Federico Vite
Poéticamente perturbada
Un 11 de febrero de 1963 se suicidó la poeta y novelista Sylvia Plath. En narrativa, la autora de El coloso dejó una novela titulada La campana de cristal (The belle jar), firmada por el pseudónimo Victoria Lucas y publicada el mismo año que Sylvia muere.
Cincuenta años después de su aparición en las librerías, se lee a La campana de cristal como un documento autobiográfico. La novela se ambienta en los años 50 del siglo pasado, recuerda un poco a El guardián entre el centeno, del mítico J.D. Salinger, y El juego favorito, de Leonard Cohen. Plath cuenta la historia de Esther Greenwood, quien narra en primera persona, y en pasado, las preocupaciones de una chica que se siente atrapada e incapaz de sobresalir en la vida.
Greenwood es una brillante estudiante de 19 años. El verano en que se va a Nueva York como becaria de una prestigiosa revista femenina sufre una crisis emocional que la lleva a un intento de suicidio. Empieza entonces un recorrido por varias clínicas psiquiátricas, hasta que es tratada por la doctora Nolan, mujer brillante que la ayuda a recuperarse. Finalmente, Esther sale del psiquiátrico tras haber asumido la capacidad de tomar decisiones, por ejemplo, no casarse con su prometido Buddy Willard, un chico hipócrita y dominante, porque si lo hace no podrá dedicarse a su carrera como escritora.
Plath no quiso poner su nombre en ese libro, sabía que muchas personas se molestarían. Y prefirió narrar, respaldada por la señora Lucas, su juventud e iniciación sexual, su estancia en una clínica psiquiátrica, la relación de amor y odio con su familia, y el enorme interés por temas paranormales.
Más que indagar en los secretos de Plath, el libro es una reflexión acerca de las elecciones que uno debe hacer para entrar con relativa tranquilidad a la edad adulta. Greenwood debe escoger entre múltiples opciones lo que será su vida, pero el deseo de querer abarcar todo sin lograrlo deriva en frustración. Ser adulto, parece decirnos Plath, es doloroso porque obliga a que renunciemos a nuestra individualidad. En palabras de la protagonista de La campana de cristal el asunto es: “Perderse para volver a nacer remendada, recompuesta y aprobada para salir a la calle”.
La campana de cristal expone el mecanismo emocional de Plath. Refleja la neurosis y depresión de la poeta. Varios fragmentos de la novela me recordaron las anotaciones que Alejandra Pizarnik hizo en su diario, donde mostraba su preocupación por ser alguien mejor (más lista, excelente poeta, divertida, sensual e inteligente), pero su estado anímico sólo reflejaba, al igual que el alter ego de Plath, frustraciones recurrentes y neurosis.
Finalmente les transcribo un párrafo de La campana de cristal que simple y sencillamente atrapa. “Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.
Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies”.
Siguiendo el juego de Sylvia, diré que Victoria Lucas realiza una elocuente exposición del factor Plath, poeta que sufría un padecimiento sin nombre médico, pero que debía tratarlo y para ella la única vía de sanación fue el suicidio. Porque un 11 de febrero de hace 50 años esa mujer abrió las llaves del gas y esperó el arribo de la muerte; no era la misma mujer que escribió en su diario una sentencia: Estoy hecha para el éxito. No, no era.




