José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Buenos muchachos
Al ritmo del reloj
Esquina de Magallanes y Escutia, en el hígado de la ciudad. A dos cuadras del Scorpio, a tres del Ontoy, para más señas. Dos motorizados persiguen a tres chamacos y agarran a uno. Chécate a éste dice un motorizado y, enderezando su moto, arranca pa’ donde corrieron los otros dos. Qué trais, miseria, dice el poli cercando con la moto al chamaco que quedó y éste Nada manito verdá de dios que nada y el poli lo sujeta de la pretina y el chamaco, perdido, afloja el sobaco y enseña el reloj: este Mido no es tuyo, ¡a quién se lo chingaste!, a quién, ¡pinche prángana!, rezonga el poli jalando la pretina y A nadie, jefe, dice el chamaco y, aunque quiere llorar, muy serio jura que lo compró con su dinero, y ¡Pura madre!, repone el poli guardándose el reloj y soltando al chavo como si se estuviera arrepintiendo de perdonarlo por un pendejo Mido carátula de plata.
Gracias mi jefe dice el chamaco; sale corriendo para arriba, pero el motorizado lo detiene:
–Por ahí no, pélate para abajo; arriba está lleno de cuicos y te van a volver a detener –le dice el rudo ídem, ya en buena onda, haciendo rugir el motor.
Confundidos
Voy con Rafa, en la camioneta XXXX que le prestó su tío el funcionario. Su papá tenía una parecida (aunque sin tanto lujo), pero se la robaron hace unos seis meses de enfrente de su casa. Seguro que los ladrones vivían por ahí, pues, con su mamá, seguido veían que su camioneta pasaba frente a su casa. Su papá tuvo miedo y decidió que no iba a demandar a nadie. Con el tiempo, el que trae su camioneta casi lo saluda. Nunca me había subido a una camioneta como ésta: “Cámara, digo, es como la que usan los de la maña!”… Estás loco, rezonga Rafa, que acelera.
En Ejido y Begonias el semáforo pone rojo y rayando llantas Rafa consigue detener la camioneta un centímetro antes de la raya peatonal. Quedamos justo al lado de una patrulla y Ralph, por miedo a una infracción o por hacerse el simpático, voltea a ver al patrullero que le queda más cerca y le dice: Qué hay de nuevo, poli, y antes de hablar de una infracción de tránsito o del quemadero de llantas que dejamos atrás, el patrullero contesta:
–Nada nuevo, pero estamos atentos para informarles sobre cualquier novedad.
–Ta güeno, dice, rápido, Rafa. Pálido de repente, me dice Cálmate, los polis están más aterrorizados que nosotros, y, sin darme tiempo de reaccionar, antes de que el semáforo cambie a verde, Rafa saca el clochts y hunde el acelerador, más pálido que nunca pero con toda propiedad.
Salitas
El Salas, sí. O sea, el Salitas. Nadie se la creía al escuincle, hasta que la respiración se le empezó a dificultar. Con trabajos sostenía la pistola, pero cualquiera se daba cuenta de que el loquillo, que no pasaba de los ocho, tenía la fuerza de uno de doce o trece y en cualquier momento se le podía escapar un tiro, o más.
Su pomposo ful de ases y reyes le hicieron los mandados a los cuatro humildes treces de Chanín, y como no le gustó y, a su edad, le repugna perder, no bajó a Chanín de tramposo y quiso arrebatarle el monte de la apuesta. Chanín estará delgadito y anémico, pero no se dejó. Muy chingón, el Salas, sus puños apretados, su mirada vidriosa y su amenaza mortal:
–Tons qué, me regresas el dinero o no.
–O no qué.
–O te voy a enseñar a no pasarte de listo conmigo.
Desde que un poli lo agarró robando pollos rostizados en el mercado y él se le puso al tiro y le gritó qué te pasa cabrón tú no eres más que un jodido policía, y el poli se sintió señalado y se cimbró y lo dejó libre sin pedirle cuota ni preguntarle para quién trabajas escuinclillo cabrón, empezó a tratar de decirles cómo hacer las cosas a los parnas. Es más flaco que las patas de las lechuzas que andan por aquí, pero pues divierte a la broza, y hasta el Cuajo le da chance de que hable, amenace y se desplace a sus anchas. El chavito promete, dijo una vez el Cuajo. No hace un mes, Salitas tundió a varillazos a un vendedor de hotdogs nomás porque éste usaba gorra de beis y lentes oscuros y le pareció sospechoso. No le lleva más de dos años a Chanín, pero él solo arregló diez órdenes de tacos en El Chivito Ronco, una vez a la semana, gratis y sin haber empleado ningún tipo de amenazas, según él.
