Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Crónicas del pasado II

En memoria de Rogelio Pano de la Barrera, un acapulqueño de cepa

Acapulco y Cortés

Hernán Cortes, visionario y ambicioso, escoge al puerto de Acapulco como base permanente para la exploración de nuevas rutas en “los mares del Sur”, como se conocía entonces el Océano Pacífico. Encabeza la primera expedición (1528), don Alvaro Saavedra Cerón, regresando con las manos vacías.
Primo de Cortés, Diego Hurtado de Mendoza encabeza la segunda exploración en 1532 y será un dramático viaje sin retorno. Desaparecerá sin rastro en las inmensidades oceánicas y aquí su pariente le dedica un emocionado recuerdo: “¡He perdido con Dieguito a un valiente soldado, coño!”, incluso derrama una lágrima furtiva.
El gran capitán no se arredra y el 8 de julio de 1539 despide aquí mismo al capitán Francisco de Ulloa, al mando de una nueva flota para la exploración marítima. Ulloa logra reconocer las costas del golfo de California y parte del occidente de la península. Un año más tarde la suerte le da la espalda desapareciendo sin dejar rastro, a bordo de su nave Santa Águeda.
También de Acapulco sale en 1565 la expedición ordenada por el rey Felipe II de España y que culmina con la colonización de las Filipinas. A partir de entonces se establecerá la ruta que permitió el comercio con los países de Oriente y que tuvo a Manila y a este puerto como cabezas de puente durante 250 años.

La buena mesa

Don Miguel Gallo llega al puerto para ocupar tres cargos en uno: Castellano de la Real Fuerza (Fuerte de San Diego), Alcalde Mayor y Capitán de Guerra de Acapulco. Sustituye a don Fabián Dávila Salazar, engarrotado de las manos a causa de un maleficio, según los “díceres” del vecindario, aunque lo más seguro es que se haya tratado de algún padecimiento artrítico.
Don Fabián recibirá por invalidez una pensión equivalente a 500 ducados al año (ducado: moneda de oro de 3.6 gramos –¡ya ni el IMSS siglos más tarde!–).
Como buen glotón, el señor Gallo trae bajo el brazo el Libro de Cocina del Convento de San Jerónimo, adjudicado sin validación histórica a la dulce Sor Juana Inés de la Cruz. Contiene recetas de platillos y postres de rechupete. Entre otros, la sopa de fideos, los huevos reales, la torta de arroz, el clemole de Oaxaca, el pudin de espinacas, el manchamanteles, las empanadas, el locro, la jericalla, el matambre, el puchero, los buñuelos de queso y el postre de nuez, así como las reglas para toda clase de cajetas.
Resultaba impensable que la servidumbre de casa conociera letra alguna. Así que tan egregio personaje tendrá que tiznarse entre fogones para dictar a las cocineras.

Carnes, pan y dulces

En materia de carnes, la de res era entonces la más barata, seguida de la de cerdo. La de carnero tenía la connotación de muy saludable y por tanto era la más cara. El pan, por su parte, tenía varias calidades de acuerdo con las harinas utilizadas en su confección. su confección, desde el “floreado” hasta el común o “bajo”. Este último se elaboraba con harina muy pobre, en tanto que las semitas o acemitas solo contenían residuos harinosos mezclados con salvado. Pan y chocolate espeso no faltaban en ninguna mesa novohispana.
El pan francés se consumió en Acapulco durante la invasión gala aunque rechazado por un buen número de acapulqueños. Unos por encendido patriotismo y otros por asco. Asco cuando se enteren de que los soldados invasores utilizaban los pies desnudos y no las manos para amasar las baguettes.
Fue aquella una sociedad con un gusto refinado por la dulcería, hoy bien refrendado. Toda comida que se respetara terminaba con una golosina o confitura elaboradas a base de frutas y raíces. Constituían la delicia de chicos y grandes los bocadillos de papa, la cuajada, la natilla, el arroz con leche, los alfajores, las masitas y la famosa mazmorra ofrecida por los vendedores callejeros.
La Feria de Acapulco era un delicioso y colorido muestrario de frutas y dulces elaborados en todas las regiones del país

Los caminos

La ruta México-Acapulco fue de las primeras que contribuyeron a la expansión de la Nueva España y a su desarrollo económico. Otras fueron México-Veracruz, pasando por Jalapa y Orizaba; México-Chihuahua, tocando Durango y con ramales a Valladolid, Guadalajara y Monterrey; y finalmente la México-Guatemala, pasando por Oaxaca.
Las antiguas veredas “de a pie” se convertirán en caminos de herradura cuando haya en México suficientes mulas. Las recuas constituyeron el transporte ideal para desarrollar la agricultura, el comercio y la incipiente industria. Los fondos para la construcción y conservación de los caminos procedían de los derechos de “avería” (impuesto ad valorem sobre el comercio), así como de las recaudaciones por concepto de peaje. Los usuarios lo pagaron a partir de 1574. (La Ruta del Sol se ofrecerá gratuita en marzo de 2054 y tómelo solo como un vaticinio).
Durante la Feria de Acapulco, entre enero y febrero de cada año, el camino a la capital de la Nueva España resultaba abigarrado, caótico y riesgoso. Centenares de recuas y palanquines (transporte de ricos), discurrían con lentitud desesperante por aquella vereda serpenteante. No obstante la formación de casi una sola caravana, los asaltos menudeaban y casi siempre se culpó a los “cimarrones” o esclavos en fuga. El arribo de la Nao de Manila atraía al puerto a tanta gente como más tarde la Semana Santa, tanta que la población fija llegaba a duplicarse.

