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Silvestre Pacheco León

La democracia como la
palanca de desarrollo

Aunque muchos quieren reducir el concepto democracia al simple ejercicio de participar en la elección de representantes, lo que debe rescatarse es su definición en sentido amplio para valorar la importancia que tiene la participación de hombres y mujeres en la toma de decisiones, sea para el bien de la república, del estado, del municipio, del ejido, la colonia, y de la propia familia.
No estoy hablando de la democracia participativa que hace referencia a los mecanismos que permite a los ciudadanos su participación en todo tiempo y en temas que no están limitados a lo electoral, sino en general a la toma de decisiones que afectan a la sociedad y que incluye a todos los mexicanos, y no solamente a los que han alcanzado la mayoría de edad.
Mi razonamiento tiene que ver con el concepto de democracia contenido en el artículo tercero de la Constitución que lo define como un “sistema de vida que se funda en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.
La riqueza de éste concepto está precisamente en el potencial que contiene la diversidad de pensamiento que caracteriza y define a cada persona frente a cualquier hecho relevante de su vida, sea familiar, vecinal o comunitario.
En efecto, si cada cabeza es un mundo y siempre dos cabezas piensan más que una, el valor que eso tiene es tan válido para una comunidad científica como para la familia más numerosa y alejada de la civilización. Si el conocimiento es siempre un valor social que se prueba y valida en la práctica, cuando hablamos de desarrollo, éste tiene que ver con la capacidad de una sociedad determinada para resolver sus problemas, desde los cotidianos y domésticos, hasta los más amplios y complejos.
Si en cada familia se creara y recreara el ambiente democrático para que sus miembros intervinieran, en la medida de sus capacidades físicas e intelectuales, para buscar solución a los problemas que viven, es posible que aplicando el método de discusión que implica un tratamiento democrático a los problemas, podríamos avanzar hacia la felicidad, pues aún cuando materialmente no todo estuviera al alcance de las necesidades de una familia, sería la propia discusión de los asuntos en un plano de igualdad lo que acercaría e identificaría tanto a cada uno de sus miembros, que con ello podrían mostrarse todos satisfechos sabiendo que cada quien aportó no sólo sus opiniones y propuestas, sino que asumió un compromiso, desde aquellos que fueron designados para cumplir con una encomienda, hasta quienes tendrían la tarea de vigilar su cumplimiento.
Así, con ése ejercicio democrático no habría lugar ni para la frustración y desencanto, ni para la crítica malsana.
En todo caso el problema de fondo es que en nuestro país y en la sociedad no hay una institución ni la responsabilidad del Estado para educarnos y capacitarnos sobre las ventajas que tiene el sistema de vida democrático.
Desde la familia, pasando por cada una de las instancia de toma de decisiones, sea la asamblea vecinal, ejidal o comunitaria, la sociedad de padres de familia en las escuelas, lo que domina es la cultura autoritaria y antidemocrática donde las decisiones se toman no como resultado de un procedimiento de discusión libre e informado de los interesados, sino a partir de lo limitado que es el pensamiento de quienes ocupan los cargos de decisión.
Un viejo amigo mío, impulsivo y autoritario justificaba su conducta dominante en el seno de su matrimonio explicando que carecía de sentido discutir con su pareja los problemas comunes, “de que nos equivoquemos dos a que se equivoque uno, mejor me equivoco yo”–decía.
Sin embargo, todos los de su entorno veíamos que su esposa era capaz de resolver cada día el milagro de la comida con ideas tan avanzadas que seguramente no se limitaban a temas como el ahorro y la nutrición, pero lo que la limitaba para participar y aportar en otros temas era la formación autoritaria del marido y quizá la propia educación de recato y sometimiento que ella misma había recibido.
Si convenimos en que la educación y formación democráticas constituyen la herramienta básica no sólo para mejorar la calidad de la relación entre hombres y mujeres de un país, sino la plataforma para su desarrollo y el alcance de la felicidad, el principal gran obstáculo para acceder a esos grandes beneficios es que no existe ninguna institución del Estado que promueva ésta que constituye la gran estrategia para el cambio.
Salvo el artículo tercero de la Constitución que establece la democracia como uno de los criterios que deben orientar a la educación, el Estado ha dejado en los partidos políticos la responsabilidad de la educación democrática, estableciendo como uno de los fines de los ahora llamados institutos políticos “promover la participación del pueblo en la vida democrática” en el artículo 41.
Y aunque podríamos convenir en que los partidos políticos constituyen el destacamento más avanzado de la cultura cívica en nuestro país, no son precisamente el ejemplo de la vida democrática, y menos cuando recurren a las encuestas como el método preferido para la elección de candidatos en lugar de privilegiar la discusión sobre el mejor perfil que demandan las transformaciones del país.
Ni siquiera el Instituto Federal Electoral tiene amplias facultades para la educación cívica y la promoción de una cultura democrática, pues en el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales se le confiere apenas la responsabilidad de promover la participación ciudadana para el ejercicio del derecho al sufragio y en realidad hace poco y marginal con sus programas de educación cívica.
Por eso ante la carencia de una institución dedicada a promover la educación democrática nos encontramos con experiencias tan deprimentes como la de los parlamentos infantiles, en los que desde niños los futuros ciudadanos y quizá diputados aprenden a decir discursos grandilocuentes pero sin sustancia, desacostumbrándolos a razonar y argumentar a punta de retórica.
Así como se ha vuelto de compleja la vida en la sociedad global, con cambios tan vertiginosos que ni siquiera quienes van a la universidad se adaptan con facilidad, es urgente adoptar a la educación democrática como una necesidad apremiante, pues ahora esa responsabilidad social ha recaído en las organizaciones de la sociedad civil, las que en el mejor de los casos educan para formar ciudadanía, pero no para sembrar la semilla democrática en el seno de las familias.
Claro que si pensamos en la democracia como un sistema de vida eso implica congruencia, como la del atleta exitoso que es capaz de sobresalir en sus pruebas porque su entrenamiento y hábitos alimenticios, disciplina y compromiso no son asuntos de temporada, sino de toda su vida.
Enseñar en las familias el método democrático de la discusión explicando que ésta debe darse en un plano de igualdad entre sus miembros, que implica compromiso el cumplimiento de acuerdos, que lo importante de la discusión es descubrir colectivamente la mejor idea que vaya a la raíz del problema, con los medios que la familia tenga a su alcance, eso se llama desarrollo sostenible.

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