Muestran en la cinta Los invisibles la lucha contra el rechazo a la homosexualidad en Francia
Aurélie Daly
En la sección Reflector del Festival Ambulante Gira de Documentales, se proyectó ayer en Cinépolis Galerías Diana en una sala casi vacía, el documental del francés Sébastien Lifshitz, Los invisibles, que toca el tema del rechazo de la sociedad francesa hacia la homosexualidad en los años 50 y 60.
Coleccionista de fotos amateurs y anónimas, Sébstien Lifshitz encontró un día la foto de dos mujeres de edad avanzada que le llamó la atención. ¿Hermanas o amigas?, ¿pareja? Descubrió que eran amantes y empezó a buscar otros hombres y mujeres que habían vivido su homosexualidad en tiempos menos tolerantes, en las ciudades o en el campo. De ahí surgió el documental Los invisibles, retrato de una Francia que nadie mira.
Nacidos en el periodo de entreguerras en Francia, hombres y mujeres homosexuales de 80 años cuentan su insumisión a las normas del decoro y cómo tuvieron que luchar para poder vivir libres, sin esconder su homosexualidad, en una época en la que la sociedad francesa rechazaba a los que no cabían en el molde convencional de la familia patriarcal.
En entrevista para la revista francesa Télérama, Sébastien Lifshitz, explicó su intención.
“Quería filmar personas de edad avanzada que nunca enseñan en la televisión y el cine, tampoco en la prensa o la radio. Cuando hablan de ellos, es para evocar la enfermedad de Alzheimer o el déficit del Seguro Social, y quería intentar inventar algo más digno, más justo, sobre la vejez, que no es forzosamente una decadencia o un una espera de la muerte”.
El documental habla de las luchas interiores que tuvieron que enfrentar ya que en esta época, la sociedad, la religión, todavía muy potente, todo alrededor trataba convencerlos que no estaban “normales”; pero también de las luchas exteriores, que sea con la familia o con la sociedad; la dificultad en esa época de hacer su coming out frente a la familia y peor, frente a la sociedad y al mundo del trabajo.
Con una filmación que deja tiempo a la palabra, el director logra que ésta surja naturalmente y de manera inédita; todo lo que cuentan los personajes, lo dicen por primera vez, no hubo repetición.
“Intenté construir Los invisibles alrededor de secuencias donde tenemos el sentimiento que la palabra natural, cruda, tiene el tiempo de desenrollarse y que no está manipulada. Aunque el montaje esculpa el testimonio y lo contracte, intenté cortar lo menos posible durante la grabación y esta tórtola, por ejemplo, que viene a posarse en el filme, es un instante mágico donde todos detuvimos nuestra respiración para no arruinar nada, para dejar la poesía y el humor de la escena instalarse. Siempre estuve muy atento a quedarme concentrado para sentir lo que sucedía frente a nuestros ojos y no perturbar nada cuando la vida se manifestaba de una manera u otra”.




