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José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* De casa de Meza Andraca a Museo “José Juárez”

Estaba Mario Moreno Arcos en su primera gestión municipal cuando aquí mismo en El Sur dediqué una página al recuerdo del ingeniero Manuel Meza Andraca y a lo poco que se sabía sobre el destino que iba a tener su casa de Zapata 21, ubicada en en el centro de Chilpancingo. Platicando con Eric Ventura Jurado salió a colación la casa del ingeniero Manuel Meza Andraca, en cuyo testamento supuestamente habría una cláusula en que destinaba el inmueble de Zapata para que funcionara como casa de cultura al servicio de los chilpancingueños. Así lo hice constar, junto a opinión de otras personas que conocieron a Meza Andraca cuando éste estaba retirado del trabajo y la grilla pero en el jugo de su sabiduría y de sus relaciones sociales y solía ofrecer a invitados y aún a los no tan invitados, el más cordial de los tratos. “La casa de Meza Andraca” era una referencia citadina porque –con su portón de madera a través del cual se vislumbraba su jardincito descuidado y su fuente sin agua, sus altas y gruesas paredes de adobe pintada con colores “mexicanos” (blanco y siena tirando a tabaco, azul celeste o añil)– nos remitían al posible estilo que alguna vez tuvieron las casas de este pueblo preferido por San Andrés. En el corredor estaba la vitrina de las figuras prehispánicas, el silloncete de ladrillos (con minicolchoncito de espuma), y algunos libreros con vitrina. Al fondo, la cocina. Adentro, los cuartos estaban relacionados por puertas sin hojas ni cortinas y en ellos había muebles antiguos, pinturas de artistas archirenombrados, más libros y unos judas de cartón enormes de esos que le encantaban a Diego Rivera. Murió el ingeniero y los chilpancingueños seguíamos dando como referencia la casa de Meza Andraca y a partir de ahí nos quedábamos platicando chingonerías del ingeniero y uno que otro chisme también.
Se decía que la albacea era Dolores Olmedo, la joven guapa y pícara que de modelo de Diego Rivera y gracias a Carlos Hank González se volvió constructora y se pasó a ser dueña de gran parte de las obras del pintor (y de Frida) y exitosa comerciante de arte. Según mis fuentes, después de la muerte del ingeniero doña Dolores había comprado la parte posterior a Zapata 21, el terreno que da a la avenida Guerrero y donde durante buen tiempo operó una central de Teléfonos de México y “hasta hace poco” había un salón de belleza. Cuando la localicé, la dueña del salón me aseguró que entre la casa de Juárez y el edificio de la avenida Guerrero habían abierto una puerta, por la que cada mes alguien pasaba a cobrarle la renta. Sólo en una ocasión vio por ahí a Dolores Olmedo, de quien se asegura que de vez en cuando venía a Chilpancingo a supervisar lo que se consideraban sus propiedades.
Al poco tiempo de publicar esto, la prensa difundió un boletín municipal: la casa que fue de Manuel Meza Andraca había pasado a formar parte del patrimonio cultural de Chilpancingo. En la foto, saludándose, el alcalde Mario Moreno Arcos y José Juárez.
Así quedó la cosa con Mario Moreno, que pronto entregó la presidencia municipal a Héctor Astudillo Flores, con quien ya no volvió a saberse nada de la casa. Hasta que, al poco de haber entrado en funciones, el extinto rector Ascencio Villegas Arrizón salió con la batea de que la dichosa casa de Meza Andraca, “por designio de José Juárez” (para nada se mencionaba al ingeniero), ya era parte de la Universidad Autónoma de Guerrero. Sería un centro cultural al servicio de los universitarios. A todo dar, dijo uno. Es parecido a lo que quería el ingeniero, repetimos con incierto entusiasmo, ya que supuestamente el recipiendario testamental y natural de la herencia cultural de don Manuel es el Ayuntamiento, en representación de los ciudadanos chilpancingueños. Nos preguntamos: ¿cómo se dio el convenio entre el Ayuntamiento de Moreno Arcos y José Juárez y qué pasó luego con Astudillo? ¿Cómo fue la casa a parar en manos de la UAG, cuya burocrática dirección de cultura tiene siglos de no preservar, ni promover ni difundir la cultura ya no digamos en la sociedad sino siquiera entre los propios universitarios? Una versión indica que los alcaldes priístas rechazan lo que huela a cultura, otra asegura que Juárez pidió una mochada al Ayuntamiento. Al firmar la cesión del inmueble, el rector informó que la directora del nuevo centro cultural sería María de los Ángeles Manzano, quien reparte su tiempo laboral entre la Unidad Académica de Filosofía y Letras, la escuela de Artes y el nuevo Museo, y quien acababa de renunciar a su trabajo ejecutivo en el Instituto Guerrerense de la Cultura.
La semana pasada se anunció la apertura del Centro Cultural José Juárez, en cuya programa, por cierto, no se incluye nada especialmente dedicado a la vida y obra de Meza Andraca. El hecho mismo de que la Universidad imponga el nombre de José Juárez y no el de Meza Andraca al centro cultural procreó opiniones adversas entre los chilpancingueños y fuertes reclamos en diversos medios de comunicación. En una carta lapidaria y desolladora (La Crónica, 5-dic-2012), Andrés Rojas Espinoza –presidente de la Asociación Nacional Contra la Corrupción (Ancocor)–, José Luis González Mesa, José Puente, Juan Sánchez Andraca, Manuel S. Leyva, Armando Rivera Reguera, Armando Carmona, Javier Ruiz Ocampo –cronista de Taxco–, Jesús Carranza y Hugo Zúñiga Guzmán advierten que la UAG “comete un agravio en contra de la cultura y el respeto al verdadero dueño de la casa donde piensan erigir el nombre de un oportunista oaxaqueño llamado José Juárez”.
Alegan que “durante muchos años (el ingeniero) se dedicó al arte, la cultura y el periodismo logrando enriquecer su colección privada de pintura” con obras de Diego Rivera, Tina Modotti, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y pintores europeos del siglo XV al XVIII, incluyendo “piezas prehispánicas, biombos, tibores y monedas antiguas”. Por si hubiera duda, especifican que Juan Sánchez Andraca, “sobrino de don Manuel, conserva la lista original de las obras mencionadas, las que sospechosamente desaparecieron cuando José Juárez ‘tomó posesión’ de la casa, haciéndose pasar como hijo adoptivo del ingeniero, cuando en realidad era un asistente” del mismo.
Y es que José Juárez era un personaje legendario, de cuya existencia los habitantes de Chilpamaconcingo llegamos a dudar. Yo sí llegué a escuchar lo de hijo adoptivo, mucho menos que lo de hijastro, que es más ambiguo, aunque no tanto como eso de “asistente”, como lo adjetivan los firmantes de la carta.

