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Federico Vite

Uno se acuerda de El Rayo

Rafael Ramírez Heredia, El Rayo, como le decían sus amigos, murió en octubre de 2006. Un buen día de 2004 me animé a ir a su taller, impartido cada martes en un salón especial de la delegación Coyoacán. Recuerdo que lo oí leer uno de esos cuentos que él denominaba “para limpiarse”. Puse mucha atención a su lectura en voz alta porque su ritmo siempre me pareció una de sus mejores he-rramientas. La forma en que crecían las oraciones y en las que el narrador pasa el micrófono a los personajes de una manera espectacular. Escuché pues un texto cumplidor, un germen en el que se notaba el molde de ese cuento que le dio fama fuera del país: El Rayo Macoy.
Regresé por la madrugada al cuarto que rentaba en el DF. Tenía un par de libros de Ramírez Heredia, La Jaula de Dios y Del trópico, libro que se presentó en el Teatro Domingo Soler en Acapulco en el 2001 o 2002, no recuerdo bien la fecha, en uno de los encuentros El Sur existe… a pesar de todo. Se hablaba en aquel entonces que Ramírez Heredia le había robado las historias a un novel e inexperto cuentista. Al final, ya no se supo por qué había tanto argüende. Pero pensaba en los recursos estilísticos del Ramírez Heredia nove-lista y el Ramírez Heredia cuentista. El primero tenía menos intensidad, detalla escenas, descripciones, pero se da su tiempo para concretar las tesis postuladas al inicio de la trama; el segundo exigía mucho: que el lector estuviera cien por ciento al tanto de los hechos, que siguiera la línea argumental confiando ciegamente en el autor. El Rayo tiene una forma distinta de narrar en corto, no se parece a Re-vueltas, Arreola, García Már-quez, Gardea, Elena Garro, Inés Arredondo, a Tario. Si releemos El Rayo Macoy notamos que Ramírez parece afincarse en espirales, sus cuentos necesariamente recurren al flash back y el autor sujeta la madeja que conduce al protagonista y antagonista del relato al enfrentamiento que derivará en el desenlace. Casi todos los personajes son héroes cansados de la bohemia, ombudsman del trago en la cantina La Guadalupana y amantes malogrados. Ramírez Heredia disfruta enormemente de las enumeraciones, acumula datos, imágenes que recrean la realidad ominosa de los personajes. En la novela, el orden permite que el lector vea cada detalle del paisaje y se deleite con la panorámica; en cuento, el lector se siente rodeado de las emociones de los perso-najes.
Me llama la atención que la última novela de Ramírez fuera De llegar Daniela, publicada por Alfaguara en 2010. Libro de 304 páginas que sorprendió tanto al editor ejecutivo de Alfaguara, Ramón Córdoba Alcaraz, como a Hernán Lara Zavala, quien consideró este documento como algo totalmente distinto a lo producido por el autor. Ambos destacaron que tanto el tema como el tratamiento literario son una sorpresa, pues están realizados con extremo cuidado. “Yo no hubiera esperado esto de Rafael. Mal que bien, uno va generando sus prejuicios y lo de él era una narrativa dura, muy terrena, con su lado oscuro, violencia y muertes. Pero esta novela es de otro cariz. Todo pasa en la mente de Bruno Yakoski mientras está sentado en un café parisino recordando su relación con una mujer, por lo que la narrativa se vuelve delirante, como suele ser el pensamiento”, expresó Córdoba.
En el taller literario de El Rayo se contaba que el autor de Los territorios de la tarde había abandonado el manuscrito De llegar Daniela porque no acaba de convencerle la trama. Tuvo una relación de diez años con ese proyecto, iba y venía de esa historia que curiosamente dio un carpetazo a su obra.
Ramírez Heredia mantuvo su página de internet (www.rafaelramirezheredia.com, documento que aparece como sitio en cons-trucción actualmente) y se refería a sí mismo como un ratero de imágenes que creía en la fuerza del lenguaje como centro de su trabajo, en las palabras que hacen sentir el olor, el sabor y el ruido del lugar del que se habla.
“Escribir es lo único que me importa en la vida, por esto he sacrificado muchos sueños burgueses, y después de casi dos décadas he estado tan solitario y jodido. Estoy como aquel que no ha tenido amor y quiere que se lo den”, dijo sobre sí mismo. Pero una de sus tesis y que parece quedar perfectamente clara en Del trópico es la siguiente: “Nadie escribe desde la placidez. Este es un ejercicio ambivalente. Es cierto que se escribe con pla-cer, pero también con un gran dolor. Siempre me pongo muchos pretextos, cansancio, compromisos familiares y profesionales hasta que la historia que me ronda la cabeza y los personajes me cercan y eliminan las argucias que me impuse para desplazarlos”.
Me acordaba de El Rayo y de que este caballero de bigote amplio forma parte de la tradición narrativa del país en cuanto a la creación de cuentos se refiere. Es un gran exponente del arte de narrar en corto. La relectura de su obra será necesaria. Sin duda.

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