–Aquí el único tramposo eres tú, le rezongó el Cuajo, y ¡No es contigo!, atajó el Salas. Estoy hablando con este pinche tramposo, con este pendejo desnutrido: Me vas a dar la feria o no, le chisgueteó a Chanín, quien ya se había embolsado las monedas.
El Salas no dejó que el Cuajo se le acercara: de tres zancadas bajó las escaleras, atravesó la cancha de básquet y desapareció tras la barda.
Chanín barajó y dio a partir el mazo. Apenas iba a dar la segunda carta cuando ya tenía la punta de una pistola en la sien:
–Me vas a dar el dinero o no.
–Salas…, murmuró el Cuajo, y Salas dirigió la pistola hacia él: ¡El pedo no es contigo hijo de la chingada!, rezongó, y, aun con toda su autoridad, el Cuajo detuvo su tren.
Salas amartilló la fusca y, como si de todos modos no perdiera de vista al Cuajo, reencañonó a Chanín:
–Me vas a regresar los veintiocho pesos de la apuesta o no –sentenció. ¡Cada parte de su cara brincaba sola!…
–Por favor Salas somos amigos ten piedad de mí, suspiró Chanín, y Cálmese mi Salas, es una Airstémele Súper, trae catorce balas, murmuró el Cuajo, dando un pasito de gato, Ten cuidado no te vaya a temblar el dedulce, ¡no se te vaya a ir un tiro carnalito del alma!… Y ¡que lo alcanza! Como en una película, de un brinco el Cuajo le dobla los brazos al Salas, forcejeando por la fusca los dos caen ruedan por las gradas del frontón, y la bala se escapa de la escuadra, despeina a más de dos lechuzas y se va silbando entre las hojas de las jacarandas.
El Cuajo le arrebata la moscamuerta a Salas, va a pegarle con ella, pero en el último momento se arrepiente y sólo lo regaña por emplear su furia contra su gente y por consumir de más: por eso a los ciegos no los dejan entrar con pistola al Metro, murmura, moviendo la cabeza de aquí pallá. ¡Tranquilo él!…, intenta tranquilizar al Salas. Con una mano lo palmea (y como que lo detiene) y con la otra pone la pistola a distancia, como para verla bajo la luz que resta, y es una Airstémele Súper, repite el jefe, son rusas y destas ya casi no hay, quién sabe dónde la conseguiste, y le saca de la cacha el cargador.
Cuidado, Cuajo: ¡es de mi papá!, advierte el Salas, sin desclavar la quijada del pecho. El Cuajo saca de su lugar gatillo, martillo y cepillo, expulsa el cargador, el émbolo, cachas, tornillos, rondanas y mamella, dobla el cañón y hace de la pistola siete u ocho piezas indistinguibles.
La broza suspiró y Estás advertido ésta es la última vez que te pones así con nosotros, eres un maldito ciego jugando con una pistola y echando bala contra tu propia familia, y cuál ciego, cuál familia parecía pensar el chamaquito caradura que entendía y no, que no se atrevía a protestar pero tampoco aceptaba y mucho menos estaba dispuesto a ofrecer disculpas a nadie. Me peinaste de raya pero no hubimos muertos ni descuartizados se rio Chanín pero al Salas le valía madres, y ¡Ahí te van! que canta el Cuajo y que empieza a depositar pieza por pieza en las manitas del Salas.
Primero las cachas, el rehilete y el cañón, luego los fierros medianos seguidos de los chiquitos, hasta que el montón de fregaderitas de la fusca llegó al pescuezo del Salas y éste tuvo que levantar la quijada para que pudiera caber el gatillo. Por último, el Cuajo le sacó las balas al cargador y puso seis en la bolsita derecha de la camisa del Salas y cinco en la izquierda, ya que las once no cabían en una sola bolsa.
