Cierra el ciclo teatral Ola Nueva con dos obras que muestran nuevas tendencias
Aurélie Daly
El último día del Sexto Ciclo Teatral Ola Nueva ofreció dos piezas, modernas y originales, ayer en el Teatro Domingo Soler.
Producto farmacéutico para imbéciles cuenta la historia de un guardia de museo que se convierte en artista. Del éxito a la desesperación, está a merced de un crítico que juega con él hasta reducirlo a la nada y empujarlo a ahorcarse.
“¿Qué es lo que ven, cuando nadie ni nada lo ve de vuelta?” se pregunta el artista a lo largo de la obra. ¿Qué es el arte? se podría decir. ¿Quién decide de lo que es o no es arte? ¿El curador? ¿El crítico?
En su genial locura inspiradora, el gran artista, Catalino Risperdal explica su fascinación por los excrementos de perros en las banquetas y las formas extrañas que adoptan. A partir de esta obsesión empieza a disponer objetos minúsculos a lado de estos productos caninos y la gente se pone a hablar de él, quiere descubrir la identidad del artista y así nace su fama.
En un escenario singular donde el público hace parte de la obra, no solamente por cuestiones de disposición del espacio en el que están sentados los espectadores al mismo nivel que los actores sino porque participan en la obra, permiten que exista. Más, ¿son la condición necesaria y suficiente para que haya obra, obra de teatro u obra plástica? Es precisamente la pregunta que uno se hace al estar dentro de la actuación por lo que se confunden los papeles y se pierde la noción del espacio escenográfico. ¿Estoy en el escenario o el actor está entre los espectadores? ¿Estoy viendo una exposición plástica o una pieza de teatro?
Delimitado por un cuadro de líneas blancas, la obra del artista se exhibe a los ojos de los espectadores, sentados alrededor, unos frente a otros. En su manía resurgente de ex guardia de museo, el artista se obsesiona al pedir a la gente quedarse fuera de las líneas y callarse. Se siente prepotente por su nuevo papel y se exclama orgullosamente “¡yo soy un artista!”
En un discurso complejo y salpicado de cultismos, el crítico de arte demuestra al público todo el genio del artista y en cuanto este piso polvoroso representa una obra maestra, antes de cambiar repentinamente de opinión, declarar que es puro vacío, polvo en un piso.
Devorado por la desesperación, el gran artista decide acabar con su vida y ahorcarse, por lo que rechaza al público, lo quiere fuera de la sala. Observado por toda la gente en espera del acto fatal, su ánimo frente a la muerte va despareciendo poco a poco y huye corriendo. “¡Mejor una copa!”
Actuación, risas y reacciones de los actores y del público se entremezclaron a tal punto que desapareció el límite clásico del teatro tradicional a la italiana y el público, lejos de ser pasivo como de costumbre se volvió parte integrante de la obra.
De la plática que siguió a la representación, los actores, la autora del texto, Véronica Bujeiro, la directora, Eleonora Luna y la crítica de teatro Vera Milarka, destacaron el tema de la confusión de los papeles y de la descentralización de los actores en el espacio.
La autora de la pieza explicó que su texto nació de la indignación al visitar museos de arte contemporáneo sin saber exactamente si lo que estaba viendo era arte.
Es una crítica fuerte en contra del carácter arbitrario del arte y sobre todo de los curadores que tienen el poder de conferir a una creación el estatus de obra de arte y el de manipular el discurso a su conveniencia. Mencionó que en Europa para decir “curadores”, usan la palabra “comisarios” lo que deja imaginar lo presuntuosos que son.
“El movimiento no existe, es una ilusión”, son las primeras palabras de la obra, robadas a la doctrina eleática de Parménides según la cual no hay movimiento porque la unidad del ser impide la deducción del devenir y de la multiplicidad.
La puesta en escena Monster truck transita entre el teatro y la ópera
Basada en un hecho real ocurrido en 2008, en el que una elefanta de circo escapó y murió atropellada por un camión de pasajeros, la segunda pieza, Monster truck que conoció un gran éxito en el Distrito Federal y fue invitada en varios lugares de la República, trasciende poéticamente la colisión material causando la muerte de la elefanta y del chofer en un choque amoroso. Reflexión sobre el concepto filosófico de accidente, la obra nos pone a deducir la necesidad de los choques en la vida. “La vida humana comienza con el choque entre un óvulo y un espermatozoide y a partir de ese momento todo lo que transcurre son choques. Somos un accidente esperando suceder.”
Medio teatro, medio ópera, la obra está definida como una “Ópera vial” en la que se mezclan las voces de los tres personajes, el humano, el chofer de camión, Ángel Luna; el animal, la elefanta, Denise de Ramery y el motor del camión, Rojo Córdoba.
Entre ópera, beat box y spoken word, el escritor y director de la obra se enfocó en el trabajo de la voz y redujo al mínimo los movimientos corporales porque consideró que las tragedias más terribles no se contaban, se cantaban. Eligió a los actores por sus capacidades vocales y para lograrlo realizaron un trabajo de investigación en cuanto a la sicología de su personaje.
Denise de Ramery explicó que al leer el guión vio de inmediato el potencial poético del papel de la elefanta y se preguntó “¿Qué pensaría una elefanta? Sentí todas las frustraciones de este animal, esclavizado y maltratado que de repente puede escaparse y al momento de probar la libertad muere atropellado. Representa la propia ansia de libertad de los humanos”, declaró.
“Fue un reto para mí acercarme al alma de la máquina”, explicó Rojo Córdoba, el motor del camión. “Los otros dos papeles eran bien definidos pero el mío implicó un trabajo completo sobre la mentalidad de la voz”.
“Se dice del teatro que es un trabajo contigo, con tus experiencias. El personaje del chofer es completamente humano, tiene una mujer y una hija que abandonó. Actuar cantando, en una misma línea lleva una energía muy fuerte, muy intensa por lo que siempre acabamos agotados. Para mí actuar esta obra representó un cambio muy importante. Cambié de manera de ver el escenario”, explicó Ángel Luna.
A un espectador que decía conocer los trabajos de Richard Viqueira le preguntó por qué se había focalizado en la voz en esta obra, por lo que le contestó el director: “Quería saber hasta dónde la voz podía transmitir emociones, por eso reduje el movimiento a su mínima expresión. Por ejemplo, en México nos comunicamos a veces con un silbido, es muy significativa la sobrevaloración de la palabra y del sonido antes que el movimiento”.
Al final, los artistas recibieron un reconocimiento por parte del Instituto Guerrerense de la Cultura por su participación en esta sexta edición del ciclo teatral.




