Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Crónicas del pasado IV

Tomás Mandinga

Tomás Mandinga es un esclavo liberto avecindado en Acapulco con fama de curandero muy acertado, tanto que había encontrado la cura para el escorbuto. Así, cada vez que llegaba al puerto una embarcación de larga travesía, la choza del médico brujo, en el barrio de La Guinea, se verá pletórica de marineros. Todos en demanda urgente de la pócima milagrosa para aliviar las encías sangrantes, el dolor de huesos, los dientes flojos y otras manifestaciones del mal.
Previsor, Mandinga conocía el calendario de arribadas tanto del Galeón de Manila como de las embarcaciones procedentes de Perú, por ello tendrá siempre medicina para el escorbuto. Mucha fruta y un champurrete a base de jugo de limón, ajo, cebolla y geranio. Y santo remedio.
El Gordo Tomás, como también se le conocía, gozaba para entonces de un estatus nunca imaginado por un hombre de su condición. Recién instalado en si choza solo era visitado por sus hermanitos de raza (“nitos”, pues), pues resultaba impensable que criollos o blancos aceptaran ponerse en manos de un esclavo. Sin embargo, cuando los dolores provoquen aullidos y hasta corten el resuello, no les quedará otro remedio que acudir con Mandinga.
Las habilidades del chamán para ahuyentar los malos humores del cuerpo estaban más cercanas a la ciencia que a la magia Sus terapias –tés, pócimas, cocimientos, emplastos y toda clase de mejunjes (en San Jerónimo se dice “menjurjes”) –tenían como base plantas y yerbas de la región. Era, pues, usufructuario de la medicina tradicional de esta su nueva tierra, envuelta en la parafernalia de los ritos de la suya.
El negro Mandinga tendrá buen cuidado de crear las atmósferas necesarias para dar confianza a sus pacientes. Lo hará mediante el uso del copal y las convocatorias dramáticas a entidades del más allá. En ese sentido será fiel a sus dioses africanos invocándolos con grandes voces y apremiantes reclamos. Llamará, entre otros, a Xangó, Lemayá y principalmente a Ossaim, dios este de las hojas y las yerbas medicinales. Cada uno de ellos, andando el tiempo, tendrá su equivalente sincrético en el santoral de la iglesia católica. Respectivamente, San Lázaro, San Jorge, N.S. de la Concepción y San Benedicto.
No es Mandinga un negro de cuerpo apolíneo y ojos verdes según el estereotipo divulgado por los culebrones ilustrados de doña Yolanda Vargas Dulché. Se trata de un hombre maduro, bajo de estatura, cargado de carnes y con un leve rengueo de la pierna derecha. Las cicatrices de su rostro no son secuela de viruela, son tatuajes característicos de su etnia Mandinga en el africano Cabo Verde y de ella ha hurtado el nombre. Mismo origen, por cierto, del esclavo del conquistador Pánfilo de Narváez, Francisco Eguía, portador de la viruela negra que, convertida en epidemia, diezmará la población indígena de la Nueva España.

El médico brujo

Las enfermedades venéreas estaban a la orden del día en Acapulco (¿hoy, no?). Despreocupados marineros y atribulados frailes acudían en tropel a la choza de Mandinga. Este los formaba para hacerles beber una pócima amarga como mentada de madre. Contenía zarzaparrilla, genciana, doradilla, pirul y un ingrediente secreto nunca revelado por el curandero. Dos tomas bastaban.
La tripa de Judas era y sigue siendo muy efectiva para curar el reumatismo, mucho mejor si se le añade mariguana. Tomás hacía correr a los reumáticos con un cocimiento de ambos vegetales. Por su parte, los enfermos del riñón se olvidaban de sus males luego de ingerir una infusión de ramas, flores y semillas de retama. La granada, raíz y corteza hervidas, era un excelente vermífugo.
El epazote, imprescindible desde entonces para darle sabor al caldo, será usado por el médico brujo para curar el mal de San Vito, mientras que el chicalote será muy efectivo para desterrar la sarna y la tiña, tan comunes entre la marinería. A los enfermos de tuberculosis –y estas eran palabras mayores–, Mandinga les hacía beber un brebaje hecho a base de maguey, mastuerzo, vástago de plátano morado, eucalipto y miel de palo. Y adiós tos.
En aquella choza –consultorio– se utilizaban como purgantes dos raíces, la mexicana Jalapa y la asiática cañafístula. Otra raíz, la del polipodio o calaguala era un poderoso astringente.
Mandinga estaba conciente de que españoles y esclavos como él habían traído al Nuevo Mundo el sarampión, la viruela, la malaria, la fiebre amarilla y la lepra, entre otras plagas exterminadoras. De ahí su empeño por encontrar las yerbas o raíces que las desaparecieran.

