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Silvestre Pacheco León

De estudiante a militante

Aunque mi despido como obrero en la Cervecería Modelo de México se produjo casi al principio de nuestro movimiento, pocos años después se logró el reconocimiento de los derechos sindicales de los obreros eventuales, la elección democrática del Comité Ejecutivo Sindical, la negociación de nuevas plazas de base y aumento salarial para los trabajadores, resultante de una huelga prolongada que requirió la intervención directa en la negociación por parte de Manuel Camacho Solís, en su papel de regente de la ciudad.
Sin empleo me dediqué de tiempo completo a terminar la prepa en el turno vespertino, pero como las condiciones para el estudio estaban contaminadas por la presencia de temibles grupos de porros que lo mismo asaltaban que vejaban a los estudiantes, pronto formé parte de los estudiantes y maestros que se aglutinaban bajo el liderazgo del matrimonio de maestros matemáticos de apellido Salyano.
Se trataba de presionar a las autoridades de la UNAM para que limpiaran de la lacra porril la vida en la preparatoria. El uso de armas menudeaba en la escuela, unos para la autodefensa y otros para asaltar. Los baños y los pasillos de las amplias instalaciones de la prepa 5 eran los lugares preferidos por los porros.
Recuerdo que en aquellos años un amigo de Sinaloa aficionado al basquetbol dejaba sus cuadernos en la parte más cercana de las tribunas con su pistola escuadra calibre 38 a la vista.
Uno de los jefes porriles era nada menos que El Muro, un güero de rubia melena, chaparro y para colmo paisano de Chilapa. Recién había salido de la cárcel  y se comportaba como perdonavidas.
Una noche de viernes que salíamos de la clase de matemáticas rumbo a la salida, un grupo de porros detuvo a mi amigo Gustavo Verde que vivía en la vecindad de los arcos de la vieja hacienda de Coapa, en la calzada del Hueso. Querían robarle su chamarra que muy ese día estrenaba. Como nadie más se oponía al asalto entré en defensa de mi amigo. Al principio los porros no me hicieron mucho caso. Fue hasta que se desesperaron porque Verde no les daba la chamarra siguiendo mi consejo.
Tu no te metas, me dijo uno de ellos mientras sacaba una pistola de su mochila apuntándome con su cara de drogado, y como no era balandronada lo que decía, pegamos veloz carrera. Ya alcanzaba yo la puerta cuando escuché a mis espaldas los disparos. Entonces fue la confusión y el miedo entre los estudiantes. Como era a mí a quien señalaban, pronto me alcanzaron los porros del otro grupo que resguardaban la entrada. Creían que yo había sido el autor de los disparos y me pedían el arma. Cuando les dije lo que había pasado me mostraron simpatía y hasta me acompañaron a tomar el camión en la calzada de Tlalpan.
Esa noche me costó conciliar el sueño pensando en las consecuencias que pudo tener otro desenlace.
A la distancia de esos hechos entiendo la dimensión del problema de inseguridad y violencia que ahora afecta no sólo la vida estudiantil, y cada vez me convenzo de la importancia que tiene el trato colectivo del fenómeno.
En alguna ocasión describí la manera como me afilié al PMT cuando se llamaba CNAO y entre los promotores aparecían Carlos Fuentes, Octavio Paz y el filósofo Luis Villoro.
De Carlos Fuentes ya había leído su novela La región más transparente, de Octavio Paz me sabía el poema dedicado a su amigo muerto en el frente de Aragón en España “Has muerto en el ardiente amanecer del mundo” los soldados de la guerra civil Española y de Luis Villoro leía entonces El proceso ideológico en la Revolución de Independencia.
Pertenecer a una organización donde tenían cabida los trabajadores de la cultura, los intelectuales, los políticos profesionales y líderes sindicales me parecía atractivo.
Por eso aquella tarde en la plaza de Coyoacán fui uno más entre las personas que se reunieron en torno al kiosco para escuchar a Heberto Castillo y a Demetrio Vallejo. La adhesión a su proyecto fue numerosa e importante. En la formación del comité delegacional participamos estudiantes y maestros de la UAM y la UNAM, cineastas y becarios, profesionistas de sólida formación y de diversas especialidades, en su mayoría jóvenes.
El grupo de jóvenes cineastas estaba recién llegado de Rusia y con mucha iniciativa se sumó al trabajo del CNAO. Umbelina hacía un doctorado en París y en vacaciones también participaba con nosotros junto a su marido, Raúl Velazco, profesor de Psicología en la UAM Xochimilco.
Armando Rendón era un joven doctorante de Ciencia Política en la Sorbona. Llegaba a las reuniones en su flamante Chevrolet Malibú acompañado por estudiantes de la UNAM.
Cuando en 1974 se realizó el congreso nacional para la constitución del PMT, Armando Rendón coincidió con el grupo de guerrerenses que nos entrevistábamos con don Manuel Meza Andraca, quien era reconocido en la izquierda como el primer agrónomo en el estado de Guerrero ligado a grupos internacionalistas. La discusión entre el viejo guerrerense y el joven doctorante teniendo en común su experiencia de haber vivido años en París, fue sobre las perspectivas del socialismo a la luz de la experiencia soviética.
Armando Rendón insistía en la necesidad de construir un socialismo en libertad y democracia. Don Manuel defendía y justificaba la era estalinista. El guerrerense había viajado a la URSS cuando aún no se apagaba el estruendo de la segunda guerra mundial. Después, durante la guerra fría pudo comparar la vida de los obreros rusos con las condiciones que prevalecían en su primera visita.
