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Exhiben en España las obsesiones de la artista francesa Louise Bourgeois

Carlos Rubio Rosell / Agencia Reforma

Madrid

Hacia el final de su vida, la artista Louise Bourgeois formulaba un lema que resumía su vida, su obra y sus escritos, realizados a lo largo de casi 100 años de vida: “HONNI soit QUI mal y pense” (Mal haya quien mal piense).
“Esta filosofía la ha acompañado toda su vida, el tiempo de hacer, deshacer y rehacer analizando cada paso y midiendo el camino recorrido sin inhibición, con claridad y determinación, decidida a vencer a un mundo cargado de prejuicios y a cuestionar radicalmente toda idea preconcebida”, afirma la investigadora Danielle Tilkin, curadora de la muestra que lleva como nombre su mítica frase y que se exhibe en La Casa Encendida de Madrid hasta el 13 de enero.
HONNI soit QUI mal y pense acoge una selección de las últimas esculturas, dibujos y grabados sobre tela y sobre papel realizados en los últimos 10 años de trabajo de una de las creadoras más interesantes de las últimas décadas.
“En estas obras, a las que hemos añadido celdas-cédulas, ensamblajes o remiendos, afloran todos los temas que obsesionaron a Louise Bourgeois, temas que trató de forma lapidaria o exhaustiva, sin ninguna concesión, con la distancia o densidad de la experiencia, cuestionando o dando testimonio de una vida y una obra que dejarán una marca indeleble sobre el siglo 20”, dice Tilkin.
La curadora precisa que se trata de poco más de 60 obras, de las cuales un tercio llega directamente del estudio de la artista sin haber pasado nunca antes por una sala de exposiciones.
“Louise Bourgeois no dejó de trabajar hasta su muerte, y en la última etapa de su vida puso los acentos a una obra tan personal como universal, la cual, desde hace más de medio siglo, siempre ha intentado hacer partícipe al espectador de su lucha como mujer y como artista, por construirse y no ser eliminada. ‘Mi feminidad está roída por las ratas. Roída por dentro y por fuera como un huevo agujereado con un alfiler y luego sorbido hasta vaciarlo. Hay que fortificarla, reforzarla, hacerla como una pelota de espuma que rebota hasta el techo’, escribió. En su búsqueda de la identidad, Louise iba más lejos, preguntándose si quizá quería el mundo al revés y afirmando enseguida que lo quería aquí y ahora, y a su manera”, expone la curadora.
Nacida en Francia en 1911 y fallecida en Nueva York en mayo de 2010, Bourgeois se formó en las mejores academias de París, su ciudad natal, donde se casó con el historiador de arte Robert Goldwater antes de partir a Estados Unidos en 1938.
“Desde ese momento, su carrera comienza a cobrar forma, y en 1943 se celebran las primeras exposiciones de su obra. Pero, como en el caso de numerosas artistas mujeres anteriores y posteriores a ella, su reconocimiento tardará en llegar y no será hasta 1982, habiendo cumplido 72 años de edad, cuando el MoMA de Nueva York celebra la primera exposición retrospectiva de su obra que es, a la vez, la primera retrospectiva que ese museo realiza de la obra de una mujer”, relata Tilkin.
La curadora señala que durante años fueron sobre todo otras mujeres, también artistas y más jóvenes, las que encontraron en la radicalidad de su trabajo un punto de referencia y de encuentro asimilable a sus propios discursos.
“Pero Louise no es una militante; es una individualista que en la soledad de su estudio se enfrenta a sus propios demonios y se libera, da forma a sus pensamientos, exorciza los conflictos y pone orden en su mundo, usando todo tipo de herramientas”, precisa Tilkin.
Las obras que conforman esta exposición muestran a una creadora que jamás perdió un ápice de agudeza en la mirada, reflejando las últimas batallas que libró contra el tiempo con su intransigencia de siempre, sostiene.
“Los enormes relojes (como en las obras Eternidad o Autorretrato) miden el ritmo de la vida, y en un rojo sangre que simboliza el fuego, la pasión y el amor, pero también el peligro y el valor, la artista ahoga o hace emerger del papel, como de un charco, la evocación de mujeres, niños, madres, senos, parejas y de una vivencia que se enrolla y desenrolla, y se anuda para perderse en un largo cordón umbilical”, reseña Tilkin.
Otro asunto que destaca la investigadora en la muestra es la invocación del pasado, hilvanando recuerdos o reconduciendo la narrativa de sus obras.
“El cuerpo, sometido a cortes y recortes, se ha convertido en carne vulnerable, en tela o toalla, recosido a mano y rellenado, cuyas partes están unidas por un hilo que recuerda más bien la sutura de los labios de heridas abiertas, que recrea, como en sus retratos o sus cabezas, la expresión silenciosa de la intensidad de dramas emocionales y psicológicos”, observa.

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