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Asombra proyección de audaz montaje de Rigoletto en el Auditorio Nacional

Yanireth Israde / Agencia Reforma

Ciudad de México

A ratos, el público reunido el sábado en el Auditorio Nacional contenía el impulso de aplaudir. Seguían, mediante una pantalla, la ópera Rigoletto, en vivo desde el Metropolitan Opera House de Nueva York y allí estaban las palmas a punto del choque, como si actuaran por cuenta propia para sembrar el estruendo, pero no, mejor no, la frialdad de la proyección en high definition apagaba el ardor. Sólo de unas cuantas manos escapó el aplauso.
Claro que en Nueva York no tenían empacho en ovacionar un montaje tan audaz como este Rigoletto que transcurre en Las Vegas de 1960 en lugar de situarse en la ciudad italiana de Mantua, en el siglo XVI, según el libreto original de Francesco Piave, basado en El rey se divierte de Víctor Hugo, con música de Giuseppe Verdi (1813-1901).
La tragedia de Rigoletto (Zeljko Luci), el jorobado que llora “lágrimas de sangre bajo una máscara de bufón”, se fragua en un casino rutilante, propiedad del Duque de Mantua (Piotr Beczala), donde bailarinas con antifaz, trajes de lentejuela y plumas revolotean alrededor de varones envueltos también en atuendos trepidantes, entre naipes, fichas de juego y alcohol.
“La monogamia es monotonía. ¿Por qué dejarse caer en la trampa del monopolio”, canta el duque, el mismo que seduce a la inocente Gilda (Diana Damrau), la hija de Rigoletto, su única familia y remanso espiritual.
El director Michael Mayer se propuso acercar la obra –estrenada en Venecia en 1851– al público contemporáneo, que puede encontrar en el casino un sitio equivalente el palacio del Duque de Mantua, con sus derroches y frivolidades cortesanas, de las que Gilda permanece apartada.
El dueto ¡Hija! ¡Padre mío! entre la joven y el apesadumbrado Rigoletto, quien se granjea con sus burlas la maldición del conde Monterone, es uno de esos momentos que encienden la palmas –unánimes allá en Nueva York, aisladas en el Distrito Federal– para elogiar la cristalina interpretación de la soprano alemana Diana Damrau y la dulzura de su personaje, así como la voz timbrada y firme del barítono serbio Zeljko Luci.
El salto de cuatro siglos entre la versión original y esta adaptación recibió la aprobación de los asistentes al Auditorio por su apego al libreto original, si bien hubo quien extrañó, en la escena final, el río donde muere Gilda.
Hilda Trujillo, directora de los Museos Diego Rivera-Anahuacalli y Frida Kahlo, la consideró una obra audaz para el público conservador del Metropolitan.
“Pero creo que cumple más allá de las expectativas y es una producción que no por audaz desmerece. Los cantantes son soberbios. Es interesante que lo haya aceptado el público del Met; es más open mind el público de México, el de Nueva York es más estricto”, asegura.

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