Juan Carlos Moctezuma R.
Ambulante o la vida real documentada
(Segunda y última parte)
Una de las secciones de Ambulante, Gira de Documentales con mayor respuesta del público ha sido la que incluye contenidos relacionados con la música.
Y esta ocasión no fue la excepción.
Sonidero
Nombres como los de Serge Gainsburg, Paul Simon, Ginger Baker, Ornette Coleman, Bob Marley y The Chemical Brothers, formaron parte de la alineación presentada en esta edición del festival.
Pero más allá de los miembros de esa élite musical, sin lugar a dudas, la gran sorpresa resultó la película Buscando a Sugar Man, basada en un cantante que, en cuestión de éxito y reconocimiento mundial, está en las antípodas de los antes mencionados.
El cineasta sueco Malik Bendjelloul encontró en el músico mexicoamericano Sixto Rodriguez la historia perfecta para realizar un documental: Rodriguez fue a fines de los años sesenta un trovador de la talla de Bob Dylan poseedor de una lírica tan poética como crítica con el establishment, propia de los libres espíritus de los jóvenes de esa época.
Su música no pasó inadvertida para un productor, que tras verlo en un club decidió grabarle un disco en 1970 que tuvo poco éxito. Lo mismo ocurrió con su segundo disco lanzado al año siguiente.
Hasta ahí parecía que su caso no era diferente al de tantos aspirantes a rock stars que habían fallado en su sueño.
Sin embargo, por alguna desconocida razón, los jóvenes de ciudades de Sudáfrica comenzaron a escuchar sus canciones a grado tal que lo convirtieron, primero, en su trovador de cabecera y, posteriormente, escogieron sus temas para convertirlos en himnos en su lucha en contra del apartheid.
Ya en los noventas, un locutor de radio y un musicólogo sudafricanos decidieron buscar la tumba de donde –según la leyenda– descansaban los restos del músico. Tras una larga investigación, en la que incluyeron ya las nuevas tecnologías de internet, descubrieron que Sixto Rodriguez estaba vivo, que vivía en Estados Unidos y que trabajaba en la industria de la construcción.
La parte final del documental muestra varios de los conciertos que ofreció meses despues en Sudáfrica, casi todos ellos, llenos a reventar.
Uno no puede permanecer inmune a una historia tan original, máxime si descubrimos a un artista que, alejado de la maquinaria del éxito, decide continuar con una vida cuasi monástica tras conocerlo.
Aunque es un documental, este largometraje está construido con los ganchos y giros de una película de ficción, incluyendo el soundtrack de las canciones del protagonista.
Malik Bendjelloul sabe llevar a los espectadores por un viaje en el que las sorpresas no paran de maravillarlos en una especie de muy disfrutable versión retromoderna de La Cenicienta.
Por algo ganó el Oscar al Mejor Documental en la pasada entrega de la estatuilla.
Mucho más realista y directo resulta He venido a decirle… Gainsbourg por Ginzburg, del francés Pierre-Henry Salfati.
Autorretrato testimonial del lúcido, pero también irreverente músico francés fallecido en 1991, el filme muestra su larga trayectoria de más de medio siglo.
Construido con retazos audiovisuales –editados de una manera que, a ratos pareciera que estamos viendo una obra de la Nouvelle vague–, el relato desnuda la vida íntima de este frustrado amante del arte que encuentra su mejor descripción como un agent provocateur que se vale de la música para remover conciencias.
La concepción de sus principales discos como Histoire de Melody Nelson basado en la novela Lolita de Vladimir Nabokov, el nacimiento de su más famosa canción Je t’aime… moi non plus (Yo te amo… yo tampoco), que escribió en una sola noche a petición de Brigitte Bardot o su osada grabación del himno francés La Marsellesa a ritmo de reggae y la posterior polémica que ocasionó, quedan plasmadas en este trabajo.
En las entrevistas se puede entrever parte de su filosofía sobre temas tan diversos como las mujeres, la belleza, el alcohol, etcétera.
“Tengo talento, no genio”, “Yo era la misoginia encarnada”, “Un cínico conoce el precio de todo y el valor de nada”, son algunos de los axiomas que lo retratan enteramente.
Este documental resulta el epitafio audiovisual idóneo para un hombre que cimbró no sólo a Francia, sino a una Europa en tránsito de la posguerra a la revolución cultural de los sesentas.
Paul Simon: Under african skies también tiene ese espíritu revisionista, en su caso el 30 aniversario de la edición de su exitoso disco Graceland.
Luego de varios años de romper con Art Garfunkel, Paul Simon concibió a mediados de los ochentas ese disco que se convertiría en su máxima creación.
