Esperan a emisario del nuevo gobierno español para inaugurar el museo en lo que fue el Calmécac mexica
Jorge Ricardo / Agencia Reforma
Ciudad de México
Apenas murió, los aztecas le arrancaron la mandíbula, carne, hueso y cinco dientes, y le grabaron una serpiente de fuego, Xiuhcoatl, un arma de los dioses, y otra de nube, Mixcóatl, dios de la caza y de las tempestades. Cinco siglos después, sacada de entre la tierra, el fragmento de la mandíbula humana esgrafiada, es una de las más atractivas piezas del nuevo Museo de sitio, bajo el Centro Cultural de España (CCE).
Pero es sólo una pieza. Los guías recuerdan que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) sacó unos 400 costales de restos arqueológicos entre 2006 y 2008, mientras se realizaba la ampliación del recinto, hacia la calle de Donceles. Acaso exageran. Esa cantidad no es la que mencionan los arqueólogos Raúl Barrera y Gabino López Arenas, del Programa de Arqueología Urbana, a cargo de las investigaciones.
En un artículo publicado en la revista Arqueología Mexicana de octubre de 2008, los especialistas del INAH mencionan dos deidades en esculturas de piedra, siete figuras de barro de dos metros en forma de caracol cortado, el rostro de Ehécatl, dios del viento, sobre tezontle negro, una vasija donde se depositaban los corazones muertos, puntas de obsidiana, instrumentos de siembra y recipientes y utensilios coloniales.
“A partir del avance de la investigación y el simbolismo de algunas de las esculturas recuperadas es posible proponer, de manera preliminar, que esta edificación sea el Calmécac”, escribieron. El Calmécac era la escuela adonde iban los hijos de los nobles aztecas, ahí se les educaba para ser ser sacerdotes, guerreros de la élite, gobernantes, o dedicarse a la historia o astronomía.
Fray Bernardino de Sahagún, en su obra Historia General de las Cosas de la Nueva España apuntó: “Es la casa de la penitencia y lágrimas donde se crían los señores nobles”.
En las cédulas del nuevo museo también que se encontraron otras dos esculturas, una de Xiuhtecuhtli, el señor de la turquesa, deidad solar; la otra, Mictlantecuhtli, deidad de la muerte. “Posiblemente fueron depositadas ahí por indígenas tras la Conquista, para protegerlas de la destrucción”. Las dos fueron trasladas al Museo del Templo Mayor.
Aunque desde octubre el museo fue concluido, no ha sido inaugurado. Las autoridades del CCE esperan organizar un acto con un representante del nuevo gobierno de España y la oficina de prensa del INAH informó que se ajustarán a ese calendario para dar informes. Mientras tanto ya se realizan recorridos diarios.
El recinto se encuentra entre la primera planta y un segundo sótano. En el museo el mayor espacio lo ocupan las bases de la antigua escuela, restos de banquetas, escalinatas y desplantes de columnas que sostenían el techo, restos de un muro de piedra y lodo que delimitaban el inmueble, construidos, según los investigadores, entre 1486 y 1502.
Alrededor, en vitrinas, está el rostro pétreo de Ehécatl, el dios del viento, hecho en tezontle negro, con la pigmentación original, franjas negras y amarillas y la boca pintada de rojo, está adornado con la figura de un mecate en la frente y orejeras en forma de caracol cortado, símbolo asociado con la fertilidad. Dos figuras más de caracol cortado, en esculturas más grandes, llamadas amenas, se encuentran también ahí. “Es probable hayan decorado el techo del edificio y que fueran retiradas y después depositadas cuidadosamente al pie de las escalinatas”, escribieron Raúl Barrera y Gabino López.
Otras piezas exhibidas son cuatro lápidas con grabados en bajorrelieve, tres de ellas aluden al desmembramiento humano. Otra pieza recuerda a los sacrificios humanos: un fragmento de cuauhxicalli o vasija del águila, utilizada como recipiente de los corazones humanos, es rojizo adornado con figuras con forma de alcatraces.
La muestra del museo de sitio se completa con un pilote que sirvió para construir sobre el agua, una coa prehispánica con que se abría agujeros en los surcos en la siembra, también miniaturas de cerámica, madera y conchas, también algunas piezas, platos y una pistola, de la época colonial, junto con imágenes del proceso de excavación bajo el CCE.
En dos pantallas se recrea en tercera dimensión la historia. El Calmecác era una escuela para enseñar los oficios nobles de los aztecas. El Telpochcalli era otra, para los servicios y para la guerra. Los padres llevaban a sus hijos al Calmecác, apunta Bernardino de Sahagún. “y si era hijo de pobre le ponían hilo de algodón flojo, y le cortaban las orejas, y sacaban la sangre y la ofrecían ante la estatua de Quetzalcóatl; y si aún era pequeño tornaban a llevarle consigo los padres a su casa”.




