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Jesús Mendoza Zaragoza

El factor social de la violencia

Mucho se ha señalado ya en torno a las omisiones y complicidades de las autoridades como factor decisivo de la violencia que sigue estremeciendo al país. Se ha dicho que en la medida en que no cumplen con las funciones que la ley les asigna, le ponen más fuego a la violencia. En el ámbito federal, ha concluido un sexenio en medio de sombras y comienza otro sin grandes expectativas porque la violencia es un fenómeno sistémico que está inscrita en la forma de hacer política sea cual sea el partido que gobierne. Los ámbitos estatales y municipales están plagados de estas omisiones y complicidades que están afectando de manera directa a la gente. Una consecuencia de esto es que las autoridades se han estado convirtiendo en un sector vulnerable ante la violencia que genera el crimen organizado.
Pero es obligado asomarse al ámbito de la sociedad para percatarnos de que también hay grandes omisiones y complicidades que han favorecido a las organizaciones criminales. La sociedad no es inocente. De hecho, no puede tenderse una clara línea divisora entre la sociedad y el gobierno, pues se entrecruzan y se afectan mutuamente. Es más, hay una correspondencia entre ciudadanos y gobernantes, pues a tales ciudadanos corresponden tales gobernantes y viceversa.
Si acusamos a los gobernantes de que no han estado a la altura de sus responsabilidades políticas, lo mismo tenemos que decir de la sociedad en general aunque, hay que aclarar, en muy diverso grado. Si se buscara medir la responsabilidad de las autoridades, resultaría monumental si se le compara con la responsabilidad de los ciudadanos, por el solo hecho de su ubicación social y política.
Si de complicidades hablamos, hay que reconocer que las tenemos. Ante autoridades corruptas, los ciudadanos asumimos el comodino papel de comparsas. Aceptamos y nos prestamos a los sobornos porque suelen ofrecer alguna ventaja legal o económica. Los ciudadanos hemos cultivado un consenso social ante la corrupción, que ha llegado a tener un estatus de aceptable. Dice la gente en torno a autoridades corruptas: ‘Está bien que roben, pero que no roben tanto’, o también, ‘Ya robaron mucho, ahora que dejen robar a otros’.
Por otra parte, hay una amplia complicidad originada en los beneficios económicos del crimen organizado. Un significativo sector de la sociedad está siendo beneficiada por esa economía negra que ha construido el crimen organizado. Hay una industria de las drogas, del secuestro, de las extorsiones, de la trata de personas, del cobro de piso, del contrabando de mercancías piratas y de otras formas criminales de acumulación de dinero que beneficia a muchas familias y hasta a pueblos enteros. Las familias de sicarios, halcones, narcomenudistas y traficantes reciben beneficios económicos que les hace vivir en una situación de dependencia de esa economía negra y de complicidad con la violencia que se genera para lograr dichos beneficios.
Pero si de omisiones hablamos, creo que son aún mayores. Padecemos, de hecho, de una ciudadanía omisa o, más bien, de una ciudadanía discapacitada. La apatía crónica que padece la mayoría de los ciudadanos se remueve solo en ocasiones muy excepcionales y de forma anómala, muchas veces. En la pasada contienda electoral muchos ciudadanos se movilizaron para votar y después del voto se desmovilizaron. Otros se movilizaron simplemente para vender el voto. Otros más ni se movilizaron en esa ocasión. La participación ciudadana ha sido reducida a su mínima expresión.
Hay una masiva omisión relacionada con derechos y obligaciones ciudadanas. Muy fácilmente se renuncia al ejercicio de los derechos civiles y políticos o se renuncia también a la exigencia de los derechos económicos, sociales y culturales. Y tratándose de obligaciones, hay mucha experiencia para evadir su cumplimiento, como es el caso del pago de los impuestos.
Desde hace unos años, diversos actores sociales han convocado a los ciudadanos a manifestarse en repudio a la violencia y en exigencia de justicia y de paz, sobre todo para las víctimas de la violencia. Se han dado movilizaciones fugaces, algunas multitudinarias, pero fugaces. Quienes se organizan para actuar más allá de las movilizaciones en un esfuerzo sostenido contra la violencia, son unos pocos que con mucho heroísmo realizan tareas específicas que buscan contribuir a la disminución de la violencia o a ayudar a las víctimas de la violencia.
Por otra parte, se nota una amplia pasividad social en torno al tema de la construcción de la paz de manera estable y permanente, generando cambios personales, en las relaciones y en las instituciones, cambios que nos conviertan en constructores de paz en la vida cotidiana. De hecho, hay resistencia a reconocer que somos generadores de violencia de muchas formas, desde las violencias verbales, físicas, psicológicas, económicas, y otras más contra las mujeres, los niños o, simplemente, contra los más débiles. Muchos ciudadanos se han acostumbrado a la violencia como algo normal y se han establecido en situaciones de violencia y no están dispuestos a remover mentalidades, actitudes y conductas como condiciones para que cambien las cosas.
Lo más cómodo es invocar al miedo y a la inseguridad para omitir las responsabilidades ciudadanas. Nos acostumbramos a callar y a dejar que la violencia arrase con lo que encuentra y nos resignamos a vivir en un cómodo papel de víctimas de la inseguridad, renunciando a convertirnos en personas responsables y dignas que contribuyen con lo poco o con lo mucho que pueden para construir un entorno más justo y pacífico. La pasividad espantosa de amplios sectores de la sociedad que solo logra sacudirse temporalmente en tiempos de emergencias, hay que decirlo, es un factor de la violencia que padecemos.
Unas minorías son las que logran sacudirse el sopor de la pereza y de la apatía. Luchan denodadamente por despertar a los demás de seculares letargos que han sido funcionales con el sistema político autoritario que, después de una docena de años de alternancia, está entero. Esas minorías de la sociedad civil que han logrado una organización y han irrumpido en los escenarios sociales, representan una salida digna que busca desvincularse de omisiones y complicidades para asumir la responsabilidad ciudadana en torno a la construcción de la paz.
Mientras tanto, no se podrá avanzar en el camino hacia la paz cuando la sociedad como tal no asuma su responsabilidad, vinculada a la responsabilidad de las autoridades. Estas no van a dejar sus omisiones y complicidades mientras la sociedad no las empuje. Por ello, mientras los ciudadanos le sigan haciendo a la víctima y se conformen con desahogos verbales que suelen ser violentos, no hay salida que valga. Es preciso dejar de ser cómplices y omisos para obligar a los gobiernos a hacer otro tanto. Así saldríamos del círculo vicioso que nos hace funcionales al sistema político que apuntala a un modelo económico generador de violencia que sigue pesando demasiado.

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