Contará Víctor Cardona la historia real y ficticia de un pueblo de la sierra de Atoyac
Aurélie Daly
El escritor Víctor Cardona, se hizo acreedor a un estímulo económico por parte del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Guerrero (PECDAG) en la disciplina de Letras y en la Categoría Creadores e Intérpretes con su proyecto titulado El sendero de los cacahuananches que escribirá a lo largo del 2013.
Recolectará historias, reales o ficticias, de un pueblito, Los Valles, que hacen parte de la imaginación colectiva y definen una identidad propia representativa de todos los pueblitos de la Sierra.
Cronista oficial de Atoyac y redactor de la sección Páginas de Atoyac de El Sur, Víctor Cardona se dijo muy sorprendido al enterarse de que su proyecto había sido elegido para recibir un apoyo, porque era la primera vez que presentaba un proyecto al PECDAG. Se río y declaró : “Soy el único ganador en esta categoría, ¡es para los creadores sin trayectoria!”
“Es un proyecto que ya viene desarrollando desde hace mucho tiempo, cuenta las historias de un pueblito de la Sierra, Los Valles, que se fundó el siglo pasado cuando terminaba la Revolución; representa todos los pueblitos de la sierra”.
“Empecé hace unos años un proyecto llamado Testimonio vivo en el que entrevistaba los ancianos del pueblo y recolectaba historias, pero era más como un catálogo. Heredé muchas historias de mi abuela y de mi mamá, y yo contaba las historias a mi hermano. Un amigo escritor, Ángel Carlos Sánchez, me decía ‘escríbelo’ pero me daba flojera hasta que empecé a hacer esta crónica sobre Atoyac en el periódico. Había historias que no podían entrar porque no eran reales, hacían parte de la imaginación colectiva. De tanto contarlas, en un momento de mi niñez inventé estas historias. Reales o irreales estas historias son fundamentales porque la gente las siente suyas, para la gente realmente existen y entorna su vida a partir de esto. La voz que cuenta estas historias es un narrador-personaje y ese narrador, soy yo”, refirió.
“Hubo tres ocupaciones militares en este pueblito, la primera fue en 1918, el general Silvestre Castro se levantó en armas. Hasta que llegó el Ejército, se acabó el movimiento. Hay historias sobre cómo quemaron el pueblo, cómo la gente sufrió, cómo se robaban a las chicas en los pueblos. Mi abuela conoció esta época y me narraba todas estas historias, algunas cosas las publiqué en el periódico. La segunda ocupación fue de 1926 a 1929, se levantaron en armas los agraristas. En Acapulco hubo el Plan del Veladero pero los combates fueron allá en Atoyac, uno muy fuerte fue el de la barranca del Morenal. Por ejemplo, trato de imaginar cómo era Felipe Reyes, cómo se preparaba. Una tía, la última de la generación de mi abuelo, a quien hice una entrevista una semana antes de su muerte, conoció esta época y a partir de su testimonio reconstruyo la historia. Hasta que el general Vidales (de Acapulco) llegó, todo se calmó. La tercera ocupación fue en los años 70 y duró nueve años; yo nací en este pueblito en esta época y quiero narrar la historia del sufrimiento que padeció el pueblo”.
Con el conocimiento del investigador y el sentimiento del poblador, Víctor Cardona está muy interesado en la constitución del pueblo, de los fundadores a los que llegaron después y siempre tiene una nueva anécdota que contar.
“De 1914 a 1930 hubo una plaga de langostas. Llegaban chapulines volando desde Centroamérica y caían sobre el maíz, acababan con la siembra de la Costa y por esa razón subieron muchos de los campesinos a La Montaña, así llegaron los primeros testigos de Jehová por ejemplo. Un escándalo siempre acababa con otro escándalo”.
En los años 50 hubo personas que predicaban el fin del mundo, la gente no tenía educación. Un día apareció un avión y dibujó letras en el cielo, como la gente no sabía leer, alguien dijo es ‘el fin del mundo’, la gente empezó a correr, a pedir perdón y a abrazarse; en realidad habían escrito en el cielo la palabra ‘pepsi’”, contó con mucho humor.
Cambio decisivo en el pueblo fue la construcción de la primera carretera en los años 70 y obviamente se acompaña de una historia que fantasea a partir de lo real, dándole un carácter poético.
“Yo nací en 1971 y en 1972, llegó la carretera en mi pueblo, de ahí viene el título de mi libro porque la gente ocupaba el cacahuanache para hacer cercas, divisiones y seguía floreando las ramas del árbol, se veía muy bonito el sendero floreado. Yo salí a los 9 años del pueblo. Ahora la carretera está llena de crucitas por los crímenes y la violencia”, lamentó.
Contó el mito del cacique invencible que tenía una milpa que no padecía ningunas plagas como tejones o jabalís porque dicen que había un boa de cinco metros de largo en medio de la milpa. “En tres ocasiones hubo fetidez en el pueblo, la primera vez cuando hubo el combate del morenal en 1929, el pueblo estaba lleno de cadáveres y durante mucho tiempo todo el pueblo apestó. La segunda vez fue en los años 50, los enemigos del cacique lo asesinaron y apestaba tanto que la gente no podía comer. Cuando murió uno de los fundadores del pueblo que era muy rico, ese mismo día se murieron todas sus vacas y los perros que las vigilaban.” Explicó cómo de ahí nació un mito que decía que Bernardo Reyes se iba a llevar a todos los que habían fundado el pueblo con él; y como no comían los habitantes, empezaron a adelgazar y vieron la señal de que se iba a realizar la maldición.
Como en la novela La feria, de Juan José Arreola, que está compuesta de fragmentos narrativos, quiere escribir los “pedacitos de un pueblo”. “El pueblo da unidad a todas las historias, ahora que empecé a investigar me doy cuenta de que hay muchas otras cosas relacionadas”, explicó.
De visita a su pueblo hace poco tiempo, , se sorprendió al ver todo igual. “Las calles son iguales, siguen siendo barrancas”. Y de recordar otra historia humorística. “Todos en el pueblo se ayudaban mutualmente en la milpa y como compensación daban de beber. Regresando a casa, los hombres borrachos se caían seguido por lo que a los hombres les faltaba un diente de delante”.
En cuanto a la situación de violencia que vive Atoyac dijo que no era peor que aquí en Acapulco. “Aquí hay cinco muertos al día, allá uno a la semana, proporcionalmente al tamaño de la ciudad, es más o menos igual que aquí, la diferencia es que allá conocemos a todos los muertos, son amigos o familiares por eso nos toca más”, concluyó tristemente.




