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Federico Vite

Los textos reunidos en Liquidaciones (Tierra Adentro, 2012) son artefactos esenciales para comprender la mitología que Eduardo Sabugal se propuso edificar explotando al máximo la polisemia de la palabra “Liquidar”.
Son cuentos pues de lo que aquí hablamos; seis para ser exacto: Vino, Pulque, Té, Leche, Café y Whisky. Unidades narrativas que apuestan por el enramaje de historias en las que descubro parejas heterosexuales que fracasan rotundamente, se comunican a medias, se les hace agua la convivencia entre humanos.
Las atmósferas de este documento recrean paisajes de encierro, aunque los cuentos tengan ventanas –por decirlo de esa manera– hacia la intemperie. Sabugal recurre, en los seis cuentos, a la musicalidad de su prosa para encadenar oraciones largas que densifican o extienden la progresión dramática de cada conflicto. De tal manera que el lector se sienta frente a un palimpsesto (descubre pues las pistas de la trama, pero con una disposición espacio temporal en la hoja que nos recuerda el hecho de jalar la atarraya, no importa el hilo que jales: todo el conjunto saldrá a flote al final y se propiciará el cedazo de una emoción) y este lector notará escarceos temporales en los cuentos (verbos en pasado y presente, voces que cambian el eje narrativo e intrigan, invitan a saber qué sigue), pero lo esencial son los conflictos de cada unidad narrativa, que en Liquidaciones llamaremos encontronazos de personajes que parecen ir ribeteados por la orfandad (Whisky), el desarraigo (Té), la injusticia social (Café) o el homicidio por imprudencia (Leche).
Sabugal traza en 88 páginas los contrapuntos semánticos de liquidar –en cada una de las historias es patente la apuesta por ciertas acepciones de “hacer agua”– pero esas frases largas de las que hablo apelan a la polifonía de la prosa de intensidades –que enarboló en los 90 Alberto Ruy-Sánchez para mostrar el follaje de la ciudad mítica de Mogador, quizá su único logro como novelista. Pero enfatizo que en Liquidaciones no hay una pobreza de tensión dramática, como en la obra de Ruy-Sánchez, ni creo que Sabugal asfixie sus tramas con la barra cromática de la prosa utilizada en este documento. El autor logra grandes imágenes con las herramientas literarias que posee: monólogos internos, flashbacks y flashforwards, cambios verbales y esencialmente motivos literarios definidos para que cada uno de sus personajes llegue al tempo y con el suspense necesarios a la cita con los conflictos y la resolución de cada uno de esos dramas humanos. Digo que Sabugal propicia en cada cuento símbolos de un universo personal, situaciones que buscan el goce estético (visual y eufónicamente) de quien cuenta las historias, narradores que se mueven en una especie de dolly circular para alejarse y acercarse psicológicamente a las personas que el autor edificó a golpe de teclado y reflexión seria. Crea un coro de narradores que van desde la primera, segunda y tercera personas del singular. Monta escenarios de épicas sentimentales, o de autoconocimiento; líricas que se apoyan atrevidamente en la pasión vivencial (morder un pezón, huir de la opresiva vida cotidiana, escapar al encuentro de la familia, protagonizar homicidios accidentales y prefabricados). Urde las exploraciones de los personajes con abundantes matices y relieves en su prosa para ofrecernos las distintas versiones de una cosmogonía de la liquidación.
¿Pero cuál es el efecto que busca el cuentista en Liquidaciones? Tomo algunas palabras de Allan Poe para referir que sólo quien planea la emoción del lector se enfrasca directamente en requerimientos esenciales para ofrecer lo mejor de un cuento: brevedad, concisión y claridad en la historia. ¿Recetas? No, no creo que haya recetas y Sabugal tomó como efecto la epifanía semántica pues. Se ciñe al lenguaje para dialogar con lapsos bien definidos en geografías y emociones específicas que van de la mano con los nombres de los cuentos. Entonces, Sabugal busca el efecto del cuerpo líquido en el papel: abrir cauces, perforar materias, llenar huecos con fluidez narrativa. Presenta como universos cerrados, con una lógica interna indiscutible, cada uno de los seis textos.
Sabugal atiende a la perfección en Café y en Leche un aspecto esencial del narrador: no sólo se trata de imaginar una acción simple, sino recrearla con detenimiento suficiente para que la fábula se construya, frase por frase, en un evento de organicidad propia que emociona al lector. Se trata de pulsar los detonantes para que otro humano se reconozca en una situación eventual e irrepetible.
Lo extraño es reconocer que en cada una de las tragedias personales de este libro hay un regocijo cómplice, una forma de guiñar conjuntamente el ojo (entre autor y lector) para compartir el asunto de la liquidación. El autor perfila desde los arranques de sus cuentos la intención de cada texto para hablarle de humanos a los humanos y por qué esta especie hace agua consigo misma, propone pues una ley de fluidos atractiva para el goce de la reflexión. Liquidaciones es un argumento a favor de la exuberancia vital del lenguaje, es un libro con el que Sabugal muestra sus armas.

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