Sorprendió la muerte a Fernando Junco cuando preparaba la comedia ¡Qué tramposos!
María Luisa Medellín / Agencia Reforma
Ciudad de México
Hasta sus últimos días, el productor Fernando Junco Garza llevó en sus venas la pasión por el teatro.
Aun con la salud deteriorada por el cáncer de médula ósea, que padecía desde 2005, se mostraba impaciente por no poder viajar al Distrito Federal para contratar a un actor que sustituyera a Pedro Armendáriz Jr., quien se había retirado de los ensayos de la comedia ¡Qué tramposos!, que originalmente se presentaría en Monterrey, el pasado noviembre.
“Pedro le dijo a mi esposo que había sufrido unos dolores en el ojo, y al ir al oftalmólogo, éste lo remitió con el oncólogo, quien a su vez le diagnosticó cáncer. Lo último que le dijo fue: ‘Me voy a Nueva York, después hablaremos’, y ya no fue posible”, platica Evadelia Ayala, quien compartió su vida con Fernando, durante los 47 años que estuvieron casados.
Como una mala jugada del destino, el elenco de esa puesta teatral nunca pudo conformarse.
Primero fue Armendáriz Jr., con quien ya había trabajado en Los lobos. Luego Mark Tacher tuvo que abandonar el proyecto, por compromisos con Televisa.
El Flaco Ibáñez también se retiró por una hernia hiatal, y Héctor Suárez, quien finalmente sustituiría a Armendáriz Jr., se disculpó porque debía viajar a Estados
Unidos. Pero Junco Garza no se rendía.
“A pesar de lo frágil de su condición, se la pasaba hablando por teléfono para hacer nuevos contactos, lamentando no tener las fuerzas para ir a México (DF) y agilizar las cosas para aplazar el montaje y no cancelar.
Era admirable, hasta ahora no conozco una persona que haya luchado tanto por el teatro”, subraya Evadelia.
A la edad de 74 años, el productor regio falleció en el hospital el 3 de enero, luego de seis semanas de permanecer internado.
A lo largo de su vida produjo más de dos centenares de obras, sin contar las que “montó” cuando tenía unos 5 o 6 años, y en las que incluso cobraba la entrada.
Sus inicios. Nacido el 18 de febrero de 1937, fue el segundo de los seis hijos
de Eduardo Junco Voigt y Martha Garza Villarreal. Aunque estudió psicología, una casualidad lo unió al teatro, del que jamás se apartaría.
En busca de recursos para la clínica Santa María, una institución que atendía a niños marginados, a Fernando se le ocurrió hacer un festival con las 10 obras de
teatro más populares del país, para presentarlas en Monterrey.
Sin experiencia alguna se puso en contacto con los actores del momento, y así trajo a María Rivas, con La soñadora; y a María Victoria, con La criada malcriada,
entre otras producciones.
Nuevas puestas de corte vanguardista hicieron que las autoridades de la clínica, bastante conservadoras, suspendieran el festival tres años después. Sin embargo, Fernando ya tenía los contactos y retomó el evento por su cuenta en 1972 rebautizándolo como Escena, durante la siguiente década. Lo que vino después
es historia.
Su amigo y productor Enrique Vidal dice que no hubo estrella de México que no apareciera en alguna de sus producciones.
“La que me nombres desde los 70, porque Fernando tenía esa habilidad para reunir a las grandes figuras”, dice Vidal.
Lo mismo produjo la fastuosa Evita, que compró al norteamericano Bob Lerner, que otros musicales como Mame, Cabaret y A chorus line.
Pronto se estableció en la ciudad de México y presentó El Hombre de la Mancha, con Enrique Álvarez Félix, donde la diva María Félix fue a develar la placa.
Tradujo del francés La Pulga en la oreja, en la que actuaron Héctor Suárez y Julissa. Silvia Pinal estuvo en Los enredos de una mentirosa.
Angélica Aragón y Rogelio Guerra hicieron Una vez al año, mientras que Marga López y Arturo de Córdova protagonizaron Los zorros, y Lupita D’Alessio hizo La novicia rebelde, la única obra de teatro de su carrera.
Los lobos, Los monólogos de la vagina, El hombre elefante y Marcelino pan y vino
fueron otras de sus producciones exitosas, así como El Violinista en el tejado, una gira en sociedad con Manolo Fábregas que recorrió el país durante una larga temporada.
Además, agrega Vidal, poseía un ingenio especial para ponerle nombre a las obras o darle publicidad a sus trabajos.
Precisamente, Antonio Adame, concuño de Junco Garza, recuerda que, cuando Sasha Montenegro fue a Monterrey en sus mejores tiempos, con la comedia musical Nunca en Domingo, el productor la promocionó con el slogan “Sasha, como nunca la había visto”.
“Se presentaría en el Cine Juárez, y aquello estaba a reventar. Los hombres pues no sé qué se imaginaron, y los boletos estaban agotados. Entonces, la actriz, guapísima, cantó y bailó en un musical, y el público se fue encantado”, recuerda Adame.
Siempre en lucha Evadelia, la esposa del productor, comenta que a pesar de que
algunos montajes representaban pérdidas, nunca lo vio deprimido o derrotado.
“Haz de cuenta que le ponían una mecha cuando le iba mal, y le echaba más ganas. Era luchón y muy perfeccionista. Estaba presente en todo el proceso teatral”.
Hace dos años, en una entrevista publicada en Reforma, Fernando mencionó que nunca faltó a una obra, ni siquiera aquel 16 de julio de 1980 cuando Martha, una de sus tres hijas, falleció.
Del funeral se fue al estreno de Concierto de San Ovidio, en el Teatro Helénico, y hasta el día siguiente compartió la lamentable noticia con los actores.
“No quería entristecer al elenco, porque como dicen: ‘El show debe continuar’”, expresó categórico en aquella ocasión.
Héctor Bonilla, quien estaba dirigiendo la comedia ¡Qué tramposos!, y con quien ya había trabajado en Los lobos y La escalera, platica que fue doloroso observar cómo sistemáticamente iba en declive la salud del productor y amigo.
“Empezamos a hacer una lectura en casa de su hija, él en Monterrey y yo acá (en la ciudad de México), pero era muy desesperante para Fernando, porque le gustaba estar en todo el proceso, tal como fue con Los lobos, sólo que en este caso tenía el impedimento para venir a resolver cualquier problema que se presentara, pues tenía las quimioterapias, y aunque luchaba por su vida, su estado era delicado”, cuenta Bonilla.
“Fernando era un apasionado del teatro, independientemente de que fuera su modus vivendi o su negocio. Él amaba lo que hacía, y es lamentable su pérdida.
Aunque él era de naturaleza tímida, y le costaba subir al escenario cuando se le requería, quienes convivieron con él ahora le brindan la última ovación.




