexicanos reunidos en pleno en la ciudad de Chilpancingo otorgaron a José Trinidad Memije Alarcón un reconocimiento especial a su labor creativa y a la promoción del palindroma en México.
Desde que empezó a mostrar sus palindromas en periódicos y revistas hasta que publicó su Lograr gol, más en pláticas fregativas que directamente, la paciente y ardua labor de Trini recibió rudas críticas. “Los palindromas no sirven para nada, más que para leer lo mismo al revés. ¿Y para qué quieres leer al revés, de nuevo, lo que acabas de leer?” Más o menos en eso consistían los contraalegatos. No concedían siquiera que, siendo un juego de lenguaje, los palindromas también son una muestra de la asimilación íntima y regocijante de la lengua española, en la que –al menos antes de las computadoras– el contexto lingüístico y el ingenio personal participan en forma vivaz.
En el fondo, a Trini se le reprochaba no haber paseado más su talento por los otros géneros literarios que practicó, como la poesía y el cuento. Trini escribió un soneto genial, titulado La silueta, que recuerda las Siluetas de Los Rebeldes del Rock. En 1968, Juan Sánchez Andraca, adelantado de la gubernatura de Caritino Maldonado Pérez, convocó a un concurso de cuento, que ganó Virgilio de la Cruz Hernández, seguido por José Trinidad Memije. El cuento de Virgilio lleva por título No se reparten esquelas y guardo la esperanza de que aún lo conserven sus hijos. El de Trini se llama El chivo, un sencillo relato campirano que revelaba a un buen narrador. En una de esas, La cola del gato, de Memije Alarcón, apareció publicado en la revista El Cuento, y el que escribe, que acababa de traer la revista del DF, pasó a presumírsela a Virgilio de la Cruz (propietario del café-librería Dante Alighieri), quien astutamente logró cambiármela por un manual de filosofía materialista. A los dos no emocionó el cuento de Trini. La anécdota es sencilla, pero antológica: un individuo que tiene conflictos con su vecino regresa a su casa y advierte que del tejado de la casa de al lado pende la cola inerte de su gato. El “asesinato” de su felino lo ciega de odio y lo hace ir por su escopeta, entrar a la casa de su vecino y acribillarlo. Cuando sale a la calle, lo primero que ve es que del tejado ya no pende la cola de ningún gato.
Trini tocaba la guitarra y cantaba de romántico y alegre modo, y a la menor provocación sonreía bajo su bigote recortado y sembrado de canas prematuras y ansiosas. En 1988 incluí su texto sobre Juan García Jiménez y Porfirio Barba Jacob en la Revista de la UAG. De vez en cuando me regalaba fotocopias de ensayos breves que solía leer en los encuentros cervantinos que tanto le gustaban y los que solía asistir con sus alumnos. El último texto que entregó tiene qué ver con Gabriel García Márquez, Cien años de soledad y Chilpancingo…
Busco a José Trinidad Memije Alarcón en la Enciclopedia de Guerrero, y no está. Tampoco está su hermano, Santiago, el maestro universitario y tenaz investigador de las tradiciones y la cultura popular al que hemos dedicado dos pozoles verdes, ni su hijo, José Trinidad, quien desde que salió del Conservatorio se ha dedicado a orquestar algo de la música que traen adentro los jóvenes guerrerenses. Hace unos días me enteré de su fallecimiento y poco después de que fue enterrado en Cuernavaca, donde al parecer residía desde hace tres años, tras su jubilación. Ante el dolor de su familia y la interrogación sus alumnos, poco valen estos recuerdos sesgados de José Trinidad Memije, de los que casi excluí la lira y bohemia. Cuando me lo vuelva a encontrar, antes de saludarlo le haré una pregunta: ¿Entre palíndromas, palíndromos y palindromas –sin acento en la i, como pronunciaba y escribía Arreola– cuál prefieres tú, mi estimado Trini Memije?