El primer hospital

La numerosa clientela de Mandinga no estaba determinada por la carencia en Acapulco de un hospital, sino por la eficacia de su medicina y el bajo o nulo costo de la misma. El primer nosocomio del puerto lo había establecido en 1582 el fraile Bernardino de Alvarez, como un anexo al convento de la orden de la Caridad de San Hipólito, por él fundada. Se localizaba en el cerro del Padrastro, en cuya cima se levantará más tarde el Fuerte de San Diego. Lo rodeaba una huerta de cirianes cuyos frutos darán nombre al barrio de Los Tecomates.

La perdición de Mandinga

Entre la numerosa clientela de Tomás Mandinga figuraban los querendones o arrechos, como los llamaban las beatas, siempre en busca de brebajes para elevar la potencia sexual Como resultaban sus mejores clientes, el Negro mantenía una dotación permanente de un licor a base de Damiana y Pastorcita. Uno de esos brebajes, ay, lo perderá.
Acosado por una dama exudando despecho y estimulado por una propina generosa, Mandinga violará su propio código de ética preparando una pócima de amor usando una dosis excesiva de toloache. Estaba destinada a un joven de buen ver que, como muchos antaño y hogaño, prefería dos de 20 que una de 40. El resultado será catastrófico pues el mancebo perderá la razón.
Al Negro se le había pasado la mano, ni hablar.
Los influyentes familiares de la victima van directo a la Santa Inquisición. El fiscal Juan de Alvear y Carrillo presentará el caso como un acto criminal de hechicería –el mero mole de los inquisidores– y la sentencia no se hará esperar. El buenazo de Tomás no tendrá tiempo siquiera de encomendarse a sus dioses africanos, la tuerca del “garrote vil” dará su vuelta letal para destrozarle las vértebras cervicales.
¡Te fuiste, Mandinga! –se escuchará en la sala.

Remedios acapulqueños

Los siglos pasarán y la presencia de Mandinga en Acapulco se mantendrá vigente a través de muchas de sus recetas, aplicadas por nuevos mandingas. Estas ejercerán el oficio de desterrar los males del cuerpo sin temores y aprehensiones con la confianza de estar haciendo el bien.

El latido

El latido aparece cuando la panza se llena de aire por las “mal pasadas”. Lo que hay que hacer entonces es abrir la boca del estómago para que salga el chiflón. ¿Cómo? Ingiriendo primero algo ligerito, un huevo tibio, quizás, y luego algo más formal, digamos un caldito de pollo con higaditos, y para terminar una copita de rompope. Curanderos más mundanos aconsejan el ajenjo.

Las limpias

Las limpias eran –lo son hoy mismo– cosa de todos los días. Cada curandero usa sus propios métodos escenográficos para dar seguridad al paciente. Unos lo acuestan en el piso y hacen a su alrededor un círculo de fuego con alcohol. La energía negativa del enfermo se elimina con invocaciones ininteligibles mientras el cuerpo es frotado con ramas de zapote blanco. Hay quienes utilizan un huevo de gallina con la seguridad de que la yema absorberá la materia del daño. Siempre habrá un ¡oooh! al romperse el blanquillo.

Aire tirado

También se utiliza el huevo de gallina para el “aire tirado”. Lo aplica el curandero suavemente sobre la parte del cuerpo por donde haya penetrado el soplo, identificado por dolores intensos. La cura completa requiere de varias sesiones y en la última el oficiante sacrifica una gallina negra con cuya sangre deberá apagar una hornilla o fogata.

