José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Y no es que Pepe no apriete*
Se lo había dicho a la maestra Glafira, antes de que fuera su mujer, poco después de conocerse:
–Mi problema es el baile, cuando me encuentro bailando yo me siento a todo dar.
Glafira se alegró, cojeamos del mismo pie, bailamos digo. También era su peor defecto. Por qué tu peor defecto, No sé, dijo ella, Cómo que no sabes suspiró él dándole un jalón de cintura de esos que hasta a las cumbias más movidas vuelve valsecitos del alma, y Bueno, yo te lo voy a decir, yo te lo voy a decir, dijo ella con la confianza que le daba Pepe y su antebrazo ceñidor, sucede que la música me gusta demasiado, Y eso qué, dijo Pepe, Nada importante, masculló ella, sólo sé que, desde los dedos gordos de mis piecitos hasta la punta de todos mis pelos, mi cuerpo luego luego sabe qué pieza le está gustando…
Lo mismo opinaban sus caderas, sus nalgas cuadrilongas, duras y suavecitas, la cadencia aparentemente despreocupada con que sus chichis se reintegraban a la música después de un giro lindo y fantasioso, Si hay un paso que no sepas, dijo ella, al final de una balada ranchera, Tú no te preocupes, tú nomás déjate llevar, suéltate tantito y yo te llevo, para eso soy maestra. Retirada, pero maestra.
Tú eres la música, ansiaba confesar él, pero las luces se apagaron y alguno de los dos dijo Lo bueno es que los dos sabemos lo que nos gusta, y desde entonces no se volvieron a separar ni para ir al baño.
Al otro día, en el hotel, Glafira encendió el radio y regresó a la cama, pasito tun tun.
Méteme la rodilla despacio, como que me zarandeas el pecho desde la garganta hasta… el vientre, como que me enseñas la lengüita sabrosa que tienes. Bailaron otro rato. Aprendió a resbalarle la rodilla bajo la pierna levantada, a dar a ciertas figuras conocidas –digamos populares– algo especial, a sacarle la barbilla de la clavícula cuando parecía ahogarse en plena melodía y, claro, a hundírsela de nuevo, en cuanto recuperaba la respiración, una y otra vez, una y otra vez dijera la Sonora Margarita, aun después de que el disco se hubo terminado. Juntos, sus cuerpos eran una especie de templo del ritmo, un altar del baile.
Los dos eran mexicanos y a los dos les gustaba la batahola y el sucumbeo. Visto así, eran la pareja más chingona del planeta. ¿No crees que nos falta conocernos más?, preguntó Pepe y No, respondió ella, el problema es que ya nos conocemos demasiado. Nunca será demasiado, yo nunca en la vida había zapateado así. Sea como sea papito lo único que no quiero es que me dejes bailando sola. Pepe le apretó las nalgas y se perdieron en la noche como en un cartel de tango.
Pepe le contó a su mamá lo bonito que se llevaban en la pista y la mamá le dijo Mira chamaco si le aguantaste el ritmo toda la noche y la mitad del día a esta maestra retirada es que ya estás maduro para cualquier fiesta, y entre las dos fijaron la fecha de la boda.
El hecho de que se iban a casar a los siete días de haberse conocido sonó más que un hit de Radio Centro en la colonia. Se repartieron invitaciones, vendrían los parientes de Tejupilco y los de Zacatecas, su mamá contrató a La Luz Roja de San Marcos y a Los Malandrines de la colonia Álamos, malas lenguas dicen que los seis días anteriores al casorio oficial no pararon, que no salían del California Dancing Club y demás hoteles de baile, Y a ustedes qué les importa, rezongaba su mamá, Déjenlos que bailen ora que pueden, es bueno que los que van a vivir juntos y a soportarse para toda la recochina vida empiecen a conocerse bien… los pasos.
