Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Botica 2

Doña Raque

Ricardo Garibay incursionó en Acapulco para desafiar al gobernador Rubén Figueroa Figueroa, quien lo había retado a “escribir el libro más chingón sobre Acapulco. ¡Yo pago, señor intelectual!”. Reto que culminó con un texto de 195 páginas y magníficas fotografías titulado precisamente Acapulco (Grijal-bo.1978). Un Acapulco en completa desnudez.
Garibay visita una mañana a la señora Raquel González, matrona de una de las dos casas de citas más famosas e influyentes del puerto (la otra es la Casa Rebeca, donde domina Chucho La Lumbre, el más caifán de todos los caifanes). Doña Raque muestra una resistencia férrea para abrirse de capa e incluso presume de no haberlo hecho acosada por periodistas gringos:
–Me han dicho, ándele, goajed an telmi, como ellos dicen, y yo les he preguntado ¿por qué debo contarles mi vida? Yo digo que cada quien la suya, ¿o no, señor licenciado?
Una chiquilla cubierta apenas con brevísimos shorts y un paliacate rojo como corpiño se acerca para anunciar su salida. La señora la presenta con el “señor licenciado”, como llaman todos ahí al periodista, quien elogia la belleza de la mujer y pregunta.
–¿Cuántos años tienes, niña?
–Mire usted, señor licenciado –se adelanta doña Raque–, aquí todo es derecho, todas tienen la edad que deben tener y todas pagan cien pesitos, ni un centavo más. A nadie estafamos, niña que sale niña que paga cien pesitos y si se ocupa aquí el cuarto vale cien, también. Eso es muy aparte de la bebida pues aquí cada quien se paga su pedo, ¿dónde no? Porque luego me dicen que drogas y esas cosas. ¿Drogas? ¿Que todavía hay de eso en Acapulco, señor licenciado? Aquí en mi casa, jamás. Esta niña ya tiene sus diecisiete, usted la ve lambrija, señor licenciado, pero ya está bien güevona la cabroncita, ¿verdad m’ija?
–¡Ay, doña Raque…!

Llora nostalgia

El reportero Joel Solís rescató hace diez años una lista de precios de la rival Casa Rebeca: whisky, 95 pesos: coñac, 95 pesos; copa nacional, 40 pesos; licor importado, 70 pesos; tequila, 75 pesos; bebida preparada, 75 pesos; Corona, 40 pesos; Coca, 40 pesos.

Los Papaquis

El advenimiento del carnaval en Acapulco, una de las fiestas grandes del puerto, era anunciado por músicos que recorrían la ciudad cantando versos llamados Papaquis (alegría, en náhuatl). Se trataba casi siempre de tríos acompañados por guitarras y sus versos resultaban muy apropiados para la “cuelga” de quienes celebraran santo o cumpleaños. Nobleza obligaba a brindar con los cantantes, además de gratificarlos generosamente.
Los Papaquis se escuchaban durante las noches previas a las carnestolendas y sus trovadores desgranaban sus trovas frente a los domicilios escogidos por ellos mismos o encargados por familiares y amigos. Así festejaban:

Es aquí o no es aquí
o será más adelante,
pero dicen que aquí vive
la perla con el diamante
Hemos venido hasta aquí
solo para felicitarte
y para patentizarte
que por siempre seas feliz
En la silla de Carlos V
no se sienta ningún pobre,
solo don Jeremías Acosta
por ser caballero noble.
A su esposa Carlotita,
que cabellos de oro peina,
acostadita en su cama
se le parece a una reina.

En no pocos casos la “reina” dejaba la cama para ofrecer un sabroso bastimento a músicos tan generosos.

Piratas

Para romper el monopolio laboral de la CROM en los muelles del puerto, la CTM crea en 1939 una sección denominada El Alijo. El máximo líder cetemista en la entidad, Alfredo Córdova Lara, no tiene paciencia para negociaciones contractuales y ordena la acción directa.
–¡Órale, cabrones, si les faltan güevos les presto los míos! –incita Córdova a sus hombres que, en realidad, no tenían idea de aquellas maniobras.
Y diciendo y haciendo: los cetemistas se lanzan armados con palos y armas de fuego para desalojar a los estibadores de la CROM, que alijan en aquel momento el carguero Currigan. La sorpresa y las pistolas obligarán el repliegue de los cromianos de la Liga de Alijadores, mientras el capitán de la nave llama a su tripulación para lanzar al agua a los piratas. Así los llamará en su informe ante sus patrones pero nadie le creerá la existencia de piratas en Acapulco.
La interrupción de aquella descarga significará para los líderes cetemistas una primera victoria en su guerra por apropiarse de los muelles del puerto…
–¡Ahora, vamos a partirle toda su madre a esos cabrones y en su propia madriguera! –ordena el líder. Y allá van.
Será sangriento el saldo de la refriega en las oficinas de la CROM del barrio de La Playa (actual edificio gremial) . Un cetemista muerto a balazos y medio centenar de ellos mismos con las cabezas rotas a garrotazos.
–Ni pedo, en la guerra se pierde o se gana, –sentenciará sabiamente el dirigente Córdova Lara y ya no intentará nuevas incursiones al barrio de La Playa.
Por su parte, el respetado dirigente de la CROM, Constancio Martínez Ramos, izará en señal de triunfo la bandera rojinegra de la organización.
–¡Se les frunció a los cabrones! –fue el comentario final de don Tomás Diego, el más bragao de aquellos hombres.

