Anituy Rebolledo Ayerdi
Crónicas del pasado VI
Un abrazo solidario para Fernando Alvarez por la pérdida dolorosa de Imelda, su compañera de vida
Los cuarenta beligerantes
Un gran salto hacia atrás y llegamos a la cuarta década del siglo XX para toparnos con la Segunda Guerra Mundial. México le entra al conflicto cuando ya se disparan los últimos cañonazos, no obstante haber padecido desde el principio las enormes dificultades y restricciones económicas derivadas del conflicto.
Empecemos diciendo que nuestro país estaba gobernado por el general Manuel Avila Camacho y que éste tenía un hermano no solamente incómodo sino cabrón y vesánico. Maximino era su nombre y estaba ligado al de Acapulco por haberse agandallado – “nomás por mis güevos azules”–, el islote de Caleta. Ahí esta todavía la que fue su residencia veraniega, expropiada más tarde por el presidente Alemán. Era gobernador de Guerrero el también general Gerardo Rafael Catalán Calvo y alcalde de Acapulco don Enrique Lobato Cárdenas, aferrado a su militancia escuderista y a quien la gente prefería llamar “orero” en lugar de orfebre.
Senadores, el líder agrario Nabor Ojeda y el atildado abogado Arturo Martínez Adame, quien será gobernador sustituto cuando sea defenestrado el general Raúl Caballero Aburto. Entre los legisladores federales figuran Rubén Figueroa Figueroa, Alfredo Córdova Lara, Mario Lasso y Jesús Muñoz Vergara. Este último, al decir del cronista Carlos E. Adame , fue lanzado a la Cámara por los vientos de un ciclón. Así lo explica:
Primera dama
El jefe de Telégrafos del puerto, Muñoz Vergara recibe antes que nadie la noticia de un ciclón sobre Acapulco. Sabedor de que aquí vacaciona la esposa del presidente Lázaro Cárdenas, doña Amalia Solórzano, se lanza en su búsqueda para alertarla. La primera dama y su pequeño hijo Cuauhtémoc se hospedan en un bungalow de la Comisión Federal de Caminos, localizado en en barrio de Manzanillo. El tío de Roger Bergeret Muñoz convence a doña Amalia de abandonar rápidamente aquél frágil albergue que, tan sólo unas horas más tarde, será barrido por la furia de los vientos y la lluvia.
Mujer agradecida, sin duda.
Guerra en el Pacífico
Acapulco ni suda ni se acongoja porque el conflicto se libre en buena parte del Océano Pacífico, el mismo que lo baña. Uno de los escasos signos delatores de guerra son los barcos artillados surtos cotidianamente en la bahía, de todos los tipos y tamaños. Enarbolan la bandera de las barras y las estrellas, aunque no faltan los que ondean la muy nuestra tricolor. Esto último a partir de que la “ inteligencia mexicana” descubra planes alemanes para usar a México como cabeza de puente y desde aquí darle el zarpazo a los gringos. Una leyenda similar se había tejido en tiempos del jefe Carranza.
Habrá una razón poderosa para aquella presencia estadunidense en el puerto. Ofrecer a sus héroes fatigados un relajante descanso luego de enfrentar con valor y arrojo a los soldados alemanes y japoneses.
Estos, al decir un profe de la Altamirano, eran “las dos especies más crueles y sanguinarias de la humanidad” (si tal cosa fuera cierta, algunos mexicanos ya les habrían arrebatado hoy mismo el primer lugar).
Un relax que aquellos valientes guerreros encontrarán en la caricias y arrumacos de mesalinas profesionales, casi todas jóvenes y esculturales aunque no faltaban las de “ triple lonja” Eran las reinas de la noche en la ya entonces famosa “zona roja” de Acapulco. Entorno caótico y farragoso en el que los visitantes extraños solo atendían sin entender palabras como “pásale güero”, “gringo”, “tequila”, “grandote”, “papacito”, “noespikinglis” “foqui-foqui”, “cuarto”, “money-dollars” y “¡por ahí no!”.
Los vuelos
Aprovechando el cierre de todos los centros de veraneo de Europa y Asia, particularmente los isleños, Acapulco se servirá con la cuchara grande. El turismo nacional e internacional fluye constante y en gran número. Tanto que para 1944 se inaugura el aeropuerto nacional en Pie de la Cuesta, donde los viajeros recibían dos maravillosos primeros impactos: las olas gigantescas y los atardeceres dorados.
