Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Dejan turistas nacionales la playa para divertirse en la alberca del parque Papagayo

Salvador Serna

 

 

Ambientados bajo los compases de la melodía Don´t Stop Believing, del grupo estadunidense Journey, que suena en una vieja radiograbadora, turistas nacionales dan rienda suelta a la alegría y diversión en la alberca del parque Papagayo, que tras horas de uso ya no luce tan azul.

Para salir de la rutina de arena, mar y sol, que incluye a vendedores ambulantes, los defeños sacan el ingenio y se echan al agua patos en la alberca del Papagayo y, si se descuida el policía, pues también de las fuentes saltarinas que confunden con regaderas públicas.

“Vamos a hacer bucitos”, le dice un niño a otro y empieza la sumergidera bajo la mirada de la abuela, la madre y el padre.

Otros chavitos no hacen caso a la peculiar invitación, sabedores de que el agua de riñón va incluida.

Completamente a tope la alberca del Papagayo, no cabe ni un alma más y la chiquillada no hace uso del baño para sacar el frío, porque jugando con agua calientita es mucho más rápido y mejor.

 

A cazar patos

 

Pero la diversión no termina allí. Una jauría de patos desbalagados hacen de las suyas en los principales andadores y caminos del parque, a unos 10 metros de la laguna verde donde está el encallado el barco.

Van caminando los patos con su singular cadereo, cuando a unos adolescentes turistas se les ocurre perseguirlos. Los patos en principio ni los pelan. Se quedan parados como esperando a que se les pase el fulgor a los jóvenes. Sin embargo viene el problema cuando el chavo quiere agarrar al pato y viene el chillido, la desplumadera y la corretiza.

De inmediato el vigilante se percata y le llama la atención a los dos jóvenes turistas que sólo atinan a decir que se querían sacar la foto del recuerdo.

El vigilante les contesta que el pato no es fotogénico y que en todo caso se vayan con los tucanes. Total que siempre están encerrados y tragando plátanos que le avienta la gente que va pasando.

 

En los juegos para niños

 

Con alberca llena y patos enlagunados, otros turistas prefieren irse a la segura a disfrutar de los viejos columpios, resbaladillas y aros de metal del parquecito dentro del parque.

Los niños más pequeños disfrutan a tope la diversión que da el columpiarse y resbalarse, regalando la impresión de que lo mejor que da la vida siempre es gratis. Los más grandes de inmediato denotan el aburrimiento y prefieren sentarse en la banca a esperar a que sus mini parientes se cansen y decidan irse a otra sección del parque.

 

A patinar porque el mundo se va acabar

 

Es el grito de batalla de un nutrido grupo de turistas juveniles que provistos de patines y patinetas, invaden la zona extrema del Roller Papagayo, allí, justo a un lado de la famosa fonda de Doña Fanny.

Comienzan su rutina los chavales haciendo gala de habilidades acrobáticas, haciendo giros de 360 grados con la tabla de madera, cuyas llantitas de plástico combinadas con aleación metálica hacen crujir la orilla del gigantesco tubo de madera.

Uno tras otro se dejan venir los jóvenes skaters que en esta ocasión le dieron la espalda a la playa y eligieron subirse a tope la adrenalina y la altura sin usar cascos ni coderas.

Definidos patineros extremos casi al 100 por ciento, dos de ellos se quitan las playeras y patinan con el torso desnudo bajo el abrasante sol de las 2 de la tarde. Y nada les duele, gracias a su juventud divino tesoro.

Mientras que en la pista de patinar del viejo Roller, otros jóvenes realizan piruetas más sencillas y giran sobre su propio eje, realizando también las tradicionales “carreritas” y patinando hacia atrás.

 

Vamos a la playa

 

Pasada la hora de comer, algunos turistas satisfechos de haber conocido las instalaciones y secciones del parque Papagayo agarran sus cosas y deciden, por fin, dirigirse a la playa Papagayo esperanzados en encontrar algún espacio para sentarse a disfrutar del arena, mar y sol, con ambulantes acosadores incluidos, con la finalidad de departir hasta que desaparezca el último rayo del sol.

Y retomando la vieja radiograbadora, los turistas van cantando la que al parecer será la última melodía de la tarde. Aquella famosa canción del desaparecido grupo Los Joao: Vamos a la playa, oh, oh, oh….

 

468 ad