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Silvestre Pacheco León

La oscuridad

Recuerdo que en mi niñez los vecinos de mi pueblo se juntaban todas la noches en las esquinas de las calles del centro para sus pláticas y juegos aprovechando la escasa luz del alumbrado público.
Eran pocas las casas con energía eléctrica entonces, y menos las que contaban con una radio. Sobraban los dedos de una mano para contar los lugares donde había una rockola que divulgaba la música de moda, y una sola empresa de cine ambulante que anunciaba las películas con bocina y amplificador desde donde se escuchaban las canciones de la Sonora Santanera, cuando la incomparable Sonia López era su vocalista.
En realidad el servicio de luz eléctrica es reciente en Quechultenango, a pesar de que la hidroeléctrica de Colotlipa está a unos cuantos kilómetros de mi pueblo, que es la cabecera municipal.
De manera que si agregamos el hecho de que mi familia vive en la orilla del poblado, con el río de por medio, se entenderá que había verdaderas dificultades para hacer llegar ése servicio que se ha vuelto tan indispensable para la vida en el lugar más alejado.
Todavía en los primeros años de la década de los sesenta Quechultenango registraba uno de los más altos índices de muerte provocada por acuchillamiento. El médico que investigó ése dato descubrió también que la pérdida de vidas que llamó su atención tenía su origen en la oscuridad.
En la oscuridad de la noche y bajo los influjos del alcohol muchos de mis paisanos tenían como deporte acuchillarse entre sí durante cualquier encuentro a la vuelta de la esquina. Caminaban pegados a la pared empuñando el verduguillo en la diestra extendida, mientras a manera de escudo usaban el grueso gabán envolviendo su mano izquierda.
Dicen que en las mañanas de los días sin luna ya no era sorpresa encontrar los difuntos desangrados, y quizá los sorprendidos fueran sólo los hechores, al saber el nombre de sus víctimas que acuchillaban en la oscuridad.
El médico que descubrió en las estadísticas del estado tan llamativos hechos en Quechultenango, cuenta que entre las cosas que llamaron su atención cuando conoció el pueblo haciendo su servicio social, era el grueso gabán en la indumentaria de muchos señores, sin que el clima lo ameritara.
Los picaderos que ahorra llaman antros, donde abundaba el mezcal, el amargo y el alcohol, eran entonces el principal lugar de esparcimiento para los adultos.
La tía Liachi, que así le llamaban de cariño o en confianza a doña Eleazar, tenía su negocio de mezcal a unos cuantos pasos del centro. Entre sus clientes había borrachos consuetudinarios memorables.
Ubedías, mejor conocido como la Zopilota, se contaba entre sus clientes asiduos. Era de cuidado encontrárselo alcoholizado, pero no por agresivo, sino porque le daba por abrazar y mostrarse cariñoso.
Don Chicoterito el otro personaje entre los borrachos, bajaba los domingos al pueblo desde Achixca, donde vivía. Siempre descalzo pero vestido de calzón y cotón de manta limpísimos, con su morral terciado, era hombre de pelea cuando tomaba, y si no encontraba contrincante, peleaba con él mismo. Siempre terminaba derrotado, tirado en cualquier parte dormido de borracho. Después, sobrio, sucio y sin dinero retornaba a su pueblo, sólo, como había llegado.
Con la luz eléctrica las cosas cambiaron. El índice de muertos por acuchillamiento bajó drásticamente, y hasta los gabanes dejaron de usarse. Recuerdo haber visto algún ejemplar de los verduguillos usados por los paseadores de entonces, filoso por ambos lados, que medía como medio metro de largo.
En mi casa las noches sin luna eran deveras pesadas, y más en época de lluvias porque la oscuridad lo inundaba todo y entonces el patio era un lodazal con olor a mangos podridos.
Apenas oscurecía nos alumbrábamos con una lámpara de petróleo, mientras muy juntos los hermanos platicábamos de los espantos, esos seres indefinibles que cada quien se imaginaba a su modo y de acuerdo al tamaño de su  miedo.
Sólo los rezos acostumbrados antes de dormir nos prevenían de las pesadillas. Nos acostábamos pronto y en la absoluta oscuridad, escuchando las gotas de la lluvia resbalando por las hojas de los mangos hasta caer en el suelo formando charcos.