El Teconche

El escribano Real, Juan de Solana, asienta a media docena de familias de la falda noreste del cerro de La Mira. Ocupados en levantar sus moradas, aquellos ignoran al hombre cuando les endilga una perorata sobre la preocupación del señor Virrey por los pobres. Cuando termina, algunos de aquellos colonos y sus familias ya han terminado sus chozas de palapa.
Los nuevos colonos han respetado los árboles que pueblan aquella zona por si se tratara de frutos comestibles. Luego de enterarán de que se trata de una especie nativa denominada “teconche”, también conocido como “tecomate”, “cirián” y “jícara”, a la que más tarde le sacarán provecho.
El Teconche es vecino del barrio de La Poza (en realidad son varias alimentadas por veneros subterráneos), y se comunica con la plaza principal por una vereda recta y empinada (hoy Independencia). Asiento del templo de la Señora de los Reyes (hoy Soledad).

Basquetbol

A su regreso de los Estados Unidos, donde estudiaba, Simón Chamón Funes traerá la novedad del basquetbol. Sobre ese deporte interesará a los directores de las escuelas del puerto, Felipe Valle (Colegio Acapulco), y Herculano Escobar (primaria oficial Miguel Hidalgo), quienes en poco tiempo tendrán listos sus respectivos equipos para una primera competencia.
La quinteta de la Miguel Hidalgo estaba formada por Dámaso Vicencio, Humberto Villalvazo, Joaquín Altamirano, Alfredo Añorve y Rubén H. Luz Castillo (autor de la remembranza). Los del Colegio Acapulco eran Isaías Acosta, Abacuc Cuevas, Rafael Muñúzuri, Luis Chavelas y Carlos Sutter.
La Miguel Hidalgo se coronará campeona del torneo y cada jugador recibirá un ramo de flores, un listón a manera de banda presidencial, una moneda oro de 20 “reales” (dos pesos con cincuenta centavos), y un tímido y fugaz beso en el cachete de su madrina. Ellas fueron Leova Mazzini, Josefina Berta Aguilar y Consuelo H. Luz Castillo.

Mercado Zaragoza

La plaza principal de Acapulco no puede mantenerse limpia porque en ella funciona el mercado de la ciudad (edificio Pintos) y ello es preocupación de muchos acapulqueños, empezando por el alcalde Samuel Muñúzuri López. Será éste quien tome la decisión de sanear y darle dignidad al espacio que ya lleva el nombre de don Juan Álvarez.
Logrará ese propósito corriendo el cabalístico 1913. Para la construcción del mercado Zaragoza, localizado en la plazoleta de la que toma el nombre (hoy Escudero) el Ayuntamiento ha contado con el apoyo importante del gobernador José Inocente Lugo. Se trata de una nave única consistente en un galerón abierto, con gruesas columnas , piso elevado y techumbre de teja, se levanta frente a la poderosa casa Alzuyeta y tiene a su costado izquierda la tienda de don Francisco Escudero y Espronceda, padre de los futuros mártires.
–¡Ustedes póngasela, carajo!, –ordena irritado el alcalde Muñúzuri cuando los constructores objetan su orden de dotar al mercado de instalación eléctrica. Sencillamente porque en Acapulco no existe tal energía.
Y es que algo sabía don Samuel pues en noviembre de ese mismo 1913 se hará la luz por primera vez en Acapulco, vía planta del hispano Enrique Colina.
Muchos acapulqueños, sin embargo, no elogiaban tanto los beneficios de la novedosa máquina de Colina, como la belleza de su hija Laura.” Luz debió llamarse”, opinaban.
Con un “esa chingadera apestaba a caca”, justifica el coronel Agustín Flores, alcalde interino de Acapulco, su orden de arrasar en 1938 con el mercado Zaragoza. La acción resulta impecable ejecutada por un cuerpo militar de zapadores.
Se hablará en contrario de un cañonazo de 50 mil pesos que más tarde hará famosos el general Obregón. Lo habrían disparado los comerciantes establecidos en el área, particularmente la Casa Alzuyeta.
–¡Háganmela buena, cabrones! –exigía Flores.

Carestía

Con o sin mercados, la carestía de la vida dominará al puerto con precios como estos: Docena de ojotones y agujones, cinco centavos; el litro de leche bronca, 15 centavos; huevos colorados de rancho, tres centavos, y una gallina criollita, 12 centavos. Una vara de manta cruda, 25 centavos, y una boleada en el Zócalo, 10 centavos.
Un litro de petróleo diáfano para candiles y quinqués, 20 centavos; un litro de tractolina para estufas,15 centavos; una cerveza, 20 centavos: la gaseosa acapulqueña marca Trébol, elaborada por don Rafael Pintos, 5 centavos: una copa de coñac francés, 50 centavos. Un automóvil Ford 1934, tres mil pesos y un Chevrolet 1936, seis mil pesos. La dejada de un taxi, 50 centavos.
——————————————- ( espacio más que suficiente para un comentario del lector / (a)).

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