Su confección no resultó diferente a lo que había hecho antes, hasta que escuchó una grabación de cánticos de los pueblos originarios de Sudáfrica que lo sedujeron y decidió incluirlos en su obra.
Tras viajar a ese país y grabar con músicos de esa nación, regresó a Estados Unidos y comenzó a escribir las letras a las piezas musicales, inspiración que encontró en la cuna del rey del rock, Elvis Presley: Graceland.
En cuanto el disco salió a la venta se convirtió en un éxito que lo llevaría a ganar premios como el Grammy tanto al álbum como a la canción que le dio título.
Sin embargo, esa notoriedad se vio reforzada con un incidente político, pues miembros del Consejo Nacional Africano lo acusaron de romper el boicot cultural impuesto por las Naciones Unidas al régimen del apartheid al grabar en ese país.
Esa polémica es la parte medular de la película, pues plantea lo que los creadores enfrentan en general cuando toman posiciones políticas.
En la cinta se mezclan imágenes de la grabación del disco, especialmente las partes donde Simon comparte el estudio con los cantantes de la agrupación coral Lady Black Bambazo; parte de la gira que hizo con artistas africanos opositores al apartheid como Miriam Makeba y Hugh Masekela, y la presentación conmemorativa del disco donde comparte escenario con muchos de quienes le ayudaron a hacer Graceland.
Del tam tam rockero de Ginger Baker al suave vaivén musical de Marley
Sudáfrica vuelve a ser tema en otra de las cintas presentadas en la sección Sonidero: Beware of mister Baker, un retrato del legendario baterista de Cream, Ginger Baker.
El pelirrojo percusionista vive en un rancho sudafricano, enfermo y alejado de todo contacto con el mundo.
Hastá allá llegó el cineasta Jay Bulger y luego de mucho tiempo de convivir con él, aceptó que lo entrevistara e hiciera el documental, a pesar de su huraño carácter.
Con el testimonio del propio Baker nos enteramos de sus inicios como baterista de un grupo de jazz, su brinco como músico de sesión y de ahí a su fulgurante paso por el trío de Cream al lado de Eric Clapton y Jack Bruce.
Destaca la insistencia del baterista por explicar las diferentes técnicas que utilizó a lo largo de su carrera ya terminada por una enfermedad que no le permite controlar sus manos.
Por ejemplo, cuenta que cuando llegó a Africa y grabó el disco Live! Al lado de Fela Kuti y su Afrika 70, lo hizo embelesado por el ritmo de las percusiones de ese país, que no se parecía en nada a lo que había tocado como músico de rock y de jazz.
También da cuenta de sus relaciones personales, especialmente con uno de sus hijos, también percusionista, y con quien ha tenido encuentros y desencuentros.
Baker es retratado por Bulger en toda su policromía: Genio, rebelde y provocador que se niega a acudir con su última cita, la muerte, sólo por hacerla esperar.
Uno de los estrenos más esperados resultó Marley, un documental de impecable factura dirigido por el escocés Kevin Macdonald, autor de la cinta El último rey de Escocia, basado en el doctor y consejero de cabecera del sátrapa ugandés Idi Amin Dada.
Incluída en la sección de Imperdibles del festival, el largometraje profundiza en temas como el de la familia paterna del padre del reggae, una historia poco conocida por el público.
Asimismo, y utilizando material nunca antes exhibido, nos damos cuenta de la forma en que se relacionaba con las varias mujeres con las que procreó 11 hijos.
Em la cinta atestiguamos la forma en que el músico fue labrando una carrera cimentada en el reggae, una mexcla da ritmos afroantillanos como el calipso y el soul estadunidense.
Desde sus inicios como integrante de un grupo de ska y su posterior búsqueda de un sonido propio, hasta su consagración como rock star, en el último tramo de su corta vida.
Con imágenes el cineasta Kevin Macdonald retrata el frenesí religioso que desataba Selassie, rey de Etiopía y cuyos seguidores, entre ellos Marley, adoraban como la reencarnación propia de un mesías negro.
Muestra también su aceptación como miembro de la diáspora africana y el compromiso con un panafricanismo que aboga por el regreso a la raíz.
Su lucha por una Jamaica unida le trajo problemas políticos. A fines de los setentas, la lucha por el poder en la isla estaba radicalizado de tal forma que eran comunes los enfrentamientos a balazos entre miembros de bandos diferentes. Marley fue una de las víctimas, de ello, al sufrir un atentado donde fue herido de bala.
Sin embargo, un multitudinario concierto que ofreció en Kingston, sirvió para que los dos rivales políticos se dieran la mano.
Ese quizá fue el último gran logro del pacifista radical en que estaba convertido Marley, antes de que un cáncer cegara su vida el 11 de mayo de 1981.