Él consintió en portar el saco pachuco con que se casó su difunto suegro, siempre y cuando no tuviera que quitarse la guayabera estampada ni los estoperoles. La novia agarró la onda y rasuró el pectoral del vestido de novia de su mamá a modo de blusa, y del blanco y elegante tul quedó una esponjada y alegre faldita de rumbera. Eso sí, la maestra retirada se dejó, por atrás, el moño enorme y la larguísima cola de novia…
Antes de que salieran de la iglesia, Los Malandrines empezaron a tocar una de Celia Cruz, esa de Quee la viida es uuna dulzura-aaaá, opacando el Ave María que una mezzosoprano insistía en cantar acompañada del órgano de la parroquia, que dijeron era del siglo diecinueve. Ay ayay ayaay, así, al grito de nunca de la vida no te has quejar, porque la vida es una dulzura-á…!, contagiando su rítmica alegría a cuantos los veían pasar, novios e invitados arribaron al salón de fiestas, a cuadra y media de la iglesia, entre dianas, felicitaciones, palabras del padrino, chorros de brindis y pastel. El ramo de la novia le tocó a una de sus tías segundas que vinieron de Zacatecas. Luego se multiplicaron los abrazos y los choques de copas que daba gusto, Pepe, cierto, humedeciéndose apenas el cogote con el Chambrulé o el tequila con que lo sorprendían en cada mesa, Glafira empinándose los caballitos de a deveras, ¡Arriba los novios!, gritaba cada cuatro o cinco pasos, …¡Arriba!, …al centro …¡y adentro!, les contestaban los invitados, hasta que a Glafira se le subieron los tragos y le pidió a su galán que la invitara a bailar y a la mitad de un danzón a gogloteos le dijo que por favor la llevara a sentarse, a estas alturas de la relación Pepe ya sabía lo que Gla intentaba decirle, aunque se lo planteara en un trabalenguas.
Con ayuda de su suegra, la recostó en una hilera de sillas replegables. Un rato, mientras le acariciaba las rodillas a Glafira, no oyó la música… En sus senos dormidos. Hasta en la respiración de borracha fatigada llevaba el ritmo, su mujer. Su maestra. La enseñanza previa fue intensa, era justo que descansara un poco.
¡Te están hablando, zonzo!, gritó sobre las entradas de su frente la mamá de Glafira, ¡es la tía Paloma María, primahermana de mi marido que en paz descanse!…; como él se tardaba en responder, ¡La que se sacó el ramo de la novia!, recalcó la propia tía Paloma, haciendo topar su frente con la suya y enseñándole, de paso, el escote (como quien dice descotado): Qué dices, querido sobrino…, ¿bailas?, dijo la tía Paloma María, él titubeó, miró a Glafira a modo de devoción sincera que no es capaz de ofrecer una disculpa, pero su suegra dijo ¡Cómo que no, cómo que no, nuerito querido, Pepucho del carajo: Ella es la tía Paloma que vino a la boda desde Zacatecas y no vas a decirle que no, tu mujer está dormida pero yo te doy permiso de que le enseñes a Palo un poco de lo sabes hacer en la pista! –aunque él ya estaba convencido, había empezado otro chachachá, ese de bodeguero, qué sucede, por qué tan contento está, para su edad la tía resultaba demasiado atractiva pero lo que le cayó bien es que aún conservara en las manos el ramo de novia, eso lo ganó ¡y que le sale la sonrisa!: primero, un tanto torpe, hacia los pechos, luego de frente a la cara solícita de la tía, y, en cuanto pisaron el centro de la pista y la tomó de la cintura, sintió la vibra de una bailarina especial y tremenda. La tía Palo se desplazaba bien y, como además se pasaba de buena, llamaron la atención y las demás parejas les empezaron a dejar espacio. Dos o tres chachachás, otro modo de electroplasmarnos con lo que –primitiva e insuficientemente– llamamos música, no cabe duda que cada cadera propone un movimiento nuevo, de una balada de José José a un manoteo musical de Miguel Bosé las luces parpadearon y se olvidaron de ellos, la tía Paloma acercó sus labios de carmín (y en forma de corazón, como la Blondy de los videos) a los suyos, en un claroscuro de luces juguetón el disyoquer metió un tango archilento y ella interpuso entre sus pechos el ramo de novia y le preguntó si no le parecía demasiada coincidencia. Francamente no veo la coincidencia, tía, dijo Pepe; Porque no quieres: yo me saqué el ramo de tu mujer y, por si no te has dado cuenta, tus estoperoles están que arden… y apenas empezamos a conocernos. Pero usté es casada, tía Blondy, tía Palo, Y qué, ¿Y qué?, Sí: ¡y qué!…: tú y yo somos bailarines independientes, ¿no te has fijado, sobrinito querido, que con un solo tango adormilón ya nos estamos restregando hasta el karma?, Siii-í, usted baila muy bien, tiene usté muy ligeras y muy… bonitas rodillas, pero usté es casada, y su marido es mi tío, el tío Walter, de Zacatecas, ¿no es cierto?, y está usté algo tomada y Fue un placer, iba a decir, pero le salió Es un gusto y ya no pudo evitar el impulso de acariciarle los pechos semidesnudos y –aun quietos– bamboleantes, si algo tiene un tango es muslos a plenitud y qué decir de esas armonías tensas, prolongadas y, a su modo, salvajes, con que sin transición las sensaciones pasan de la dureza del mármol al relajamiento de unas nalgas firmes, pero mullidas y más suaves que la tela que dis que las cubre, Es un placer, suspiró, no sin dolor, desde un rincón del alma, Pepe, Pero usté es mi tía y está casada, su marido es mi tío y, es más, orita mismo lo estoy viendo, a su marido, al tío Walter, allá en su mesa, y creo que se está parando…, ¡Déjalo que se pare!, la ciática no lo va a dejar llegar hasta aquí y además él fue testigo de que solitito el ramo de novia vino a mí…, así que el parapléjico me consiente y me deja bailar ora que me conseguí ramo y pareja, o ¡que se atenga a las consecuencias!, y tras un paso de doble jalón y tres giros al frente, Pepe y Paloma María hicieron del tango una lambada lenta, apasionada y artística.
