Federico Vite
Novelas como ríos
Un puente sobre el Drina, novela del narrador yugoslavo Ivo Andric, es uno de esos documentos en los que uno presencia como lector y con azoro que los ciclos de la historia esencialmente se caracterizan por evidenciar que los humanos comenten los mismos errores, casi podría decirse que generacionalmente meten la pata, aunque parafraseando a Alicia Villareal, diría: Tropiezan de nuevo y con la misma piedra.
La obra de Andric recibió en 1961 el Premio Nobel de Literatura y Un puente sobre el Drina (editada en 1945) se tradujo al castellano 40 años después, fue publicada por la colección Premios Nobel, empresa española que se ha dedicado a difundir el trabajo de escritores laureados con el reconocimiento más importante en el ámbito literario.
Pero les decía que este libro da cuenta de cómo se edifica el puente Mehemed Pasa Sokolovic sobre el río Drina, en la ciudad de Visegrad. La historia abarca cerca de cuatro siglos, incluye a detalle los periodos de dominación otomana y austrohúngara.
Describe las relaciones peculiares de los habitantes de Visegrad; en particular los rituales religiosos, así como la intolerancia de los musulmanes y los ortodoxos de Bosnia y Herzegovina.
Drina es el río que desde hace más de 300 años divide Bosnia de Serbia. En el siglo XVI, cuando la región circundante conformaba una provincia adscrita al imperio turco, el visir que gobernaba decidió construir un puente sobre el río mencionado, a la altura de la ciudad de Vichegrado.
Andric toma como referencia estos hechos históricos para enriquecer el libro y, por supuesto, para detallar el nacimiento mitológico del puente.
Cada personaje que aparece en esta novela muestra una característica de la dignidad humana. No importa si son bufones, guerreros, socialistas, reyes o simple y sencillamente albañiles borrachos los que desfilan por estas páginas, cada uno de ellos ofrece un rostro atractivo de lo que un humano con anhelos representa.
El libro refiere con precisión destellos de la condición humana en situaciones difíciles, de ahí la valía de cada personaje, pues recordemos que se narran cuatro siglos en esta novela.
No sólo el puente es el escenario privilegiado de los hechos del universo creado por Andric, sino la kapia (terraza con gradas), pues resulta que ahí se devanaban los sesos los personajes, ahí bebían, pensaban en el futuro, en la necesidad de crecer y, sobre todo, en la vida que deseaban tener.
Es en la kapia donde los guardias controlan el paso de viajeros y transeúntes, y sobre los postes del graderío el ejército turco cuelga las cabezas de rebeldes serbios.
En esa terraza discuten los musulmanes, en el siglo XIX, cómo deben enfrentar el avance de los cristianos. Y es en esa terraza donde un comité representativo de las tres religiones de la ciudad (musulmana, ortodoxa y judía) recibe al victorioso ejército austro-húngaro y sufre el desdén de un altivo comandante.
El puente y su kapia son los testigos esenciales de este libro de 420 páginas.
Originalmente el puente es edificado como un símbolo religioso, pero el paso del tiempo en la novela nos muestra con atinada melancolía cómo esos emblemas pierden sentido ante la practicidad de los ignorantes, de los conquistadores, de los bárbaros que intentan arrasar todo los vestigios de una cultura diferente.
Cito las palabras de Andric en la novela: “[…] Y el puente continuaba irguiéndose, como siempre, con su eterna juventud, la juventud de una concepción perfecta y de las grandes y estimables obras del hombre, que ignoran lo que sea envejecer y cambiar y que no comparten — al menos esa es la impresión que dan— el destino de las cosas efímeras de este bajo mundo, porque un puente no puede ni debe ser efímero, un puente es el arribo o el regreso a un espacio dispuesto a ser habitado por el viajero, por el hombre que sueña con llegar a algún lugar[…]”.
Destaco en Un puente sobre el Drina los hechos del siglo XX, cuando se inician las denominadas Guerras Balcánicas, en 1912 y 1913. Pero en especial hago énfasis en un evento que es retratado impecablemente, el que le brinda otro rostro al mundo: el asesinato del archiduque Francisco Fernando.
Después de ese asesinato, el mundo como tal conoce una palabra que hasta la fecha rezumba: Guerra. Se inicia pues la Primera Guerra Mundial.
Andric describe el temor con el que se inaugura el siglo XX, el yugoslavo cuenta que de nueva cuenta llegan soldados hasta el puente con una sola y firme intención: destruirlo para dinamitar el pasado.
Ivo Andric también es autor de La crónica de Travnik y La joven dama, obras que aunadas a Un puente sobre el Drina dan cuenta de las costumbres de Bosnia. Esencialmente Andric se dio a la tarea de contar la historia de Bosnia, esa ciudad que en 1389 fuera conquistada por los turcos y que en 1920 era parte importante de Yugoslavia.
Andric vivió en Roma, Bucarest, Madrid, Ginebra y Berlín, entre otras ciudades, pero fue la variedad étnica, cultural y religiosa de Bosnia la que le proporcionó los temas que se encuentran en sus obras.
Un puente sobre el Drina nos hace pensar, como lectores, que algunas novelas son anchos ríos donde uno se baña dos veces.