La repentina fama de un tal José Juárez

En 1988, al gobernador José Francisco Ruiz Massieu se le ocurrió multiplicar los premios civiles del estado de Guerrero (para multiplicar virtualmente los logros de su administración y premiarse a sí mismo) y, con eso de que le gustaba romper récords, en la primera entrada se tiró un jonrón de casa completa: premió al ingeniero Meza Andraca (o le puso su nombre a un premio), a Dolores Olmedo (por su bendita bondad de haber prestado 71 obras de Diego Rivera y 25 de Frida Khalo para ser expuestas en Acapulco) y, de pilón, a un tal José Juárez (JJ), pintor acapulqueño (los de la carta dicen que es oaxaqueño) estudiado en París. En la presentación del folleto de 48 páginas titulado: Fantasía poética de José Juárez, editado por la Dirección de la Unidad de Servicios Culturales del Centro Internacional Acapulco, la titular Maricela Ruiz Massieu informa que a partir de entonces una galería del Centro Internacional Acapulco se llamará Dolores Olmedo e informa que, con las obras de Frida y Diego, se exponen las de José Juárez, cuya pintura –apunta– “está clasificada dentro del movimiento Nueva Figuración”, supuestamente integrado por pintores franceses en los años sesenta “en contra (d)el llamado movimiento hiperrealista norteamericano”. Para nuestra sorpresa, asegura que JJ “estima que en su pintura la idea fundamental es que el artista es quien debe dar una explicación razonada y no el crítico de arte, pues éste puede desvirtuarla”. La frase que sigue puede descontrolar a cualquiera: “Juárez es un colorista natural que ha logrado, lo que es una osadía para quien no posee el arte, la nitidez en la yuxtaposición de colores primarios”. No constituye un silogismo, pero para mí que aquí el osado ignorante viene resultando el disque elogiado pintor. Insiste doña Maricela en llamarlo acapulqueño y termina afirmando que la exposición pictórica de JJ “es un llamado al movimiento cultural de los artistas guerrerenses”, y, aunque es obvio que todo el desplegado de talentos condecorados quedaba en familia, que el premio otorgado a JJ constituye “un llamado” de la “plural, democrática y popular” nueva política cultural del gobierno que encabezaba su hermano José Francisco.
Conocí al pintor en La Cobacha de Chilpancingo, y en el ocasional y rápido intercambio de palabras que tuvimos en cuanto pudo dejó vislumbrar al que cambió la pintura por el estudio del arte y la psicología humana, y a los 73 años se olvidó de emplear susencantos “con la mayor soberanía y con la más imprevisible extensión de los imperios de la poesía”, como lo vio Jean Cassou, en el prólogo del citado folleto de pintura, y lo primero que hizo fue presumir sus lecturas de Lacan. ¡Un artista especializado en psicoanálisis! ¡Por Froid!
De las pocas pinturas que vienen en el folleto, me gusta una: Reflejo. El artista José Juárez la pintó a los cuarenta o cuarentaiún años. Las demás parecen imitarla: el esbozo de una figura humana (o partes de) en un contexto abstracto, en una pista de colores contrastantes y difuminados con los que, según Maricela Ruiz Massieu, “trata de dar mayores mensajes al espectador de las que éste aprecia de primera intención”, con lo que quizá la crítica de arte intente decirnos que tenemos que ver las pinturas muchas veces antes de hacernos una opinión sobre ellas.