Con los ojos no iba a iba a poder reconstruir la pedacera, pero tampoco podía llorar. O quién sabe. En las jacarandas una lechuza imitó el silbido de la bala y hasta entonces Salas, es decir, Salitas, reaccionó:
–¡Cuajo jijo de tu pinche madre!… –masculló, desquiciado, a punto de chillar–: ¡Déjame la pistola como estaba!…, ¡si no me va a dar una cueriza mi papá!…
En vivo y en directo
Lo que alcanzaba a ver frente a él era su cama y a Conan, su perro, terminó la telenovela y a su mamá se le hicieron los ojos chiquitos y ay precioso me estoy cayendo de sueño te dejo una torta de alitas de terodáctilo y un vasito de leche, por si te da sed, y se fue a dormir al otro cuarto. El noticiero empezó con una voz aguda y alargada, como de Donald, anunciando una primicia internacional, en menos de que se los cuento nuestros reporteros nos traerán en vivo el ataque que por tierra y aire han emprendido los ejércitos de la democracia contra los pueblos rebeldes de la Cuarta Tuna. El estruendo de cuetes y el resplandor luminoso que proseguían eran los de costumbre; lo más chistoso era que cada estallido concordaba con lo que estaba ocurriendo en la tele.
Los caballos númidas de los patanes irredentos, que sestean al fondo de las historietas que guarda bajo el colchón, en la plazoleta del fondo donde probablemente exista una borrosa fuente de agua, se alarman cada vez que suena una ráfaga de ametralladora o la respuesta solitaria de un francotirador. Una señora con la misma bata blanca de mamá, con la cara muy parecida a la de su mamá, entra corriendo en busca de él, pero desaparece a la mitad de un flashazo de fuego y cal chillante. Conan ya no ladra, y, arrastrándose como puede, él se abraza a su chamuscada pelambre. ¡Cortémosle el pescuezo!, se ríen con boca desdentada y olorosa a cebollas y ajos los enfermeros malayos que lo atenazan contra el mesón de una taberna sin techo ni paredes.
Éste es el tarro de leche que el enfermito andaba buscando entre los destrozos de su cama en el preciso momento en que un misil de tierra arrasó con la fachada principal del edificio, una antigua joya arquitectónica, de las pocas que quedaban vivas en este país de monumentos enormes y monos salvajes, explica una voz gangosa en la tele: gracias a los avances de la ciencia y la comunicación tecnológica podemos mostrarles el perro y el bracito calcinados del único sobreviviente del hospital infantil, repica el pato Donald frente a él, a cuatro o cinco pasos de la oreja que le quedó y con la que todavía pudo oír la explosión y el larguísimo silencio que siguió, mientras la pestilencia de llanta quemada se confunde con el humo de la pantalla, donde, para entretener a los sobrevivientes, empezaron a aparecer comerciales, en lo que el locutor le soplaba la pólvora al micrófono.
Salí de la casa de Braulio echando pestes contra Vergara, que con sus delirios empresariales de divina garza ha hecho del campeonísimo Guadalajara un equipo sin alma ni corazón. Pagué los cien que me costó la derrota de las Chivas ante el Cruz Azul y me despedí de los cuates. A la vuelta de la casa hay un Oxxo, y que me meto a comprar cervezas y tabaco, por si no podía dormir. Adentro, un policía uniformado se preparaba una sopa Maruchán y coqueteaba con la cajera. Seguro era el poli que manejaba la patrulla policiaca que, estacionada frente a la tienda, se podía ver a través de las paredes de cristal. Delante de la patrulla, a unos cinco metros, estaba estacionado un taxi. Dentro de éste, como esperando pasaje, el chofer chupaba un cigarrillo.
–¿Quiere donar sus centavos a la causa de los niños huérfanos de Televisa? –me preguntó la cajera y le dije que no.
Se quedó pensando y me preguntó:
–¿Se los puedo quedar a deber?
–Por supuesto, le contesté.
Y salí con mi bolsita de víveres a la calle. No se acababa de cerrar la puerta cuando oí pasos y gritos inentendibles: rifle en mano, un policía venía persiguiendo a un muchachito y cuando éste, resignado, se detuvo, el poli lo empujó contra el cofre de la patrulla, donde lo obligó a abrir piernas y brazos. Por qué corrías, cabrón, ¡por qué corrías!…
Quedé justo frente a la escena, pero de perfil: apreté la bolsa del mandado y, arrepegándome a la pared, seguí mi camino como si nada estuviera ocurriendo a mis espaldas. Volví a escuchar Por qué corrías, cabrón, y luego sólo mis puros pasos en la calle. Sin detenerme, volví a ver, y la patrulla seguía ahí pero, como por arte de magia, ya no estaban ni el policía del fusil, ni el muchacho …ni el taxi.
La patrulla sí.
En la tienda, el poli que la traía seguía coqueteando con la cajera.