Aeronaves de México (teléfonos Ericsson 13-20-77 y Mexicana L-86-59), ofrecía dos vuelos diarios: México-Acapulco, a las 8 y a las 12.30 horas y el regreso a las 10 y 14 horas. El viaje sencillo costaba 73 pesos con 21 centavos mientras que el redondo 113 pesos con 77 centavos. A partir de aquí había vuelos a Zihuatanejo, lunes, miércoles y viernes a las 7 de la mañana, para llegar a las 8:40 horas.
Simultáneamente, surgirá el necesario servicio de transportación terrestre. Se ofrecía en automóviles del año y con tarifa única de 10 pesos (cuatro pesos por un dólar era el tipo de cambio, fijo a partir de 1944). Entre sus pioneros de ese servicio: José Pepe Villalvazo, Leobardo Cano, Ramiro Sosa, Raúl Walton (padre del alcalde LWA), Arturo López, Rafael Camacho, Alfonso Mocho Sutter, José Polín, Francisco María Dávila y Sigifredo Aguirre.
Camioncito Flecha Roja
Sólo una alma sensible y enamorada como la del taxqueño Raful Krayem (1909-1939), pudo cantarle a una unidad del transporte público y para colmo de segunda. Su Camioncito Flecha Roja (no te lleves a mi amor, llévala por toda la orilla de ese río murmurador), sigue siendo a distancia de 80 años tema de trovadores vernáculos y no falta en las sinfonolas pueblerinas. ¡Cómo cambian los tiempos!: hoy a los camiones del puerto no les hacen canciones, los queman.
La Flecha Roja ofrecía, en efecto, un servicio de segunda. Sus salidas a México eran diarias a las 6, 8, 18 y 20 horas y el costo del pasaje era de 10 pesos con 25 centavos. El recorrido oficial era de 458 kilómetros. Cada pasajero tenía derecho a llevar 10 kilos de equipaje, pagándose los excedentes a razón de 14 centavos el kilogramo. La terminal en el DF estaba en Netzahualcóyotl número 5 y en Acapulco en el hotel Fénix.
La Estrella de Oro
El servicio de primera en la ruta México Acapulco, y viceversa, lo cubría la empresa Estrella de Oro y el costo del pasaje era de 16 pesos con 25 centavos. Había salidas a partir de las 6 de la mañana y hasta las 21 horas.
Los acapulqueños que viajaban a la metrópoli en plan de negocios preferían esta última salida para ahorrarse el hotel, toda vez que llegaban a 8 de la mañana. Cada pasajero tenía derecho a cargar hasta 20 kilogramos de equipaje, cubriéndose los excedentes a razón de 17 centavos el kilogramo, más 15 centavos del “seguro”. La terminal en Acapulco se ubicaba en la avenida Álvaro Obregón, rebautizada con el nombre de Cuauhtémoc a partir del descubrimiento de Ixcateopan.
La carestía de la vida
¡Qué caro está todo en Acapulco!, era una queja permanente ante precios como estos: jamón cocido, 6 pesos kilo; mayonesa grande, 48 centavos; chiles jalapeños, 35 centavos lata; frutas en almíbar, 35 centavos lata; caramelos Larín, un peso con 30 centavos el kilogramo; jabón Palmolive, de 50 a 75 centavos; Colgate chico, 15 centavos; alkaseltzer, 20 centavos tableta; bata de playa para señora, $14.50; sábana de bramante, $6.75; cámara fotográfica Brownie réflex, $19.45; reloj marca Haste de 15 joyas, $35.75.
El acabose
¡Esto es el acabose! exclamaban los caballeros cuando les informaban en la botica Acapulco que el “Tostafort” había subido a ¡cinco pesos !
El “Tostafort” era el afrodisíaco de moda, muy efectivo, decían. Otros precios imposibles: quemadores de petróleo y tractolina, 95 centavos; linterna de mano Eveready, 30 centavos; Ginebra nacional, 3 pesos con 15 centavos el pomo; Ginger ale Canada Dry, 25 centavos y la sidra champagne, un peso con 75 centavos.