Doña Sebastiana

Doña Sebastiana de Acuña decide sacarle provecho a un lote baldío frente a su domicilio y cuya compraventa firma con la sucesión testamentaria del señor Rubén González. Planea construir ahí una enramada para alquilarla como sesteadero de recuas, que si algo abunda en Acapulco son mulas.
Un día, sin embargo, la indignación de la dama no tendrá límites cuando reciba la notificación oficial de que su vecino, el capitán Juan de Iturbe, reclama como suyo aquel espacio adquirido, según aquél, en fecha posterior a la operación realizada por la dama, enero de 1584.
–¡Sebastiana! –la reprende don Antonio Rodríguez, el esposo. El hombre está sorprendido al escuchar a su devota mujer, por primera vez en 40 años de casados, un “¡no se saldrá con la suya ese capitancito hijo de la chingada!”. Y cosas peores.
El solar en litigio hace las veces de patio trasero de la casa del capitán Iturbe, con frente a la bahía. Hoy se ubicaría en la manzana formada por las calles Benito Juárez, José Ma. Iglesias, Costera Alemán y plaza Alvarez.
Don Pedro Legorreta, Justicia Mayor de Acapulco, es un hombre preocupado por la convivencia pacífica de sus gobernados, Teme pues que aquel diferendo tenga efectos corrosivos en la comunidad, especialmente por tratarse de dos familias de gran prosapia. Decide por ello aplicar en el caso la justicia que él llama “salomónica”, sin saber nadie por qué.
Luego de una exposición presumiblemente jurídica, ante las partes interesadas, el Justicia Mayor da a conocer la tal sentencia “salomónica”. Las voces airadas de la concurrencia no se harán esperar cuando el ascético juez Legorreta anuncie:
–Para no fomentar odios ni rencores entre familias tan estimadas, el predio en cuestión no se devolverá a doña Sebastiana pero tampoco se entregará al capitán Iturbe. Es mi voluntad justiciera que el dichoso solar pase a dominio de la ciudad, urgida ahora mismo de calles a causa de tanta pinche mula.
Y se despide:
–¡Ah, ni se les ocurra acusarme con el Virrey porque esta es en realidad una decisión suya!

Ataque francés

Al mando de una poderosa escuadra francesa, el almirante Bouet ordena fuego a discreción sobre Acapulco, colocadas sus naves fuera del alcance de la artillería de la fortaleza de San Diego. El bombardeo criminal sobre la población no cesa durante los días 10, 11 y 12 de enero (1863), y termina el 14 cuando la población atestigua jubilosa la retirada de la flota agresora.
Frente al reproche de los acapulqueños por no atender las exigencias de los franceses, evitando así tan criminal agresión, el general Diego Alvarez, comandante de la plaza, será categórico al responder que no estaba en sus manos cumplir con las exigencias del perverso Bouet.
–Y es que el hijo de la gran puta me exigía desmentir un artículo injurioso para el ejército francés, aparecido en el periódico El Chalaco.
–¿Y por qué no lo hizo, señor general? –pregunta el despistado que nunca falta.
–¡No sea usted pendejo, mi amigo! –responde un Alvarez irritado golpeándose la bota con su espada.
–¡No lo hice porque el tal periódico El Chalaco no se edita en Acapulco y ni siquiera en México, ¡se trata de una publicación de la ciudad de Lima, Perú, por eso no lo hice!
–¡Malditos franchutes, los cabrones no saben siquiera donde andan! –será un comentario final.

La desgracia

–¡Qué desgracia, carajo! –lamenta Hernán Cortés cuando es avisado del incendio ocurrido en un pequeño astillero localizado en la bahía de Acapulco y la muerte de su querido amigo el constructor Juan Rodríguez. Corre octubre de 1524.
Conociendo lo cuidadoso de Rodríguez para su trabajo, el Marqués del Valle rechaza que el siniestro haya sido accidental. Para él ahí estan metidas las manos siniestras de la Audiencia Gobernadora, opositora tenaz a su proyectada exploración de los Mares del Sur.
–¡Voto a Belcebú, que lo pagarán caro estos follones si confirmo mis sospechas! –estalla el Gran Capitán.
El astillero destruido con la muerte del maestro Rodríguez, las lesiones de varios operarios y la destrucción de dos embarcaciones casi terminadas, se localizaba en la desembocadura del río El Camarón. Mismo sitio que será llamado a partir de entonces “playa de La Desgracia”, sugerido quizás por de don Hernando o con su plena aquiescencia.
La playa de La Desgracia perderá su nombre varias centurias más tarde, cuando la Junta Federal de Mejoras Materiales bautice a las de la bahia con nombres florales como Clavelitos y Tulipanes.
–¡Esta sí fue una desgracia! –comentará el cronista Rubén H. Luz Castillo.

Intocables

El virrey don Gaspar Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey (España), se atreve por los caminos del sur para dar una nueva a los acapulqueños, considerada por él histórica. Trae en sus alforjas una cédula del rey de España, Felipe III, de octubre de 1603, que asegura una vida tranquila para esta gente y que por ello está seguro sabrán agradecer al querido monarca. Se trata de la donación ad perpetuam de sus tierras a los habitantes de Llano Largo, Puerto Marqués e Icacos.
Don Gaspar pone énfasis y casi deletrea el contenido del documento Real, particularmente en la parte que dice:
Nadie podrá expropiar estas tierras ni adjudicarlas a personas ajenas a las comunidades, fuese cual fuese su condición, quedando aseguradas para siempre jamás en su total dominio.
Y bueno, ya desde entonces le tomaban el pelo a los acapulqueños…

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