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Exaltan la historia del arte mexica a partir de seis obras emblemáticas

Oscar Cid de León / Agencia Reforma

Ciudad de México

En sus esculturas monumentales, el imperio mexica refleja su grandeza.
Desfila por su historia desde la Coatlicue y la Piedra del Sol, halladas en 1790, hasta la Tlaltecuhtli, descubierta en 2006, pasando por la Coyolxauhqui y las piedras de Tízoc y del Antiguo Arzobispado.
Se trata de las seis piezas referenciales del imperio central, analizadas a través del volumen Escultura monumental mexica, en su segunda edición, escrito por los arqueólogos Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján.
El libro apareció por primera vez en 2009, aunque ahora es relanzado de forma aumentada. Entonces el hallazgo de la Tlaltecuhtli, por ejemplo, era reciente; se añaden más fotografías y datos devenidos de una investigación que todavía no concluye, como el sistema de medidas utilizado para modelación.
“Sigue guardando misterios”, indica López Luján en conversación con Reforma: “Todas las esculturas nos seguirán mostrando elementos no descubiertos en años anteriores. Cada generación ve en las piedras nuevas cosas”.
Con más de 400 fotografías, y en una edición más accesible a la lanzada en 2009, formato de lujo, Escultura monumental mexica da cuenta del imperio central, el asentado en lo que hoy es el Centro Histórico de la Ciudad de México, a través de su arte.
“Cada uno de lo artículos del libro presentan aspectos desde el momento del hallazgo de estas seis piedras, los antecedentes de dónde pudieron estar ubicadas y cómo fueron encontradas… Un dato interesante es que hay otras esculturas de gran formato que han aparecido, pero no en este contexto, el del corazón del imperio”, añade Matos Moctezuma.
La Coatlicue y la Piedra del Sol fueron halladas frente al Palacio Nacional, mientras que la Piedra de Tízoc en el atrio de la Catedral Metropolitana; a unos metros de allí, en el patio del viejo arzobispado, sobre Moneda, fue encontrada, como su nombre lo indica, la que se conoce como la Piedra del Antiguo Arzobispado. Del Templo Mayor emergerían la Coyolxauhqui, deidad de la Luna, y la Tlaltecuhtli, de la Tierra.
De la tierra también era la Coatlicue, ser mitad madre y mitad monstruo.
“Todas son obras maestras de la capital del imperio”, precisa López Luján al hablar de sus similitudes: “También todas fueron elaboradas en piedras volcánicas, unas de andesita y otras en basalto. Son además de gran formato, verdaderas piezas monumentales. La más grande de todas es, sin duda, la Tlaltecuhtli, de 4.17 por 3.62 por 30 centímetros; la más pesada, la Piedra del sol, de 24 toneladas y media… Hay que imaginar todo lo que implicó el traslado de los bloques en que fueron tallados desde los yacimientos cerca de Tenayuca y, en el sur, en San Ángel”.
Las seis fueron creadas durante la etapa virreinal de la civilización mexica, entre 1440 y el año de conquista, 1521. Eran objetos de adoración religiosa o culto. La Piedra del Sol cifraba, además, la captación y la aprehensión del tiempo, asomando los soles cósmicos y las diferentes edades por las que pasó la humanidad, mientras que la grandeza del tlatoani era reflejada en las de Tízoc y del Arzobispado.
“Otro elemento en común es que fueron descubiertas de manera fortuita, por azares del destino, y emergieron muy rápidamente para incorporarse, también rápidamente, al imaginario de los mexicanos de su época”, concluye López Luján.
Escultura monumental mexica, editado por el Fondo de Cultura Económica y la Fundación Conmemoraciones 2010, consta de 468 páginas en color. Ya se encuentra en librerías.
La presentación del libro Escultura monumental mexica correrá a cargo de  Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján, junto a la crítica de arte Teresa del Conde y el historiador José Rubén Romero, el próximo sábado 23 de febrero a las 13 horas en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

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