José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Fotografías de Chilpancingo 2
Paquete sepas
Pocas fotos antiguas de Chilpancingo no son sorprendentes. Hay una de 1945 en que los puestos de tacos y aguas frescas se han instalado felizmente a unos cuantos metros de la iglesia de Santa María de la Asunción. Otra, anterior, como de 1920, muestra un Banco de México de dos pisos, todo de madera, instalado sobre polines como cualquier banco del Viejo Oeste. Calles tristes, con unas cuantas personas caminando sin prisa o platicando. Hay fotos buenas y también mal centradas, tan pálidas que con trabajos dibujan una calle o reventando de luz. En algunas, al fotógrafo se le atravesó un perro, un marrano y hasta uno que otro burro callejero. En las de los 50 empiezan a aparecer más automóviles y las calles empezaron a ser arregladas y barridas de vez en cuando. Los Ford, de esos generalmente oscuros que arrancaban dándole vuelta a la manivela del frente, y los Chevrolet de después, que llegaron descapotables y de dos colores. Hasta los años 70, todavía vemos rebozos y canastas. Pero desde antes las fotos se habían empezado a quitar el sombrero. El hormigón y la varilla entraron a la construcción con furia modernista y en los años 60 (no se diga 70, cuando las calles se abrieron y se quedaron sin fachada) las fotos dejaron de parecer de pueblo.
Algunos fotógrafos
En 1945, cuando Guadalupe Damián llegó (de Taxco, proveniente del estado de Hidalgo) a Chilpancingo, sólo había dos fotógrafos: Amando Salmerón y Manuel Herrera Ortega. Para entonces Amando Salmerón (1982-1951), conocido como el retratista de Zapata y uno de los mejores fotógrafos de la Revolución, ya era internacionalmente reconocido por la calidad de su trabajo (en el pozole anterior publicamos una de sus fotos). Hay un libro titulado Los Salmerón, Un siglo de fotografía en Guerrero, que no conozco, en el que deben estar muchos datos y fotos ilustres de Amando, como las que le tomó a Porfirio Díaz durante la inauguración de la carretera México-Acapulco o las que realizó en los Festejos del Centenario del Estado de Guerrero, para no hablar de los combates revolucionarios y de los fusilamientos de que fue testigo e impresor. Dicen que, después de tantos años de que Amando anduvo tras la imagen de Emiliano Zapata, éste lo nombró oficial del Ejército Zapatista y le regaló una carabina 30-30. Dicen que, aunque no titubeó para recibirle el arma a Zapata, le advirtió al general que él sólo sabía disparar… cámaras fotográficas. Por si fuera poco, Amando inventó la foto en relieve y la impresión en concha nácar.
La historia de los Salmerones empezó con el papá de Amando, en 1885, en Chilapa. Si a Amando sumamos los hijos, nietos y tataranietos a los que reheredó la vocación, estaríamos ante una de las familias fotográficas más grandes y talentosas de México, que quizá podría pelear por el Guinnes.
El otro fotógrafo era Manuel Herrera, de quien desafortunadamente no conozco una imagen. Su nieto me cuenta, en cambio, cómo, en las tardes, se activaba especialmente el estudio fotográfico, que tenía paredes de vidrio. Como el sol se iba y había que capturar sus últimos rayos a como diera lugar, para dejarles un buen recuerdo de bodas a estos tortolitos, para que la quinceañera jamás olvide este día, don Manuel corría una cortina para que la luz entrara hasta por el techo, y disponía una serie de láminas tipo acero galvanizado para multiplicar la potencia del sol, de acuerdo a la hora que fuera y a los requerimientos del retrato.
Damián y el pueblo-ciudad
A Guadalupe Damián no le han dedicado libros ni lo mencionan en la Enciclopedia Guerrerense, a pesar de haber tomado fotos de Chilpancingo tan sobresalientes que sin ellas nos faltaría una parte o, mejor dicho, una época de la ciudad. Fotos de pueblo y fotos donde el pueblo se va haciendo ciudá. Damián llegó en 1945 a tomar puras fotos fregonas: el jardín de San Mateo por fuera y caminando por el corredor, el jardín Cuéllar –y su quiosco– por aquí y por allá; el jardín Bravos presumiendo el clima de Chilpancingo con el laurel de la India al que cantó Lamberto Alarcón (He vuelto a mi ciudad, sólo por verte) y que se suponía inmortal, la imbatibilidad de una palmera tropical y el esforzado reverdecimiento de un pino corriente; la calle Morelos de ida y de vuelta.
Le tiendo a Orlando, uno de los hijos de don Guadalupe, una tanda de fotos de su papá, y lo primero que me dice es que su papá le ponía equis adminículo a la lente o a la cámara para que hasta las nubes salieran “vivas”. Y me señala dos fotos: la calle Morelos, con la escuela Anáhuac a la izquierda; al fondo, las torres de Santa María de la Asunción y, tras ellas, un conjunto de nubes con sus capas blancas y oscuras bien definidas. En la foto del jardín Bravos las nubes combinan con el peinado de los árboles y en fotos de los años 60 y 70 don Lupe parecía conocer y andar a gusto en la ciudad, un gran fotógrafo y un exquisito conocedor de las nubes.
–Aunque… en esta foto no hay nubes –se sorprende Orlando ante la foto (1959) de la calle Morelos tomada desde el borde del jardín Cuéllar, con la esquina del Banco de México como primera figura. Luego estamos de acuerdo en que es así porque las nubes no vienen de allá, sino de Tixtla. ¿Cuándo se ha visto que la lluvia venga de Zumpango, de Petaquillas o Amojileca, paisanu?
¿Será verdad que Amando Salmerón sólo tomaba fotos con la luz del día? ¿Será cierto que en algunas fotos de don Lupito de pronto un Chevrolet estacionado junto a Palacio de Gobierno de pronto se ve amarillo, con reflejos –incluso– verdes? ¿Los lectores pozoleros serán capaces de creer que de veras la esquina de la Farmacia Central, en el marco de sombras en que aparece, es decir, en una fotografía que fue tomada en blanco y negro, tiene un cierto color beis fluorescente o como que no se aguanta?
En las fotos de don Guadalupe Damián está el pueblo tirándole a ciudad, sin prisa pero sin pausa. Su registro fotográfico incluye el adobe y el concreto y va de fines de mediados de los años 40 a los 70 (y mucho más acá). Van de él las pocas fotografías que quepan en este pozole, antes de que, en lo que volvemos a las más antiguas, se nos junten más.




