Silvestre Pacheco León
Del campo a la ciudad
Silvestre Pacheco León
A pesar de los recuerdos felices que tengo del campo, había algo que no me satisfacía del todo porque en la primera oportunidad que tuve pude dejar mi vida de campesino sin ningún remordimiento.
Recuerdo que aparte de las limitadas y escasas opciones para estudiar en mi pueblo, la idea de mejorar nuestras condiciones de vida exigía salir a la ciudad tratando de compatibilizar el estudio con el trabajo, porque ni los campesinos más acomodados estaban en posibilidad de costear los gastos de sus hijos como estudiantes de tiempo completo.
El gran salto del campo a la ciudad por parte de mi familia se inició muy al principio de la década de los 70. Ahora sé que coincidió con el agotamiento del llamado modelo de desarrollo estabilizador que siguió nuestro país como productor exportador de materias primas para el desarrollo de la industria.
Mi hermana mayor tuvo que sacrificarse por nosotros, dedicándose exclusivamente a trabajar para ayudar en el estudio al resto de la familia.
Un año después de probar suerte en la ciudad de México mi hermana Salomé aprovechó una oferta de trabajo que ofrecía su patrón para llevarse a mi hermano mayor con empleo asegurado en una tienda de muebles.
Mi hermana se quedó a vivir en la ciudad donde hizo su vida y tuvo a su familia. Ella recuerda que el día que salió del pueblo lo hizo con el deseo de ayudar a la economía familiar pero sin ánimo de querer regresar pronto, para olvidarse de tanta pobreza y necesidad.
Mi hermana recuerda bien hasta cómo iba vestida y que en el tepanole tuvo un traspiés al cruzar el río, cayéndose al agua, lo que la obligó a regresarse a la casa para cambiarse su vestido blanco empapado.
La mano solidaria tendida a mi hermana para buscar suerte en la ciudad fue de la prima Galdina de mi mamá. Ella vivía ya en la ciudad de México con sus hermanos que se fueron a radicar a la villa de Coyoacán. El tío Beto tenía su casa en la calle Espíritu Santo y su hermano Diego en Heliotropo, en el barrio del Niño Jesús.
Así como mi hermana Salomé tendió la mano a Lorenzo, Manuel y Estela. El primero pensó en mí. Ya después, entre todos, nos llevamos al resto. Todos con la misma aspiración de trabajar y estudiar.
Yo estudiaba el primer año de secundaria en Quechultenango cuando conocí la ciudad de México. Mi hermano mayor me llevó de vacaciones en septiembre del 68, un mes antes de la matanza de estudiantes.
En mi primer viaje a la ciudad de México visité Chapultepec, el estadio Azteca y una sala de cine acompañando a mi hermana al estreno de la película Cuando tu no estás, del cantante español de moda, Raphael.
Al año siguiente tuve la oportunidad de regresar para quedarme a trabajar porque había la noticia de que se abrirían puestos de trabajo en la Cervecería Modelo, donde un primo mío que había dejado la carrera del sacerdocio ayudaba a cuanto paisano lo buscaba para trabajar, aprovechándose de su puesto en el comité sindical de la empresa.
Durante mis años de secundaria en Quechultenango yo era asiduo visitante de la biblioteca inaugurada en el Centro de Bienestar Social Rural donde se podía leer la revista Siempre y a veces el periódico Excélsior, que en esos años era el único progresista.
Por sus artículos en la revista Siempre, conocí a grandes escritores e intelectuales como Francisco Martínez de la Vega, José Alvarado, Fernando Benítez, Renato Leduc; políticos como Heberto Castillo y a dirigentes sindicales como Othón Salazar, Rafael Galván y Demetrio Vallejo.
Recuerdo lo anterior porque años después, en la plaza de Coyoacán conocí y saludé al ingeniero Heberto Castillo y al dirigente ferrocarrilero Demetrio Vallejo uniéndome a ellos en su objetivo de formar el Partido Mexicano de los Trabajadores.
Mientras conseguía acomodo en la escuela secundaria José María Fabregat de Xochimilco para cursar el tercer año, uno de los vecinos me llevó a trabajar a la gasolinera ubicada en la esquina de la calle Vallarta y Avenida Hidalgo, en el centro de Coyoacán como despachador, ganando como salario sólo lo que los clientes daban de propina.
De los años que vivimos en Coyoacán recuerdo las tardes apacibles alteradas por el silbido con el que la fábrica de papel anunciaba el cambio de turno en su planta, ubicada a espaldas de la iglesia de la Conchita.