Las sillas
Los balandros para pesca se alquilaban en cien pesos los grandes y 50 los chicos, todo el día. Las tablas flotadoras, $2.50 la hora y las sillas de playa con sombrilla, $ 1.50 y $2.50 la hora.
Los hoteles
Papagayo: (hoy parque del mismo nombre) Cuarto sencillo en el edificio principal 25 pesos y doble 45; bungalows en la sección Anáhuac, con dos camas, hall, baño y refrigerador cada uno 50 y 70 pesos.
Chalets de lujo, 50 y 70 pesos planta alta; 45 y 60 pesos planta baja. Precios por día incluyendo alimentos.
El Mirador: cuartos, 30 pesos sencillo y 50, doble. Departamentos de lujo, 88 pesos sencillo y 98 pesos, dos personas; chalets, 80 pesos para dos personas y 98 pesos para tres.
Flamingos: “Se localiza montado junto con el faro de La Roqueta, en la peña más alta de Acapulco. Es el mejor sitio para admirar el paso de los delfines “gladiador”, los más grandes enemigos de las ballenas”. La tarifa individual va desde los 45 pesos y la doble hasta ochenta y cinco, ambas con alimentos. Fue adquirido por un grupo de luminarias de Jólibut.
Las Hamacas: Todas sus habitaciones están en medio de “cocales” de los que cuelgan frescas hamacas. Sus precios desde 15, 25 y 30 por noche.
La Marina: Ubicado en el Zócalo de la ciudad, el hotel La Marina ofrece habitaciones con alimentos de 15 a 30 pesos diarios. Cuenta con un excelente servicio de restaurante y bar. Fue alguna vez su directora de relaciones públicas la tamaulipeca Linda Christian, con dominio del inglés, italiano, alemán, neerlandés y un poco de árabe y ruso. Descubierta por Errol Flynn, filmó aquí Un capitán de Castilla, con su futuro marido Tyrone Power, y Tarzán y las sirenas, con Johnny Weismuller.
Del Monte: “El anuncio luminoso del Hotel del Monte domina la ciudad, como si fuera un faro”. Cuarenta y cinco pesos es su tarifa por cuarto individual y ochenta y cinco para dos personas. En charla con el autor de esta guía, arquitecto Héctor Enríquez, el propietario de la hospedería , Héctor Álvarez Álvarez le informa que pronto se construirá un hotel vecino con 200 cuartos (Casablanca) y que está por inaugurarse la primera planta del hotel de las Américas, con 400 cuartos.
Del Pacífico: En construcción, el Hotel del Pacífico, a 25 metros del mar (Caleta), ofrece servicios espléndidos y muy cómodos. Hay cuartos de 25 pesos diarios con alimentos y “derecho a baño”. Los hay también de diez pesos con similares prerrogativas.
Los ruleteros
¿Ruleteros? Sí, por andar a la vuelta y vuelta como la ruleta. La dejada mínima era de tres pesos del Zócalo a La Quebrada y de cuatro pesos del mismo lugar tanto a Caleta como al hotel Papagayo. La hora de servicio se cobraba en ocho pesos y el viaje a Pie de la Cuesta, con una hora de espera, quince pesotes. Los sitios de tal servicio se localizaban, el Número Uno en la avenida Escudero de la que tomaba el nombre. El número Dos se asentaba en el Zócalo y se llamaba Alvarez y el Emancipación ( 7) en la terminal de la Estrella de Oro.
Algunos ruleteros serán luego personajes de la vida económica, política y social del puerto. Se cita entre ellos a Rafael Camacho Salgado, Arturo Escudero, Ernesto Nava Alarcón, Roberto Gayso Maya Torreblanca: Ernesto y Rufino Alvarez, Lorenzo Montesinos, Raúl Fernández Galeana, José López, Tocho y Andrés Román Montes de Oca, Pedro Galeana y Mario Martínez Morán, entre muchos otros. Este último, concesionario de la Nissan en Guerrero, acaba de lanzar una camioneta Urban para 15 pasajeros, armada en sus propias instalaciones del parque industrial del Ocotito, y que, en opinión del gremio, es una chulada.
Agradecimientos
Muchas gracias al arquitecto Ricardo Cobos por acercarnos al opúsculo En el mar del Sur, Acapulco, del también arquitecto Héctor Enríquez, al que hemos saqueado impunemente para esta entrega.
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