Tlachinollan
Identidad indómita: las raíces de nuestra rebeldía
Centro de derechos humanos de la Montaña, Tlachinollan
Hoy que los poderosos le ponen precio a la silla presidencial y deciden imponer al que protegerá y cuidará mejor sus intereses económicos, los pueblos indígenas y campesinos mantienen viva su fuerza y su identidad para defender sus derechos y luchar contra los usurpadores del poder. Hoy, a lo largo y ancho de nuestro estado constatamos cómo los excluidos son los nuevos protagonistas del cambio. Son los desposeídos que tienen la fuerza y la autoridad para desenmascarar las tropelías y las mentiras de gobiernos que lucran con la pobreza y se apropian del patrimonio nacional.
A pesar de las adversidades sociales y los fraudes electorales, los pueblos no se arredran. Están acostumbrados a caminar siempre cuesta arriba; a trabajar colectivamente en el tiempo largo; a sembrar los saberes para que los cultiven y cosechen las generaciones futuras. No esperan que el pan les caiga del cielo ni que en cada sexenio vivan esperanzados en recibir al mesías de los partidos políticos. Más que entes pasivos y subordinados, los pueblos originarios son forjadores de un modelo civilizatorio basado en la comunalidad. En sus orígenes están las raíces de una identidad indómita que se moldea en el trabajo duro y pesado del tlacolol. En estos surcos está el temple y el carácter de hombres y mujeres amorosos de su entorno, inspirados siempre por las voces míticas de sus antepasados.
Su radicalidad se nutre de esa identidad que está profundamente amarrada a sus raíces. Su ser primigenio es lo que le sigue dando vida a nuestro estado, porque la esencia de la vida comunitaria es eminentemente plural, multiforme, como la diversidad que impera en la Costa-Montaña. En este enclave existe el pluriverso y no el universo, porque la cosmovisión de los pueblos se nutre de la geografía agreste, y nada tiene que ver con la cosmología impuesta por los filósofos grecolatinos, que se asumieron como los intelectuales del poder, los que justificaron la esclavitud, la explotación, el racismo, la asimilación cultural y el aniquilamiento físico.
El mundo multicolor de los pueblos de la lluvia, del fuego y del maíz, que está plagado de magia y poesía, es también un mundo insumiso que se niega a sucumbir ante los gobiernos colonizadores. Las banderas de la rebeldía siguen ondeando en las cimas de la Montaña, entre los jaguares y las deidades del agua. En los altares de San Marcos pervive la memoria milenaria de una civilización mesoamericana, que de la resistencia pasó a la clandestinidad, para mantener viva la cosmogonía de culturas que tienen como matriz primigenia a la comunidad y el territorio, como un binomio inseparable que le dan razón de ser a los pueblos de la Montaña.
En este paisaje arisco habitan hombres y mujeres, que al igual que los Yopes, han luchado toda su vida para no dejarse someter por los conquistadores. Los hablantes del castilla siempre han sido personas que no son de fiar, porque en todo trabajo buscan sacar ventaja. Los mismos mestizos se definen como la gente de razón, para descalificar de entrada a la población indígena y toda su riqueza cultural y lingüistica. Los perciben y tratan como irracionales, silvestres, ingenuos y manipulables. Es el arquetipo del buen salvaje, que los gobiernos colonizadores sienten que están llamados a redimirlos, a domesticarlos y civilizarlos. Por eso actúan impunemente imponiéndoles un sistema de justicia que los condena a vivir de rodillas. Promueven a cualquier costo social un sistema educativo monoétnico que los expolia y los prepara para ser parias del gran capital. También los hace víctimas de religiones extranjerizantes, quienes forman parte del bloque ideológico hegemónico que justifican el status quo y se empecinan en hablarles del más allá y nada del más acá. Buscan salvarlos de la condenación eterna y de que su alma no se vaya al infierno pero permiten que los gobiernos los condenen a vivir en la miseria y en el pantano de la violencia y la inseguridad. Venden la democracia electoral como el producto más preciado del mercado capitalista, donde los vendedores y ganadores de estas empresas son los partidos políticos y sus gerentes mafiosos que son capaces de mover toda la maquinaria del fraude para comprar la elección presidencial y lograr que las autoridades electorales la califiquen como válida.
Lo que llegó de occidente es ahora la desgracia de los pueblos mesoamericanos. La occidentalización de las sociedades indígenas no ha sido otra cosa que la destrucción de un mundo esplendoroso. De la negación de un modo de ser y de estar en los territorios comunales y sagrados. Se ha prohibido a los pueblos ejercer sus derechos y no son reconocidos como sujetos de derecho, son simples objetos de interés público, que tienen la posibilidad de ser tratados con conmiseración.