El tío Sidonio que era el vecino más cercano, tenía un viejo radio de pilas y en torno al aparato nos juntábamos todas las noches para oír las radionovelas. Por él supimos la historia de Chucho el Roto, el ladrón enamorado, y Kalimán. A veces escuchábamos la narración de alguna pelea de box y así conocimos  a los campeones, José Becerra, Alimí, y Mantequilla Nápoles.
En el tiempo de secas las noches oscuras eran más llevaderas. No había lodo y se oía correr el agua por la acequia, en medio del callejón para regar las huertas de las casas.
Para pasar el río ya no era menester quitarse los pantalones ni preciso mojarse los pies porque había tepanole.
Si a uno se le hacía noche en la calle sabía que corriendo sin detenerse un segundo podía cruzar el río por el tepanole, sin voltear hacia la poza de abajo, donde era sabido que las tlantatayotas, esos seres imaginarios nacidos del canto del agua, se juntaban para espantar.
Más tarde, si obligados por la cita con la novia se nos hacía noche en la calle, mis primos y yo sabíamos que contábamos con el apoyo de la tía Altagracia que vivía en la última casa del pueblo, antes del río. Invariablemente la encontrábamos apostada en su puerta, a bordo de calle, junto al árbol de parota. Nunca lo dijo pero es seguro que llevaba la cuenta de quiénes y cuántos de sus sobrinos andaban de callejeros, mientras ella se sentía obligada a cuidarnos con el valor de su presencia mientras cruzábamos el río.
Una noche a mi primo Chalo se le hizo tarde en la calle. Era casi media noche y caminaba nervioso rumbo al río. Cuando miró a mi tía Altagracia en la puerta de su casa descansó aliviado. Después de saludarla quiso advertirle de su miedo. Totalmente fuera de lugar por la hora le preguntó a la tía que de cariño le decíamos “Gacha”.
–¿Que no va para la casa, tía?
–No mij’ito, pero de aquí te veo.
Dicho lo cual mi primo pegó veloz carrera cruzando el río por el tepanole. Cuando se sintió a salvo, casi frente a su casa le gritó a mi tía agradecido.
Y es que el paso del río era de una oscuridad total porque salvo el tepanole cuyas piedras uno podía intuir dónde estaban, río arriba un gran árbol de parota que juntaba sus ramas con varios guamúchiles hacían lo que se llama un bosque da galería, tan oscuro como una gruta de murciélagos. Hacia abajo, el río se encallejonaba hasta hacer un recodo que se perdía en la negrura de la oscuridad.
El lecho del río terminaba junto a una cueva formada por las raíces de un guamúchil descubiertas por la creciente. En esa cueva que quedaba a la derecha del callejón por el que subíamos hasta nuestras casas un día apareció un hombre, un vagabundo, un  joven, alto y fuerte, con el pelo cortado al ras, vistiendo casaca de militar.
Se quedó viviendo en la cueva mientras en el pueblo se tejían historias de su presencia. Por las noches nadie quería encontrárselo a pesar de que, inofensivo, durante el día  mi tío Chico lo ocupaba acarreando piedras del río.
De aquellas noches oscuras y de lluvia el mayor recuerdo que guardo es el gran susto que se llevaron mis hermanos. Oscurecía cuando la plática se ocupaba de la aparición de los extraterrestres Marcianos. Como la mayoría de mis hermanos estaban sentados dando la espalda a la entrada de la casa, sólo el mayor de ellos podía ver a la distancia lo que sucedía en el callejón que desembocaba al pie de la loma.
No era su imaginación y tampoco un invento, lo que realmente veía eran dos figuras casi humanas que avanzaban aluzando sobre sus cabezas. La descripción de mi hermano que al principio quiso ser broma se convirtió en llanto porque se asemejaba a lo que imaginamos que eran los extraterrestres que llegaban a invadirnos. Y más cuando vimos que del camino real traspasaban la puerta del patio sin hacer ningún ruido, directo a la casa.
Atraída por el llanto y el ladrido de los perros mi madre salió de la cocina sólo para contagiarse del susto colectivo cuando vio la aparición de los extraños. Instintivamente se puso frente a todos y gritó amenazadora:
–¿Quienes son? ¡Que quieren!
Hasta entonces, ya casi en la puerta respondió mi tío Procopio.
Venía con uno de sus hijos para pedir asilo porque no pudieron pasar el río crecido.
Aunque ya no llovía, ninguno de los dos se había quitado su capote. La luz que se veía sobre sus cabezas era de una lámpara de minero para alumbrarse en el camino.
En medio de la oscuridad cada quien miró con los ojos de la imaginación lo que quería.

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