Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

El desarrollo y la simulación

Cuando llegué a la Costa Grande, la palma de cocotero no era más que un adorno verde del paisaje porque el precio de la copra no alcanzaba ni para pagar la cosecha.
El ajonjolí casi desaparecía de la lista de cultivos porque junto con la copra carecían de competencia frente a los productos oleaginosos que se empezaban a importar.
El maíz, si es que alguna vez llegó a ser un cultivo superavitario, sólo se cultivaba para el autoconsumo.
Hasta el arroz de temporal, cuyo cultivo alcanzó en su época de auge la cifra de 7 variedades, dejó de cultivarse en la sierra cuando la Conasupo llevó el grano importado a sus tiendas comunitarias barato y pelado.
En la cultura de los costeños a principios de los ochenta había dominado la idea oficial de que eran los nuevos cultivos de frutales el futuro promisorio, junto con el ganado bovino, si su explotación dejaba de ser extensiva.
La carne y la fruta eran los productos que el mercado norteamericano le había asignado a la región costera y todo indicaba que el gobierno aceptaba a pie juntillas esos designios porque así integraba sus programas de apoyo al campo con recursos provenientes del Banco Mundial, sin otra referencia del desarrollo.
Pero había más, al gobierno federal no se le ocurrió otro método para el despegue económico de la región que radicar los recursos de inversión con la vieja estructura burocrática dominada por el caciquismo.
Las instituciones públicas y la organización social en la región respondían ampliamente a la política paternalista del gobierno quien usó con largueza el dinero del Banco Mundial para las inversiones en infraestructura y los apoyos económicos para los grupos formados en el priísmo.
La economía regional creció desmesuradamente por la vía de las inversiones en infraestructura urbana y el pago de las indemnizaciones por las tierras expropiadas, pero sin orden ni concierto para modernizar la economía.
La producción agropecuaria se deprimió, la pesca se mantuvo atomizada y anacrónica, y la industria turística creció a la vieja usanza con el predominio de las grandes cadenas hoteleras monopólicas, elitistas y discriminadoras.
Desde la Comisión de Conurbación de la Desembocadura del Río Balsas para la que yo trabajaba, había una visión progresista del desarrollo regional.
Una buena parte de quienes constituíamos el equipo del secretariado técnico del organismo de planeación teníamos una formación y una militancia de izquierda, de manera que buscamos ser consecuentes con nuestros principios aprovechando al máximo la cobertura legal que ostentábamos como organismo descentralizado cuya cabeza de sector era la Sedue.
Durante casi un año estudié la teoría de los polos de desarrollo sobre la que se sustentaba la política lopezportillista que en el periodo de Miguel de la Madrid tomó forma en las famosas trece zonas prioritarias del país para la descentralización de la economía.
El reto era evitar que el puerto industrial de Lázaro Cárdenas y el emporio turístico de Ixtapa concebidos como polos de desarrollo devinieran enclaves, convirtiéndose en la locomotora capaz de jalar a los sectores económicos locales para alcanzar el desarrollo equilibrado.
Hicimos un diagnóstico de la región, que abarcaba hasta 15 municipios de la desembocadura del Balsas. En el Plan de Ordenamiento Territorial que elaboramos se estableció el pronóstico como visión de lo que pasaría si se dejaba todo en manos de las libres fuerzas del mercado, y se diseñó una estrategia compuesta de acciones encomendadas a cada uno de los organismos públicos presentes en la zona para actuar coordinadamente desde los tres órdenes de gobierno.
Fue en ése trabajo que iniciamos con la machacona costumbre de llamar órdenes de gobierno a lo que antes se concebía como niveles, reproduciendo la idea y la mentalidad jerarquizada con la que todos actuaban.
De los dos equipos del secretariado técnico de la Comisión de Conurbación, el establecido en Lázaro Cárdenas se especializó en lo urbano dominado por los arquitectos, y del lado de Guerrero, en Zihuatanejo, nos encargamos del aspecto socioeconómico.
Para nosotros era claro que se trataba de fortalecer a los actores sociales en el proceso de cambio que se vivía, una visión radical y contraria a lo que hasta entonces se hacía desde el gobierno.
Nos enfocamos más en la vida rural que en la urbana porque en el campo se visibilizaban las organizaciones dominadas por la ideología paternalista y porque desde entonces creímos que es la sustentabilidad el modo de vida que los campesinos pueden desarrollar como alternativa viable.
Para acercarnos a los campesinos privilegiamos el trabajo en el seno del distrito de desarrollo regional que tenía su sede en la cabecera municipal de Petatlán.
Aparte de poder interactuar ahí con los funcionarios de las dependencias federales y estatales para discutir y descubrir conductas, aclarar conceptos de desarrollo y evaluar resultados, tuvimos a la mano la relación con los campesinos organizados.
Ya he contado que en aquella época cualquier viajero atento podía mirar desde la carretera costera los proyectos abandonados o inconclusos, destinados a los campesinos, como una abigarrada población de elefantes blancos.
Hasta de memoria aún puedo contarlos empezando por el desarrollo turístico de La Barrita, la planta secadora de copra y la jabonera en San Jeronimito; la maduradora de plátano y el centro de acopio pesquero en Los Achotes; las galeras de pollos y la apícola en El Coacoyul; la bloquera y empresa ganadera en Agua de Correa, el centro turístico Calpulli en Zihuatanejo, la tabiquera y hielera en Barrio Viejo; la granja porcícola en Barrio Nuevo, la secadora de copra y la empresa ejidal ganadera en Pantla; el centro turístico en Troncones, la empresa ganadera y la avícola para mujeres en Buena Vista, la gasolinera ejidal, el vivero de frutales y la secadora de copra en La Unión, etc.
Era ese panorama regional la mejor muestra del desastre de la política paternalista, vertical y autoritaria implementada desde el gobierno. Pura simulación y costos exorbitantes.
Pero de todos esos proyectos que se impulsaron con dinero público, el de la ganadería fue el más ambicioso, el más costoso y el de mayor impacto depredador pues mediante la implementación del Plan Nacional de Desmonte, en la Costa Grande se acabó con 3 mil hectáreas de bosques y selvas para convertirlas en pastizales de 25 empresas ejidales ganaderas bajo la pretensión de viejos burócratas que soñaban con revivir las haciendas ganaderas costeñas de la época porfiriana.
En mi libro La lucha de los ganaderos ejidales de la Costa Grande, de edición digital que cualquiera puede bajar gratuitamente de la página www.tecuan.org narro con detalle la experiencia que vivimos para rescatar el fracasado proyecto de ganaderización, convirtiéndolo en un ejemplo de desarrollo autónomo y de liderazgo campesino frente a la simulación oficial.
Para rescatar la inversión pública en el sector ganadero el itinerario que siguieron los campesinos implicó la recuperación de su dignidad, la identificación de los enemigos del progreso, su capacitación y organización que sobrepasó los límites municipales, para alcanzar el objetivo máximo de cubrir los adeudos de créditos que a través del Banco Rural el gobierno había hecho caer sobre las espaldas de los ejidos.
Del recuento que hicimos sobre el desastre de la ganadería que no se traducía ni en la mejora genética del ganado en la región, ni en la conversión de los ejidatarios en ganaderos, mucho menos en el emporio capaz de abastecer la demanda regional, sobresalía la contaminación del ganado local por bruselosis, el enmontamiento de los potreros y el fortalecimiento de la cadena de intermediarios que redefinieron a la costa como región productora de becerros cuyos beneficios fortalecían principalmente la economía de los enclaves ganaderos del Bajío, de Veracruz y Tabasco.

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