Ninguno de los dos polemistas cedió en sus posiciones y cada quien trató de influir con sus propuestas en la redacción de la plataforma de principios y el programa de lucha del PMT.
En unas vacaciones y a punto de volver a Europa, Armando Rendón vino a mi pueblo con la iniciativa de organizar a los productores de frijol para relacionarlos con los consumidores urbanos, dentro del adelantado propósito de instalar en Quechultenango una cabeza de playa de la oposición. Recuerdo que la visita fue memorable, no tanto por los resultados de la reunión con los campesinos, sino por su encuentro con el mezcal que empezamos a saborear desde Mochitlán, probando todos los curados que nos ofrecían.
En poco tiempo el comité delegacional de Coyoacán se convirtió en el organismo más activo, numeroso y capaz del PMT en el DF, con un trabajo amplio en las universidades, colonias populares y fábricas. Desde las oficinas que instalamos en la colonia Copilco salían las brigadas para hacer pintas, volanteo, organizar mítines y vender la revista Insurgencia Popular.
Organizamos a los trabajadores de la cadena de restaurantes Potzolcalli cuyos dueños estaban emparentados con el ex gobernador Caballero Aburto. En una acción memorable emulamos una vieja experiencia revolucionaria de boicot ocupando todas las mesas de uno de los restaurantes de esa cadena en la hora de más clientela como presión para que se atendieran las demandas laborales. Uno de los intelectuales que se sumó a esa iniciativa fue el respetable Francisco Paoli, cuya formación y compromiso democráticos no tuvo demérito en su conversión al panismo. Él como muchos respondió con dignidad al maltrato que se daba en el partido a los intelectuales.
Recuerdo que en una ocasión volanteando por Miguel Ángel de Quevedo nos detuvo un grupo de judiciales pretendiendo quitarnos la propaganda. Con nosotros iba la ahora diputada Laura Itzel Castillo, una jovencita que se mostró tan valiente como lo fue siempre su padre, Heberto Castillo. Gracias a la seguridad con la que nos conducimos o quizá porque los judiciales identificaron en la brigada a dos hijos del dirigente nacional del PMT, nos dejaron en paz.
Recuerdo que el pedregal de Santo Domingo, la extensa colonia que hoy todos conocen por su vecindad con la CU, apenas empezaba a poblarse y nosotros teníamos especial interés en extender la organización con sus habitantes.
Aprovechando la reunión de un grupo de colonos un domingo por la mañana, llegamos en brigada para hacer un mitin de los llamados relámpago. Desde el cofre de una retroexcavadora estacionada en el lugar, Arturo Balderas, quien ahora escribe en La Jornada una columna que se llama Desde el otro lado, comenzó su arenga  para atraer la atención de los presentes. Como en el activismo militante buscábamos que todos aprendieran las técnicas básicas para nuestro quehacer político, en esa ocasión se estrenaría en el micrófono un joven compañero preparatoriano llamado Arturo Flores. Atendiendo a una seña subió a la improvisada tribuna para tomar el micrófono precisamente cuando la gente ponía atención a los activistas e inició: “¡compañeros! Somos portadores de los ideales de Emiliano Zapata, de Francisco Villa y de… (y se le atoró el discurso).
–Compa, compa, compa –gritaba nervioso buscando a quien le había cedido el micrófono para que lo auxiliara en el aprieto. Cuando lo encontró con la vista le preguntó  ¿Qué más digo, compa?
Por fortuna el mítin prendió y el contacto quedó hecho con aquel grupo de colonos a quienes después visitábamos para articular con ellos las iniciativas que a través del partido se pudieran impulsar.
En el trabajo popular en esa zona de Coyoacán se sumaron estudiantes comprometidos de las universidades como La Salle y la Ibero. Mojados y enlodados trabajaban gustosos en la idea de mejorar la vida de todos.
Como en aquellos años la oposición política no tenía acceso prácticamente a ningún medio de comunicación masiva más que a título individual como colaboradores de algún periódico, que era lo que hacían Heberto Castillo y Demetrio Vallejo, el partido tenía que desarrollar sus propios medios de propaganda.
El volanteo, las pintas, la venta de la revista (en una sociedad alejada de la lectura), y los mitines, a los que nosotros llamábamos asambleas populares, eran lo más socorrido para hacer prosélitos; conseguimos nuestro propio mimeógrafo, dominamos la serigrafía para los carteles. Aprendimos el sencillo método de hacer pintura mezclando chapopote con petróleo. Un simple puño de estopa podía hacer las veces de brocha para pintar las consignas.
Cuando hicimos la primera campaña contra el intento lopezportillista de vender Pemex a Estados Unidos podíamos en una tarde organizar hasta cinco brigadas repartidas por toda la delegación y hacer decenas de pintas. Como entonces hasta las pintas eran ilegales, se hicieran donde se hicieran, las brigadas tenían que actuar de prisa, con destreza y profesionalismo para evitar detenciones, escribiendo con elegancia y sin faltas de ortografía la consigna.
Fue memorable por eso la enorme pinta en la barda de un lote baldío en la calle Cerro del Agua, rumbo a CU: “¡Defendamos nuestro petropetróleo!”. Ante falta tan garrafal poco se podía hacer, de manera que en el comité simplemente ordenamos en tono de broma que en adelante los integrantes de esa brigada  deberían chiflar mientras escribían, burlándonos de que escribían como hablaban.

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