Julio Moguel
HOY, HACE 200 AÑOS
* Las batallas de Morelos
Unificar el mando insurgente
Veíamos en nuestra entrega anterior que una de las razones fundamentales por las que Morelos, en su estancia en la plaza de Oaxaca (25 de noviembre de 1812-9 de febrero de 1813), decidió hacerse militarmente del puerto de Acapulco y no lanzarse de lleno a la conquista de Puebla (para desde allí desplazarse a la toma de la capital del virreinato), tuvo que ver con una valoración no despreciable en el plano de su estrategia, a saber: la de que conquistar en definitiva un territorio unificado bajo la bandera insurgente se había vuelto condición necesaria de la guerra, y ello por al menos dos razones: a) La de mostrar a las grandes potencias del orbe el músculo derivado del referido poder territorialmente integrado, con gobierno propio y capaz de gobernar al conjunto del país; b) La de unificar a las fuerzas insurgentes en torno a un solo mando, pues, como sabemos, para el “hoy” de hace 200 años –marzo de 1813– aún se mantenía, así ya fuera entonces prácticamente un cascarón, la resquebrajada estructura de la Junta Patriótica comandada formalmente por Ignacio López Rayón. Dualidad de poderes nacionales en el cuerpo insurgente, entonces, porque si bien Morelos había mantenido su adhesión formal a la Junta –y a su estructura jerárquica de mando– ya era claro, para cualquiera que tuviera oídos para oír, que el Ejército del Sur y su general en funciones marcaban del son el ritmo.
Más aún: como lo ha mostrado con el mejor de los trazos Ernesto Lemoine, la Junta Patriótica de Rayón estaba marcada por una concepción que poco tenía que ver en realidad con la perspectiva ideológica y política de Morelos, por lo que más que renovarla o rehacerla en sus presupuestos y estructura tenía que ser borrada del escenario nacional bajo un único procedimiento posible, a saber: la convocatoria y desarrollo de un Congreso representativo de las fuerzas –y del sentido ideológico y político de las fuerzas– que ya en ese momento mandaban real y legítimamente sobre el terreno.
Mas la idea de Morelos de convocar a un Congreso nacional, madurada en definitiva en su estancia en Oaxaca de finales de 1812 y principios del 13, no llegó al escenario de la insurgencia como rayo en cielo sereno. El planteamiento mencionado aparece desde los primeros días de la insurrección independentista. En su presencia triunfante en Guadalajara, en diciembre de 1810, Miguel Hidalgo señala en una de sus proclamas que es necesario establecer “(…) un Congreso Nacional que se componga de representantes de todas las ciudades, villas y lugares del reino, que teniendo por objeto principal mantener nuestra santa religión, dicte leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de cada pueblo”.
Y no será Rayón, como generalmente se cree, sino el propio Morelos el primero en marcar la ruta que ya había definido el cura de Dolores, cuando el 18 de abril de 1811, desde el pueblo de Tecpan, emitió un decreto con muy distintas líneas de transformación, agregando a ellas el señalamiento de que más adelante gozarían del dictado de “nuestro Congreso nacional” (“quitando las esclavitudes y distinción de calidades con los tributos”).
No quiero con ello socavar los méritos de Rayón en este punto, pues parece claro que la idea de llevar a cabo un Congreso nacional, planteada por Hidalgo desde muy temprana hora, era firmemente compartida por aquél. O, acaso, el producto neto de su personal inspiración. Pero lo que muestra el mencionado decreto de Tecpan es que mucho tiempo antes de la formación de la Junta Patriótica de Zitácuaro –hechura, ésta sí, con indeleble sello rayonista– la vertiente insurgente comandada por Morelos contaba en su perspectiva programática con la idea firme de forjar el mencionado órgano de gobierno representativo en el país.
Fue el 22 de abril de 1811 (cuatro días después del decreto de Tecpan de Morelos) cuando Rayón –acompañando su firma con la de Liceaga– envió a Calleja una misiva en la que planteaba el tema a colación: “La piadosa América –decían al jefe realista, en tono conciliador– intenta erigir un Congreso o Junta Nacional, bajo cuyos auspicios, conservando nuestra legislación eclesiástica y cristiana disciplina, permanezcan ilesos los derechos del muy amado señor don Fernando VII (…). El fermento es universal; la nación está comprometida; los estragos han sido muchos y se preparan muchos más; los gobiernos, en tales circunstancias, deben indispensablemente tomar el partido más obvio y acomodado a la tranquilidad del reino (…).”
“Congreso o Junta Nacional”, decían Rayón y Liceaga en su documento de abril de 1811 dirigido a Calleja. Pero en el convulsivo tiempo de finales de 1812 y primera mitad de 1813 lo que entró en juego en los hechos desde las grandes habilidades estrategas de Morelos fue la fórmula de Congreso versus Junta Nacional, pues la convocatoria al Primer Congreso de Anáhuac anulaba o subsumía en los hechos la junta organizativa que hasta entonces había encabezado Rayón.
¿Fue una simple y vulgar ambición de poder omnímodo para sí –como en su momento sugirieron algunos señalamientos de Rayón– lo que condujo al cura de Carácuaro a dar curso al Congreso de Chilpancingo y desplazar o absorber a la ya muy debilitada y dividida Junta Patriótica de Zitácuaro? De ninguna manera. Al caracterizar al pensamiento de Rayón y establecer el perfil de la Junta Patriótica el historiador Lemoine le pone el punto a las íes: “Las ideas de Rayón, maduradas en el trayecto a Zitácuaro, y de las que nunca se apartó a todo lo largo de su militancia revolucionaria, em-palmaban con la tesis criollista de 1808, frenaban el populismo, se aferraban al fernandismo y propiciaban la ‘unión’ de españoles y americanos, postulado, este último, del que tanta raja sacaría Iturbide en 1821”. (Ernesto Lemoine, Morelos y la Revolución de 1810). Morelos, por el contrario, señalaba sin chistar que la lucha era por y para los americanos, rechazaba el fernandismo y creía en un Estado construido con una sólida base popular.
Dirigirse a tomar el fuerte de San Diego y llevar a cabo con un punto y seguido el Congreso de Chilpancingo no fueron entonces decisiones secundarias que, en el repliegue o en la diversión, marcaran –como señala Julio Zárate en México a través de los siglos– el “error fatal” de José María Morelos. Desde mi punto de visa no había de otra, y, por fortuna o por desgracia, en esa específica ruleta se tenía que jugar.