Las acusaciones contra Juárez

Ángel Aguirre Rivero era gobernador interino y su prima María de los Ángeles Manzano Añorve directora del Instituto Guerrerense de la Cultura. Cuando –por cosas que no vienen al caso– Aguirre sustituyó a su prima Gela por el escritor Juan Sánchez Andraca, vimos el primer encontrón en el área de la cultura en el estado, de pronto declarada arena política. Hoy, Juan firma la carta en que se denuncia que “la Universidad es engañada, una vez más, por advenedizos y traficantes del arte y la cultura capaces de preparar todo un escenario para obtener un beneficio económico sin importarles que todavía hay memoria y dignidad”, y pide esclarecer “las triquiñuelas legaloides que hicieron para suplantar el nombre del auténtico dueño de la casa por un museo cuyo nombre (sic) es un don nadie para el pasado, presente y futuro de la cultura en México”.
Los firmantes acusan a Blanca Jiménez, delegada del Centro INAH en Guerrero, de apoyar el proyecto de inversión por “culto a la personalidad”, ya que “omitió investigar o adjudicarse de información con los verdaderos herederos de la casa del ingeniero Manuel Meza Andraca”. “Los verdaderos herederos”, dicen.
Tras suponer que “este acto de negligencia” debe ser considerado por el gobierno de Enrique Peña Nieto, “para evitar la simulación y la corrupción”, los firmantes dicen a su destinatario, el rector de la Universidad, Alberto Salgado, que “no puede ser cómplice de una estafa al pueblo” y enseguida le hacen una serie de preguntas picudas: ¿Sabe quién es José Juárez? ¿Cómo fueron los trámites –de algunos funcionarios de la UAG y el INAH para vilipendiar el nombre de don Manuel Meza Andraca por el de José Juárez? ¿Acaso no sabe que este oaxaqueño que robó obras de arte tiene una demanda judicial interpuesta por los hijos de la señora Dolores Olmedo?
La última pregunta, ¿(sabe) en qué condiciones murió el ingeniero Manuel Meza Andraca?, es sencilla y tan ambigua que sugiere las primeras páginas de una novela policiaca.
Por último, convocan “a que se investigue y se verifiquen las firmas que fueron falsificadas para aparentar una auténtica posesión a un don nadie que jamás tuvo el suficiente dinero y menos el abolengo para ser merecedor de esta herencia cultural… para que indignamente lleve el nombre de Museo José Juárez”. Les faltó decir que el inmueble no estaba destinado para ser Museo, sino casa de cultura municipal.
Y bueno, ya dimos aquí algunos datos de ese pintor “desconocido” llamado JJ, quien en la inauguración del Museo que lleva su nombre (El Sur, 8-dic-2012) declaró que cuando le propuso al ingeniero Meza que la casa llevara su nombre éste le respondió “que él (JJ) era el artista y debía ser el famoso, que la propiedad en Zapata 21 era su casa y podía hacer con ella lo que quisiera”.
No sabemos en qué sentido culpan a la directora del INAH, ni en qué condiciones murió el ingeniero, ni si estas acusaciones tendrán un destino legal, ni muchas cosas. ¿Por qué JJ no muestra el testamento del ingeniero y se acaba el chisme?
Si es que se acaba. Las declaraciones de JJ no abonan ya no a la humildad sino al sinsentido de realidad, no van a ponerle calor humano o al menos a desinhibir sus obras, ni a darle fama de artista: ya es “el famoso”, pero por disque regalar una casa que no era de él y en la que nunca vivió, y por irrespetuoso con su protector. El canto de las sirenas agradecidas le llenaron el oído a don José, y en vez de regresar a Chilpancingo como hijo pródigo y gran artista terminó siendo el payaso traidor de la película.

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