Ante esta ruindad de los gobiernos depredadores los me’phaa, na savi y nahuas se vieron obligados a refugiarse en las Montañas, para no ser sometidos ni aniquilados. Esta resistencia y esta desconfianza siguen presentes entre los pobladores, porque de fondo nada ha cambiado. Los gobiernos de ahora usan las leyes para dividir a los pueblos; para fragmentar sus territorios, para doblegarlos y criminalizarlos. Usan al ejército y a las corporaciones policiacas, para impedir su organización independiente y para sofocar cualquier indicio de rebelión. En todo momento justifican los crímenes cometidos por los militares como las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales, las torturas, las masacres, las violaciones sexuales y la ocupación de sus territorios. Las autoridades civiles están supeditadas al poder militar, no investigan los crímenes del Ejército y más bien se empeñan en protegerlos, vilipendiando a las víctimas.
En Guerrero, las mujeres han logrado romper el muro de la impunidad y se han colocado como las grandes defensoras. Son los emblemas de la dignidad, por su fuerza inquebrantable, su valor y tenacidad. Los ejemplos de Inés Fernández y Valentina Rosendo, quienes se han transformado en un referente internacional por la lucha incansable que han dado, nos enseñaron el camino de la justicia más allá de las fronteras nacionales. Ellas con sus palabras sencillas y verdaderas vencieron al Estado mexicano en la Corte Interamericana y lo obligaron a reconocer públicamente su responsabilidad.
Las grandes luchas de las mujeres guerrerenses como Tita Radilla, Celsa Valdovinos, Margarita Martín de las Nieves, Guadalupe Castro, Eva Alarcón, Victoria Bautista y Coral Rojas son sumamente aleccionadoras. Sus historias condensan la tragedia de quienes han entregado todo para desterrar a los gobiernos gangsteriles y corruptos. Todas ellos junto con campesinos y campesinas opositoras a la presa La Parota, la Policía Comunitaria, las comunidades indígenas opositoras a la creación de la reserva de la biosfera, la lucha magisterial contra la privatización de la educación. Los pueblos indígenas que se organizan contra la entrada de las mineras y que defienden sus recursos naturales; los campesinos ecologistas y los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, representan en este momento de crisis de gobernabilidad, símbolos de una identidad indómita. Son ejemplos que empoderan a una sociedad pujante, crítica y deseosa de justicia.
Para los defensores y defensoras de los derechos humanos de Guerrero es un gran privilegio tener como fuentes de inspiración a mujeres sencillas que han dado todo por la causa de la justicia. Hablar de Tita Radilla es remitirnos a la gesta heroica de hombres y mujeres guerrerenses que enfrentaron a gobiernos represores, con el sueño de acabar con el sistema autoritario y construir desde los cimientos un régimen democrático. Este sueño quedó trunco por la acción brutal del Ejército que arrasó comunidades y se especializó en detener, torturar y desaparecer a los luchadores sociales. Entre los centenares de víctimas de desaparecidos se encuentra Rosendo Radilla, padre de Tita, quien fue un luchador social que en sus corridos denunció las atrocidades del régimen y se solidarizó con la insurgencia armada.
A 38 años de distancia Tita sigue encarando al gobierno para exigir la presentación de su padre. Su tenacidad y su amor profundo por la justicia iluminan estos senderos oscuros e intricados por donde han caminado desde hace diez años Inés Fernández y Valentina Rosendo. Ellas como mujeres del pueblo me’ phaa tuvieron la fuerza y el valor para salir de sus casas y bajar a las oficinas del gobierno para denunciar la infamia cometida por los militares. El sufrimiento y el dolor reprimidos formaron parte de la experiencia más traumática que las obligó a entrar en contacto con las autoridades mestizas, quienes siempre trivializaron y denigraron sus testimonios.
Tita, Inés y Valentina llegaron a la Corte Interamericana para decir su verdad y desenmascarar la mentira y el desdén gubernamental. Sus palabras honorables les han otorgado la autoridad moral que las coloca por encima de quienes dicen representar a la sociedad y encargarse de la justicia.
Tita, Inés y Valentina nos han enseñado a luchar con tesón y sin aspavientos, a trabajar desde la periferia y en la penumbra imprimiéndole coraje, pasión y valor a sus luchas. En esta línea de fuego vemos a Guadalupe Castro y a Margarita Martín de las Nieves, viudas de Raúl Lucas y Manuel Ponce. En este mismo lugar se encuentran Victoria Bautista y Coral Rojas, hijas de Marcial Bautista y Eva Alarcón. Ellas no solo han perdido a sus seres queridos, sino que son también víctimas de amenazas, por atreverse a interponer las denuncias y reivindicar la lucha memorable de sus familiares.
Es un orgullo saber que en la Costa Grande, en la Costa Chica y en la Montaña existen mujeres con un espíritu inquebrantable. Profundamente amorosas y fieles a la causa de los derechos humanos. Incansables en su lucha y dispuestas a dar todo por alcanzar la verdad y la justicia.
Estas y otras reflexiones forman parte del contenido de nuestra agenda 2013. Son historias que han escrito hombres y mujeres excluidos por este sistema decrépito que acusa a quienes sueñan para que florezca la justicia en las regiones donde los fusiles y las tanquetas habitan para silenciar a las voces que se han levantado contra los gobiernos caciquiles y arrogantes.




