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Tlachinollan

Historias que marcan, relatos que indignan y atrapan

En el espinazo de La Montaña, donde el frío, la pobreza y los terregales invaden los diminutos cuerpos de los niños y niñas (que durante todo el año moquean y juegan en el piso de tierra de sus chozas), Meche, con su sonrisa tímida y generosa, no titubea para expresar con orgullo su pertenencia al pueblo de las nubes. Se sabe descendiente de la estirpe de las hijas de la lluvia de Cochoapa El Grande. Nació al igual que sus ocho hermanos, sobre costales de yute y de fertilizante, a un lado del fogón de su casa de adobe.
En esa fecha no estaba su papá, por eso su mamá utilizó el respaldo de una silla de madera para apretarse el vientre y poder colocar a la criatura en una posición ideal para su expulsión. A la usanza tradicional, y con el auxilio de su abuelita, su mamá se arrodilló sobre un petate viejo y unos costales, para esperar el momento del alumbramiento. En esta posición vertical y con los masajes de aceite de ocote que las especialistas en salud materna aplican a las mamás (para aflojar sus cuerpos), se recibe a la mayoría de niños y niñas de La Montaña. Sin clínicas en las comunidades, ni el auxilio de  enfermeras o doctores, mucho menos de  chequeos médicos sobre toda la etapa de gestación, las familias apelan a sus saberes ancestrales para asegurar la vida de los recién nacidos y procurar la salud de las madres.
En medio de tanta precariedad, las sabias de la salud comunitaria les preparan té de epazote para ayudar a relajar el cuerpo de las mamás. El baño del temazcal es imprescindible para limpiar sus cuerpos y recuperar las energías perdidas. A los 15 días del parto realizan una ceremonia en honor de las potencias sagradas que habitan en el temazcal. Son los dueños y dueñas que velan por la salud de la madre y los recién nacidos.
Uno de los sabios de la comunidad presentó a Meche a los 15 días de nacida ante todas las ánimas, los santos y las fuerzas sagradas simbolizadas en las piedras del temazcal: “Te damos gracias por esta niña que nació bien. Recíbela, bendícela. Que crezca fuerte y que no la agarre la enfermedad. Que nuestro señor y señora del fuego la protejan y la iluminen en su vida”. Junto con esta súplica sacrificaron un chivo como ofrenda, para garantizar la eficacia de la acción ritual. Ella sólo pudo alimentarse del pecho materno durante un año, porque luego nació su relevo. Desde ese destete forzado nunca tuvo oportunidad de saborear algún otro lácteo. Se acostumbró a comer tortilla mojada, caldo de frijol y posteriormente tortilla con sal y agua del pozo o del manantial.
A la siguiente semana de que Meche nació, su mamá reanudó las labores normales de la casa, como hasta la fecha lo hace; se levanta a las 5 de la mañana; pone el nixtamal, muele, hace tortillas, prepara la salsa en el molcajete. Después de que almuerza el papá,  amamanta al hijo más pequeño y atiende a sus demás hijos, para luego llevarlos al preescolar. Vela por la salud de toda la familia, y si tiene tiempo, se va a la barranca o al río a lavar la ropa. A los 5 años Meche aprendió a cargar y a cuidar a sus hermanitos. Iba al pozo a traer agua con otros niños y niñas y aprendió de su mamá a hacer tortillas, a cortar y cargarse la leña en su espalda. En algunas ocasiones acompañó a su hermana mayor a cuidar los chivos, comiendo en el campo tortilla fría con sal.
Ante la escasez de maíz, a los 6 años, Meche tuvo que emigrar con sus papás a Sinaloa para trabajar en el campo como jornaleros agrícolas. Ella con sus hermanitos acompañaban a sus papás y el trabajo que tenía asignado era cuidarlos y dormirlos dentro de una caja vieja de jitomate, mientras ellos recolectaban los vegetales. Fueron seis pesados meses que pasó con sus hermanitos en los surcos, siempre con el sol a plomo. A su regreso tuvo la oportunidad de quedarse en Tlapa y ahí iniciar los estudios de primaria. No se imaginaba que a los 12 años, al terminar el sexto grado, tenía que regresar a su comunidad, a causa de que su papá había sido elegido como comisario.
Desde esa edad recuerda que algunas señoras y también señores le decían “tú vas a ser mi nuera”. Cuando su papá convivía con la gente en la comisaría y tomaba, ella escuchaba que algunos señores le decían que irían a su casa a pedirla. Amparados en la costumbre, recuerda que su papá secundado por la mamá, le decían que un compadre ya había hablado con ellos para que ella se casara con su hijo. Sus consejos se orientaban más a que ella  viviera en la resignación “con que en tu vida te encuentres con un hombre bueno, es suficiente. Sólo tienes que trabajar en la casa, hacer la comida y cuidar los hijos. Por eso es mejor que te cases a que quieras seguir estudiando, porque yo no tengo dinero”.
