Federico Vite
Oscura y antillana
El ancho mar de los sargazos, novela de la singular escritora Jean Rhys (cuyo verdadero nombre era Ella Gwendolen Rees Williams) es un estupendo ejercicio de metaliteratura. En este libro de 192 páginas (Anagrama) narra la vida de Antoinette Cosway, personaje al que Charlotte Brontë dio vida en Jane Eyre. Es la esposa loca que vivió encerrada en la buhardilla de Thornfield Hall y se suicidó en el incendio que ella misma provocó. Se le conoce como la primera señora de Eduardo de Rochester. Quienes hayan leído Jane Eyre recordarán a la mujer fantasmal que vive encerrada bajo llave en Thornfield Hall, la mansión del reconcentrado y atormentado Rochester, esa mujer que una noche prende fuego a sus habitaciones en un ataque de locura. Poco sabíamos de ella: era una criolla antillana con quien Rochester, obligado a un exilio en las colonias por su padre y su hermano, contrajo matrimonio por interés. El padre y el hermano mueren y Rochester hereda la fortuna y propiedades familiares, vuelve a Inglaterra, acompañado de su esposa, quien sufre periódicos ataques de locura y a la que se ve obligado a enclaustrar. Con estos datos trabaja Rhys, da vida al personaje más sórdido de la obra Jane Eyre y lo hace bastante bien. Jean es una escritora oscura; durante la segunda década del siglo XX vivió en Europa. Trabajó como artista bohemia (cabaret, tabaco, alcohol y poco dinero) en París. Vivió pobremente. Era alcohólica, problema con el que lidió muchos años. Siempre se sintió en exilio, odiada tanto por los criollos como por los europeos nacidos en su isla natal Roseau, parte de las Antillas británicas. Los personajes femeninos de Jean son mujeres desplazadas de sus ambientes naturales. Habitan sociedades con valores en decadencia. Parece la autora ideal para contar la tragedia de Antoinette Cosway.
El ancho mar de los sargazos se divide en tres partes; la primera narra la infancia de Cosway en Jamaica; la segunda, la luna de miel del matrimonio con Rochester y es aquí donde se muestra la incipiente locura de la protagonista. La tercera parte, la que más me atrae, es la más intensa. Cosway es completamente vulnerable. No sabe por qué está en la torre de Thornfield Hall. La mujer refiere constantemente a las brujas negras que practican vudú en Jamaica y cree que ese mal se la ha contagiado. Grita, exige que la liberen, que le den tiempo para explicar su tristeza y odio, pero el desenlace es la muerte por fuego.
Cosway es blanca, pero pobre y por ser pobre prácticamente se le considera prisionera. Dice la protagonista de El ancho mar de los sargazos en la primera parte de esta novela: “Había en Jamaica mucha gente blanca. Gente blanca de veras, que tenía dinero de oro. Y esa gente blanca ni nos miraba y nadie nos había visto con ella. Los blancos de los viejos tiempos no son más que negros blancos, ahora, los negros negros valen más que los blancos negros”. Rhys tenía muy clara su condición de paria, quizá por eso retrata a la perfección la fragilidad, el desamparo y la soledad de Cosway.
En cuanto a los recursos estilísticos, Rhys trabaja a la perfección los cambios de narradores, el punto de vista de cada uno de ellos, las elipsis, las descripciones de una naturaleza voluptuosa y sofocante de Jamaica. La atmósfera que la autora crea es ominosa. Se presiente la irrupción del mal. El fraseo breve y conciso de la primera y segunda partes de la novela densifican la locura que el lector presencia al cierre de la novela en un monólogo desquiciante. El ritmo que impone la prosa de Rhys se sublima en la aparente inconexión de la tercera parte del volumen. Es un cierre que corona el sino trágico de uno de los personajes femeninos más enigmáticos de la literatura anglosajona.
La también autora de Viaje a la oscuridad poesía una sentido del humor maravilloso. Cuentan sus biógrafos que a la edad de 70 años le fue concedido el galardón W.H. Smith y lo primero que dijo al recibir su cheque son estas palabras: “Llega demasiado tarde el dinero, queridos”. Se había cansado de vivir con dificultades económicas y se obligaba a terminar novelas, pero el ansia de la perfección comenzó a desgastarla. Necesitaba publicar para recibir sus pagos, pero no lograba acabar de la mejor manera sus libros. Este hecho la lleva a escribir en sus diarios, en un apartado que tituló El juicio de Jean Rhys, esta confesión: “Tengo que escribir. Si dejo de escribir mi vida será un rotundo fracaso. Para otros ya lo es. Pero para mí sería un rotundo fracaso. No me habría ganado la muerte”.
Jean fue una de las escritoras que el diplomático Carlos Fuentes recomendó ampliamente. De veras que tenía muchas razones para hacerlo.




