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Raymundo Riva Palacio

ESTRICTAMENTE PERSONAL

* Postales: Cartagena

Cartagena, Colombia.—Detrás de los 11 kilómetros de muralla que rodean el corazón de Cartagena se encuentra el Portal de los Dulces, en donde los escribanos de El Amor en los Tiempos del Cólera mecanografiaban las cartas de amor de los analfabetas, a unas cuantas cuadras en donde tiene su casa el autor, Gabriel García Márquez. También está el Hotel Santa Clara, donde un enamorado de esta ciudad,  Bill Clinton, se hospeda siempre que viene. Su casco viejo tiene reminiscencias de lo que algún día fue La Habana o lo que la modernidad impide ser a San Juan,  con música siempre, en los bares o en bicicletas, que invitan a bailar.
El casco viejo escapó al trazado medieval tras su fundación en el Siglo XVI, pero no a la magia de la cuenca caribeña que siempre se viste en amarillo y azul eléctricos, junto al blanco y el ladrillo de la región. Penetrar las murallas de Cartagena es como asomarse a la pequeña Bourbon Street en Nuevo Orléans, o caminar por el malecón de Saint John, la capital de Antigua y Barbuda, pero no hay comparación. La exquisitez de su gastronomía, con chefs que estudiaron en la academia Cordon Bleu de París, o la riqueza colonial de su arquitectura –sus balcones asemejan a muchos en el centro histórico de Lima–, supera a todos. Esta joya de Colombia es uno de los destinos más hermosos de América Latina.
Pequeña, atrajo el año pasado a más de 200 mil extranjeros que hicieron crecer 16 por ciento al turismo en solo un año. Salvo sus hoteles boutique en el casco viejo, el resto de la ciudad no tiene ninguno que provoque suspiros, y a las 10 mil habitaciones existentes, se le sumarán en los dos próximos años las de tres de las cadenas hoteleras más importantes del mundo. Pero lo que debería de ser una enorme alegría, es también una gran preocupación. Cartagena, padece dos enfermedades: la inseguridad y el turismo sexual.
Quienes se prostituyen no provienen sólo de hogares disfuncionales, sino cruzan las clases socioculturales. La Universidad de San Buenaventura de Cartagena encontró en un estudio en 2009 que el 2 por ciento de las universitarias se reconocían como prostitutas prepago. El sistema era operado por agencias, según el estudio, que buscan mujeres “sexy, amables, responsables y puntuales”. Las cosas no han cambiado. Por 100 dólares, jóvenes de clase media y alta entre 17 y 25 años, ofrecen todo tipo de sexo durante 20 minutos, y según lo activas que sean, pueden llegar a ganar mensualmente entre 2 mil 800 y 5 mil 500 dólares. Si el salario mínimo roza los 330 dólares mensuales, el incentivo para prostituirse es grande.
Pero el turismo sexual no es el mayor de los problemas. Más grave es la prostitución creciente de menores. La Fundación Renacer, cabeza de la cruzada contra la prostitución de menores, estima que hay 650 de 17 años o menos involucrados en el comercio sexual, de los cuales 70 por ciento son niñas, víctimas muchas ocasiones –según la prensa local–, de los propios operadores de turismo, guías, botones y taxistas, que son intermediarios en este negocio. A diferencia de la prostitución entre jóvenes, la de menores está asociada con la pobreza:  el 55 por ciento del casi millón de personas en Cartagena viven por debajo de la línea de miseria.
En las zonas más marginadas de esta ciudad es donde se genera precisamente el fenómeno que por encima incluso del comercio sexual, preocupa a las autoridades: la inseguridad. Las autoridades dicen que son 15 las pandillas juveniles, formadas por jóvenes entre 14 y 17 años, que provocan la violencia que el año pasado dejó 105 muertos en las calles de Cartagena por sus enfrentamientos.  La delincuencia juvenil se da por la descomposición del núcleo familiar y la falta de escuelas, factores que se ven en otros países, y las autoridades no han encontrado la estrategia para enfrentarla.
Esta es la Cartagena de los claroscuros, donde los infiernos, pese a estar a la vista de todos, no se ven ni emergen fácilmente. Lo que hay es vida, música y alegría, en una mezcla de interacción cotidiana con quienes, muchas veces, viven en los dos mundos.

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