Meche sufría en silencio porque sabía que estaba acorralada por su misma familia y porque además sabía que el papá de un niño tenía planeado ir a pedirla. Recuerda que su abuelo paterno le decía “yo no me quiero morir sin verte casada y con hijos. No quiero que llegues a vieja y te quedes sola. Quién va a ver por ti”. Antes en el pueblo na savi, el nacimiento de una niña era muy apreciado porque era la manera más segura de establecer alianzas con otras familias para extender la prole y asegurar la sobrevivencia. Hoy los niños son mejor vistos, porque los padres tienen la ilusión de que los hijos varones los puedan apoyar en el trabajo, y vean por ellos cuando ya estén grandes y enfermos.
La salvación de Meche fueron unas religiosas que llegaron a su comunidad para trabajar con niños, niñas y jóvenes. Pronto se hizo amiga de ellas y en la primera oportunidad las invitó a su casa a comer. Las religiosas aprovecharon el momento para pedirle a sus papás que le dieran permiso para ir a Tlapa a presentar un examen. Estaba la posibilidad de que a través de la Iglesia pudiera estudiar la secundaria en la Villa de las Niñas de Chalco. Su papá se limitó a ver con coraje a Meche y en tuun savi le reclamó por qué había llevado a las religiosas para platicar de esos temas. Meche comprendió que no era el momento de responder, simplemente sintió un gran alivio y recobró el ánimo y la fuerza que había perdido. Al final el papá no tuvo otra alternativa que acompañar a su hija a presentar el examen.
Meche dejó al futuro suegro y a su pequeño hijo vestidos y alborotados y se fue a estudiar por cinco años a Chalco,  un centro educativo dirigido por religiosas católicas provenientes de Corea, que atienden a más de 4 mil niñas de los estados más pobres del país y donde reciben una atención integral.
Regresó a su pueblo a los 17 años, después de haber estudiado la secundaria y el bachillerato. No obstante estos logros, para sus abuelos todavía estaba en edad casadera, por eso ante la ausencia de su papá,  acordaron con el papá de un joven que acababa de regresar de Estados Unidos preparar la ceremonia de petición de novia y el pago de la dote. Meche no tuvo de otra que enfrentar a los abuelos y a su mamá: “vine al pueblo no para que me busquen marido. Vine para decirles que voy a trabajar para seguir estudiando. Quiero que respeten mi derecho a decidir lo que yo quiero hacer”.
El enojo de la familia fue muy grande, porque no sólo era una falta de respeto a la palabra de los mayores, sino una ruptura con la visión patriarcal sobre el destino impuesto a las pequeñas hijas del pueblo. Esta osadía de Meche le costó muy cara porque tuvo que enfrentar sola los tratos discriminatorios, los engaños, los acosos y la explotación de sus patrones para sobrevivir en Tlapa y poder estudiar una carrera que le permitiera reencontrarse con los suyos pero en otra trinchera; luchando por los derechos del pueblo.
Ahora ella sabe que su vida y su futuro está anclada con la lucha de los pueblos de La Montaña y que pronto regresará con ellos, no para casarse (porque ya pasó la edad ideal de acuerdo a la costumbre) sino para impulsar las iniciativas de la comunidad; para defender su territorio contra las empresas mineras y los talamontes; para hacer valer el derecho a la salud de las mujeres que siguen teniendo a sus hijos en condiciones indignas; para luchar contra la desnutrición de los niños que continúan alimentándose de la tierra que los vio nacer.
Meche sabe que ya venció la primera batalla que al igual que muchas mujeres jóvenes de La Montaña están dando al interior de sus familias y sus comunidades; de poder elegir libremente lo que quieren hacer con su vida, sobre todo de recuperar su dignidad y sus derechos. También de continuar estudiando y de ser parte de la comunidad con voz y voto. Tienen ante sí otro gran desafío, porque el alto nivel de conciencia que han adquirido sobre el estado de indefensión, desigualdad, discriminación y explotación en que se encuentran sumidos los pueblos de La Montaña, las obliga a organizarse como mujeres, a ejemplo de otras compañeras que han dado la pelea contra el Estado para exigir justicia por encima de cualquier costo y riesgo.
Meche sabe que la mejor manera de apoyar a su comunidad es acompañar a las mujeres que en medio de sus temores, tienen el deseo de salir de esta situación que las oprime y denigra. Sobre todo de impulsar las denuncias que quieren hacer llegar a nivel estatal contra los funcionarios del seguro popular, quienes desde el mes de marzo no les han renovado la póliza de su seguro para que puedan ser atendidas en el hospital de Tlapa. Son nueve meses de engaños, de vueltas y trámites infructuosos que representan gastos onerosos y tratos discriminatorios. Esto es indignante sobre todo cuando el presidente Calderón en marzo de 2011 tuvo el descaro de declarar que en Guerrero había cobertura universal gracias al seguro popular, y que por otra parte, este programa cuenta con un presupuesto que oscila entre los 4 mil millones de pesos dilapidados, porque continúan a la alza las muertes maternas y la desnutrición infantil severa en La Montaña.
Meche al igual que muchas jóvenes que estudian y trabajan registran esta infamia de la que sufren los pueblos de La Montaña. Ellas las que han vivido en carne propia este viacrucis de la ignominia serán las nuevas generaciones de defensoras que alzarán la voz para decir ¡basta!

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