Al tío Walter, que estaba atento, le debió haber parecido una escena exagerada, porque ya no estaba en su lugar ni en las escaleras de arriba, seguro ya se había encabronado y dejado venir a la pista, de pronto hay unos gritos, la mayoría de los focos del salón chisporrotean hasta apagarse, después le contaron que antes de que pudiera acercarse a la pista de baile alguien le trabó pie al tío Walter y que desde el suelo el tío soltó tres o cuatro balazos locos. Es posible que las cosas se aclaren después, para eso hay tantos testigos. En su desconcierto, los invitados gritan y tiran vasos y botellas, el ruido es tremendo, pero muy nítidamente distingue los palabrones que su suegra le está espetando a la tía Palo mientras la jalonea de los cabellos, A ti te dije que bailaras con ella, no que vinieras a cogértela, le reprocha a Pepe, y en efecto, en ese momento sonaron cuatro o cinco balazos, las luces se encendieron y se apagaron y todo mundo se quedó agachado y en silencio.
Cuarenta y tantos heridos están en el hospital bajo custodia policiaca, en calidad de testigos o indiciados. Pepe salió libre junto con un puñado de vecinos, después de declarar. Las únicas presas eran Glafira y su mamá.
–Y ¿qué declaraste, papa?
–Pues la verdad. Que soy un ciudadano común y corriente al que le gusta el baile; que estaba bailando y no me di cuenta de nada.
–Digo a la tía Paloma. Qué le dijiste.
–No me dejó hablar.
–¿Te gustó su… estilo?
–¿La verdad, la verdad? Bueno. Con todo respeto, tía, no cabe duda que tiene usté unos huesitos muy ligeros y sabrosos, pero pues yo ya tengo mi maestra de baile.
En las mejillas de Glafira parpadeó algo parecido a una chispa.
–…Pues tú ya me has enseñado varios ricos pasitos… –dijo, levantando, al fin, los ojos. Bajó la mano para tocarle la rodilla a Pepe, pero a mitad del intento le entró un fuerte dolor de huesos, y desistió. Cruda, presa por las rejas y los escalofríos.
–Por cierto, el único muerto fue tu tío Walter.
–Menos mal, respondió Gaflira estirando el cuello.
Después de un rato, él estuvo de acuerdo. La tia Palo se ganó el ramo de novia, creyó en él y se salió con la suya. No va a tardarse en encontrar el bailarín de su vida.
En vez de platicarle lo que sentía al verla ahí, tan cerca y tan lejos, dijo: ¿sabes qué?, no me dejaron pasar ni una cerveza. Pero ya estoy más repuesta, contestó ella como adivinándole el pensamiento, con trabajos lograba controlar la tremolina y poner las manos sobre las suyas, a través de los barrotes, el guardia había tosido como avisando se acabó la visita y ella apuró la caricia que había empezado abajo, con la rodilla, voy, entre las rodillas de Pepe, por la vereda tropical, sudando gordo pero evidentemente más repuesta, la noche plena de quietud, el alma loca de ansiedad…
–¿Sabes qué quiero pedirte de luna de miel, en cuanto salga?…, dijo ella en un maullido de gatita tierna y sabia.
–Qué, suspiró Pepe.
–Quiero una copa de champaña, pero bien fría…
–No estaría mal…
–¡Y qué tal un vals!…
–¡Lo que tú quieras!…, concedió él, alargando las manos para ceñirle las caderas, de pronto esponjaditas y altivas. Todo en el mundo era ritmo. Si desplazara las manos de las caderas a la cintura, se movería el universo y sus estrellas. ¿Para qué apretar?…
Después de todo, ya que ella estuvo libre, ¿quién se iba a acordar de valses y champañas?… Terminaron curándose la cruda con unas cervezas de bote, en una pista de paso de la colonia.
* Relato leído en la Unidad Académica de Filosofía y Letras de la UAG, durante la 2ª. Edición de La manifestación del cuerpo a través del arte.




