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Raymundo Riva Palacio

PORTARRETRATO

* Reto contra el Principio de Peter

Experiencia en el campo energético no tiene mucha más que incursiones de tipo académico. Pero como desarrollador de proyectos e ingeniería financiera, Emilio Lozoya Austin ha tenido una exitosa carrera en el sector privado. A los 38 años, los tramos en los que ha concretado etapas han sido cortos pero ninguno más desafiante como el que enfrenta ahora como director de Pemex: transformar la empresa estatal que sostiene a México, sin transformarla de fondo. El reto fue voluntario. Desde que vislumbró a Enrique Peña Nieto como Presidente, recuerdan quienes lo conocen, Lozoya Austin pensó en Pemex.
Su designación fue sorpresa para muchos, que lo veían como secretario de Relaciones Exteriores por su trabajo en la campaña y el equipo de transición. Las tareas internacionales –apoyado durante meses por el ex embajador de México en Washington y Naciones Unidas, Jorge Montaño– le fueron encargadas por la vasta red de contactos en el mundo que construyó desde que estudió la maestría en la Universidad de Harvard y amplió como jefe del Foro Económico Mundial en América Latina.
Su networking le abrió las puertas de los periódicos más influyentes del mundo y las cadenas de televisión que agitan el pulso de la opinión pública global, que usó como herramientas estratégicas tras la victoria del 2 de julio para legitimar la victoria sobre Andrés Manuel López Obrador. También fueron fundamentales para obtener, aún sin el fallo del Tribunal Electoral, las felicitaciones de los líderes de otros países que le dieron mayor certidumbre a los mercados sobre el devenir electoral mexicano.
Lozoya Austin y Montaño, en ocasiones acompañados por el actual jefe de Oficina de la Presidencia, Aurelio Nuño, dieron una de las batallas menos conocidas de la campaña presidencial, en Estados Unidos, donde viajaron con frecuencia para contrarrestar la versión diseminada por el ex secretario de Gobernación Alejandro Poiré y –de acuerdo con miembros del equipo de Peña Nieto– el entonces embajador en Estados Unidos, Arturo Sarukhán, que el regreso del PRI a Los Pinos sería el fin de la lucha contra el narcotráfico.
Uno de los momentos clave para desmantelar esa percepción fue cuando el Grupo Monterrey le sugirió a Peña Nieto en la campaña que incorporara a su equipo al general Óscar Naranjo, cuyo trabajo en Colombia contra los cárteles de la droga lo llevó a ser considerado “el mejor policía del mundo”. La tarea de reclutamiento se la encargó Peña Nieto a Lozoya Austin. Como responsable latinoamericano del Foro Económico Mundial, conocía perfectamente Colombia y a sus líderes, entre los que se encontraba Naranjo, quien con un puesto fijo como director de un nuevo centro de investigación del Tecnológico de Monterrey en la bolsa, no pudo negarse a la propuesta de Peña Nieto, de sumarse como asesor en seguridad pública.
El trabajo que realizó Lozoya Austin, le ganó el respeto de los más cercanos a Peña Nieto. “Trabaja muy bien y es muy eficiente”, dijo uno de ellos. Les sorprendía la cantidad de idiomas que hablaba, inglés, francés, portugués y alemán, que fue muy útil durante el encuentro de Peña Nieto con la canciller Angela Merkel en Berlín, durante su gira europea como presidente electo, que de estar programada a escasos 20 minutos, casi se triplicó en un entorno inusualmente cálido.
Lozoya Austin no pertenecía a la aristocracia de Atlacomulco, y ni siquiera olía a chorizo. Tampoco había cultivado una larga amistad con Peña Nieto, a quien conoció por medio de Luis Videgaray, con quien estableció relación cuando este trabajaba en Protego, la consultoría de Pedro Aspe. Lozoya Austin fue promotor de Peña Nieto en el Foro Económico Mundial para que en 2005 lo nombraran como uno de sus “Líderes Juveniles del Mundo” –él mismo fue nombrado así el año pasado–, procuró que el entonces gobernador del estado de México no faltara a ese foro y logró en una ocasión que abriera la cumbre de líderes políticos y empresariales.
Lozoya Austin, hijo de Emilio Lozoya Thalmann, quien junto con Carlos Salinas y Manuel Camacho armaron desde la Facultad de Economía la toma del poder de los tecnócratas, llevaba una carrera ascendente en el mundo cuando se integró al equipo del mexiquense, se le metió rápidamente a Peña Nieto por su trabajo y trayectoria. Abogado por la UNAM y economista por el ITAM, obtuvo en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, su grado en la maestría de Administración Pública más nueva que habían instaurado, Desarrollo Internacional, donde institucionalmente afirman estar diseñada “para preparar a la siguiente generación de líderes”, donde sólo aceptan cada año a 65 alumnos.
Llegó a Harvard tras ser analista en el Banco de México y cofundador de JF Holding, un fondo de inversiones que nació con 50 millones de euro y en 13 meses ya manejaba mil 200 millones. Su campo de expertise no es sólo en política monetaria sino también en tecnologías de información en educación y sistemas electorales –una de las profesoras de la maestría en Harvard es Pipa Norris, una experta mundial en el tema–, así como en mercados de vivienda, donde incursionó desde Harvard, donde fundó una empresa enfocada a vivienda social en México y Senegal.
En colaboración con uno de sus maestros de Harvard, Ricardo Hausemann, actual director del Centro de Desarrollo Internacional en la Escuela Kennedy, co-editó el reporte que presentaron conjuntamente esa escuela y el Foro Económico Mundial al presidente Felipe Calderón en 2009, y se vinculó académica aunque no formalmente al Consorcio de Investigación de Políticas Energéticas en Harvard, donde analizan el futuro de los hidrocarburos y desarrollan proyectos de desarrollo sustentable, como uno de alto impacto que ayudaron a desarrollar en la ciudad de México, el Metrobus.
Lozoya Austin no fue nombrado en Pemex por su experiencia petrolera, sino por su capacidad para desarrollar proyectos y lograr inversiones de capital privado, que es el objetivo del gobierno de Peña Nieto para llevar a la empresa a un nuevo estadio, pero sin que esa apertura conlleve una reforma a la Constitución. La tarea que le encomendaron es encontrar esos espacios dentro de la ley actual que sean a la vez ventanas de oportunidad. El nuevo director de Pemex, afirman quienes lo conocen, está seguro de poder hacerlo, y desde que llegó al cargo ha buscado los nexos con quienes podrían comenzar la oposición a los cambios, el sindicato petrolero, con el que rápidamente se sentó a platicar.
En lo académico y lo intelectual, Lozoya Austin tiene herramientas para mover a Pemex. Pero no bastan en la vida real. Lo debe entender, pues en el poco tiempo que lleva en la dirección, ha mostrado una vena política que no se le conocía –asiste a reuniones donde los petroleros lo invitan y le hablar con los empleados, ante quienes por primera vez en la historia de los directores, se presentó públicamente cuando llegó. La transformación de Pemex es uno de los objetivos, si no el principal, en el que se ha embarcado Peña Nieto, que podrá ser el salto al futuro de Lozoya Austin, su Principio de Peter.

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