La tetlatía

Bañar con agua de coco es el remedio para quien se haya quemado con las hojas de la tetlatía. Se trata de una planta altamente caústica cuyo solo roces provoca efectos alérgicos muy dolorosos. El cuerpo se llena de ronchas y pronto alcanza altas temperaturas. Otra cura eficaz es cubrir el cuerpo desnudo con espuma de lejía.

El coraje

El coraje es una afección de los menores que, como el mal de ojo, se trasmite con una mirada odiosa. Basta que un adulto iracundo mire a un niños de brazos para que le trasmita su cólera. El enfermito se torna más inquieto que de costumbre, se le va el apetito y llora mucho. En la Costa Chica el coraje no es una afección inocua, abruman los testimonios de decesos infantiles por diagnósticos tardíos o terapias pospuestas.
Hay para el coraje, venturosamente, una medicina barata y eficaz. Dar al enfermito en ayunas dos o tres cucharadas de sus propios orines serenados la noche anterior, con dos hojas de tabaco remojadas. Una variante drástica consiste en un cocimiento de hojas de namorado con pajoso de mula prieta.
El mal de ojo lo padecen también los adultos. El cuerpo se hincha y duelen mucho los ojos. Por eso se dice que al enfermo lo “ojearon” (¡Ay, ojón!)
Para prevenir tanto el coraje como el mal de ojo, muchas madres atan un cordoncito en el cuello del niño, a manera de collarcito. O como pulserita en la mano derecha. También es muy efectiva una almendra entre las ropas del bebé, misma que se partirá en dos al recibir la descarga de la mirada del corajudo.

La vergüenza

La vergüenza, por su parte, es un mal propio de los adultos caracterizada por dolores intensos y su cura nada tiene que ver con acciones esotéricas. Basta para desterrarla una sobadita con aceite bendito de la parte adolorida, acompañada por el rezo de tres Padresnuestros. No falla.

Sombra perdida

La cura del espanto o pérdida de la sombra evoca hoy mismo a Mandinga. Son sus manifestaciones palidez, falta de apetito, calentura, vómito y diarrea.
El curandero sienta al espantado en el centro de un cuarto. Sostiene en la mano derecha un cirio encendido y en la izquierda un ramo de flores. Rezos llamando a la sombra realenga y bendiciones con agua con salada. Y ya. (Se hablará entonces del “levantamiento de la sombra”).

Mal de amores

El mal de amores no es, como pudiera pensarse, exclusivo de los jóvenes. También lo padecen hombres y mujeres de todas las edades, incluso los de la tercera edad como el escribano. Se pierde el apetito y el sueño y a veces la lucidez mental. El curandero rocía con agua con sal el rostro del paciente, le pasa una vela apagada por todo el cuerpo, lo sahuma con copal y termina frotándolo con saliva de mujer preñada (!!).

Garrotillo

El garrotillo o fiebre tropical se curaba y se sigue curando con tizanas caseras pero sobre todo “tronándolo”. Esto es, jalar manojos de cabello hasta hacerlos, efectivamente, tronar.

Paperas

Las paperas sanan como por encanto con las “casitas de huachichil” y el sarampión es menos agresivo con el clacancuayo.

Heridas leves

Nada mejor para aliviar heridas leves y raspones que cubrirlas con telas de araña. Y que alce la mano quien no haya recurrido nunca a tan eficacísimo remedio.

Piquete de alacrán

El piquete de alacrán no traba cuando se toman pequeñas dosis de petróleo (!!)

Demencia

Nada mejor contra la demencia en su fase inicial que un caldo del pájaro llamado corcocho. Si no lo encuentra hay un remedio alternativo: piquetes de avispa amarilla.

Erisipela

La “disípela”o “risipela” (erisipela) requiere de un tratamiento complicado. Se atan con un trapo rojo las coyunturas inferiores del paciente para luego darle a beber una infusión de yerbas diversas. Se le descubre la parte afectada y sobre la tumefacción se le frota delicadamente con un sapo vivo de regular tamaño. La panza del animal cambiará de color cuando haya absorbido el mal.

Tiricia

La “tiricia” (ictericia) cede únicamente ante la ingestión de chichurro sancochado y en caso extremo con polvos de calavera disueltos en caldo de pollo.
Un consejo final: mejor vaya al IMSS.

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