Algunas veces fui el responsable de llevar la canasta con merienda a mi tío Alberto Castro, quien hasta su jubilación fue el portero de esa fábrica que cerró hace años.
Por cierto que mi tío Alberto se casó con la tía Micaela, una mujer del pueblo de Tultepec, en el estado de México, a quien a veces acompañaba para cargarle el mandado que hacía en las bodegas de la Merced.
Durante muchos años el tío Alberto, hombre alto y delgado en extremo quien vestía siempre su overol de trabajo y su inseparable sombrero de fieltro, fue el responsable de organizar anualmente el viaje masivo de nuestros paisanos para las vacaciones de Semana Santa. Rentaba un camión en el pueblo de su esposa y viajábamos hasta Quechultenango rebasando siempre el límite legal de los asientos.
Los familiares de la esposa de mi tío Beto fueron los que innovaron en Quechultenango los juegos pirotécnicos para las fiestas patronales con sus grandes castillos armados con una estructura de madera.
En aquellos años era relativamente fácil conseguir empleo en la ciudad y el salario mínimo permitía al jefe de familia garantizar la vivienda, la salud, la educación y la recreación de sus miembros.
Después las nuevas generaciones nacieron y crecieron sin conocer épocas de paz y bonanza. La crisis permanente en la que vivimos se agudizó porque la educación ha creado nuevos ciudadanos demandantes de más derechos y servicios que los gobiernos han sido incapaces de atender con un modelo nuevo de desarrollo.
En nuestra conversión de personas rurales en urbanas, conocimos las costumbres de la ciudad, la solidaridad de sus habitantes, y padecimos también sus males.
Entre nuestros familiares que primero emparentaron con personas de la capital y que después facilitaron la llegada de otros paisanos dándoles alojo y consejos debo mencionar a mi tía Dolores, casada con mi tío Juan, un hombre alto y fornido, güero y bonachón, que criaba conejos y gallinas en su casa.
Unos de mis primos cuyo papá es hermano de mi tía Dolores platican entre sus anécdotas de pueblerinos estudiantes acosados por el hambre, aquella vez en la que uno de ellos fue sorprendido por mi tío cuando se llevaba del nido de las gallinas el huevo recién puesto que le serviría como almuerzo.
Acostumbrados en el pueblo al peculiar cacareo de las gallinas cuando han terminado de poner su huevo, mi primo estaba al asalto del producto de la gallina. Lo tomó con la mano, calientito y rosado. Así lo llevaba en el puño, más contento que precavido cuando de repente se encontró con el tío Juan. La sorpresa del encuentro delató a mi primo, quien sintiéndose descubierto en el hurto se comportó como si por arte de magia el huevo se hubiera posado en su mano, de manera que haciéndose el sorprendido, solamente acertó a decirle a mi tío: ¡Mire tío, un huevo!
El hecho no se les olvida porque ése día tuvieron que ayunar y con la pena de que a raíz del frustrado robo mis tíos harían cuentas de los huevos faltantes.
Entre los males había que lidiar con las pandillas de jóvenes malvivientes que se adueñaban de la vida de las personas en los barrios y colonias.
En el barrio del Niño Jesús nos fue relativamente bien porque la unidad y solidaridad de los paisanos se impuso al clima agresivo y violento de la pandilla de El Gato, el personaje que lideraba a un grupo de jóvenes inclinados al robo y la bebida.
A pesar de algunas peleas que se generaron a raíz de la disputa de los amores de las muchachas bonitas del barrio por parte de algunos de mis paisanos, nunca pasó de golpes y persecuciones. A la postre nos favoreció la suerte, se impuso el número y la fama de los provincianos sobre los malandrines.
Una tarde, precisamente al cruzar el parque de la Conchita, cuando los pandilleros de ése barrio a punto estaban de asaltarme apareció, quien sabe de dónde, un señor que con violencia salió en mi defensa haciendo correr a los asaltantes.
En otra ocasión cuando por disputa de amores un primo mío era acosado por los pandilleros del Niño Jesús que lo amenazaban, llegó un paisano aficionado a las armas que venía huyendo del pueblo, quien sin esperarse a conocer de fondo el origen del pleito, quiso quedar bien con mi primo yendo a balacear a su propia madriguera a sus enemigos. Entre la incredulidad por el exceso de la osadía y el susto por los disparos los pandilleros decidieron entonces pactar la paz permitiendo la conquista de las muchachas guapas de la capital por mis paisanos.