Un premio que legitima el plagio

Todo indica que el caso del premio de la Feria Internacional del Libro en Lenguas Romances otorgado al peruano Alfredo Bryce Echenique seguirá dando de qué hablar durante mucho tiempo. La citada Feria era, hasta entonces, una de las más prestigiadas de América Latina. Bryce Echenique, el premiado, gozó de buena fama gracias a Un mundo para Julius, antes de ser acusado de haber plagiado decenas de artículos de opinión que publicó en un diario peruano.
Ya en este espacio (7-3-2012), con motivo de las acusaciones de plagio que hicieron renunciar a Sealtel Alatriste al Premio Villaurrutia y a la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM, hicimos una sintética reseña de escritores acusados de plagio (algunos de ellos injustamente). Como caso sonoro me referí al que protagonizó Alfredo Bryce Echenique, “quien se aficionó a ganar una lana extra por los artículos que firmaba en diarios de Perú. Alguien descubrió que había publicado un artículo que, viéndolo bien, parecía una copia del que él o un amigo había publicado en España: primero fue el economista Hebert Morote, luego el diplomático Oswaldo de Rivero: el laureado escritor había plagiado sus artículos periodísticos. En 2007 las acusaciones de plagio sumaban 27, “casi todos plagios textuales y 15 copias pertenecen a académicos españoles colaboradores en la revista española Jano. Desprestigio aparte, a Bryce Echenique le fue bien, ya que –en 2009– le perdonaron varios plagios y sólo le hicieron válidos 16 robos a15 escritores diferentes, y con el pago de 57 mil 258 dólares se evitó la molestia de conocer la cárcel”. A estas alturas los plagios suman 42.
No extrañan las absurdas declaraciones del palaciego Jorge Volpi, que declaró que no se puede juzgar a un escritor de novela por los textos de otro género literario que publicó en periódicos y asegura que todos los que estamos en contra de darle el Premio a Bryce somos una bola de ignorantes resentidos y peligrosos ya que tenemos la moral de los delatores y confundimos la ética con el linchamiento. Válgame Dior, dijera Gabriel Cabrera Infante…
Humberto Musacchio –en La República de las Letras, que publica El Sur– recuerda que el también peruano Julio Ortega ha sido jurado del citado Premio en ocho ocasiones, y asegura que “esta larga permanencia” como jurado ha hecho de Ortega “un dador de favores y, contra sus deseos o por ellos, un traficante de influencias. Por eso defiende las decisiones de las que resulta corresponsable, como la de que benefició con el Premio FIL a un plagiario, a un individuo  que ha faltado a la más elemental solidaridad con el gremio de escritores al que dice pertenecer”. Ortega acababa de declarar que tras la oposición a entregar el Premio a Echenique se escondían los “grupos de poder” y que,“según el criterio de quienes se quejan, no se le podría haber dado el Nobel de Literatura a André Gide, que era pederasta, o el Premio Nacional de Francia a Jean Genet, que era un delincuente, o el Cervantes a Álvaro Mutis, que estuvo preso por estafa en México. A todos ellos yo les hubiera dado sus reconocimientos, porque un hombre es muchos hombres y el escritor no es la excepción… La polémica es política”.
¿La polémica es política? “Pues fíjese que no –rezonga aquí Musacchio–, porque Gide, Genet o Mutis no han sido acusados de robar textos ajenos, en tanto que a Price Echeniquel –como ya le dicen– se le acusa de robarse textos ajenos, no una gallina, como aclaró… La insistencia de Ortega en mostrar a su protegido como un poquito embarazado, lejos de probar su inocencia lo exhibe como un raterillo que si roba artículos periodísticos también puede apropiarse indebidamente de ideas, párrafos e historias completas de otros autores”. “No era Pierre Menard sino un fullero”, puntualizó Marco Antonio Campos.
Sigilosa, vergonzantemente, jurado y organizadores de la FIL se trasladaron a Perú para entregarle el Premio a Bryce a oscuritas, creyendo que así habría menos escándalo, pero una vez más se equivocaron. Entre los que levantaron la voz, escojo a José Emilio Pacheco, quien declaró que al otorgarle el Premio a Bryce “prácticamente están retirando los derechos al escritor original” y “dando paso para avalar esa práctica”. A los siete días, Bryce declaró que quienes lo atacaban era una punta de envidiosos frustrados. “¡Que se jodan!”, maldijo el cinicote en Madrid, a donde llegó a presentar su más reciente novela. Para Soledad Loaeza (La Jornada, 8-11-12), el ¡Que se jodan! de Bryce equivale a un ¡Lero lero! dedicado a todo mundo, pero en especial al Instituto Nacional de la Defensa de la Competencia y la Propiedad Intelectual de Perú (que multó a Bryce por plagio comprobado) y desde luego “a todos los contribuyentes mexicanos que con nuestros impuestos apoyamos el premio”.
La maestra universitaria acota que “los estudiantes deben saber que copiar las ideas de otros o los resultados de una investigación de otros es hacer trampa, engañar al lector y a sí mismos; que es moralmente reprobable apropiarse del esfuerzo, de la imaginación de otros, y que plantar su firma en textos escritos por alguien más es, por lo menos, un acto de cinismo y un freno al desarrollo personal”. Copiar, abunda, atrofia la curiosidad intelectual y bloquea la imaginación, “porque el otro ya pensó, ya imaginó por mí”. Dice que la pereza del plagiario es la clave del éxito de los portales de Internet que por unos billetes hacen trabajos para estudiantes que tesis para postulantes a doctores.
En lapidario final, refiere la maestra que en abril “Pal Schmitt, presidente de Hungría, renunció porque la universidad lo despojó de un doctorado que había obtenido con una tesis plagiada, y en marzo de 2011 el secretario de defensa alemán, Karl Theodor zu Guttemberg, se separó del cargo por la misma razón. Bryce, en cambio, nos sacó la lengua”.

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