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Silvestre Pacheco León

El balneario de Santa Fe

Es Domingo de Ramos y desde temprano los puestos de palmas se han instalado en las cercanías de los templos católicos a lo largo de la cañada.
Dejamos Chilpancingo con su calma esperada de Semana Santa para visitar el balneario de Santa Fe en el municipio de Quechultenango.
Desde Mochitlán el cambio de clima es perceptible. Ya hemos pasado Tepechicotlán donde su estrecha calle suele producir atasco de carros que sólo la tolerancia y la paciencia de los conductores permiten resolver, porque nunca se ve algún agente de tránsito que aligere el paso en esta parte de la cañada que pertenece al municipio de Chipancingo.
A la izquierda del pueblo de Tepechicotlán la cañada se mantiene verde por los cultivos de riego que proveen de elotes, cacahuate, frijol y calabazas a la capital.
Más adelante, en Mochitlán donde una plaza nos recuerda a don Antelmo Bello, revolucionario y promotor del Plan del Zapote contra el dictador Victoriano Huerta, nos encontramos a las primeras vendedoras que desde temprano se colocan a la orilla del río Salado para ofrecer a los visitantes sus frutas picadas.
Durante algunos meses del año las jícamas son el principal producto local que los campesinos ofrecen por montones que casi regalan. Y aunque el ambiente en estos días es reseco y caluroso, hay un viento que baja de la sierra y refresca el hastío del medio día.
En Quechultenango se puede pasar otra vez por el centro del poblado aunque sigue habiendo una vía alterna para ahorrarse el paso por el mercado,  si uno va con el ánimo de disfrutar el viaje puede tomarse su tiempo para saborear un frío y dulce vaso de chilate que en este pueblo se acostumbra acompañar de un bocado de marquesote.
Nosotros nos decidimos por la plaza en la que todo el tiempo se puede encontrar la gran variedad de quelites que los campesinos cultivan en sus parcelas de riego. Los jumilines, esos insectos parecidos a las chinches de campo que se chupan y enchilan las comidas, se ofrecen en montones para deleite de los lugareños y admiración de los visitantes.
Cuando llegamos a Coscamila, el pueblo donde inician los manantiales que dan vida al río Azul, lo primero que encontramos a la orilla de la carretera es el fogón en el que hierven los elotes recién cortados. La mujer que está a cargo dice que a 10 pesos y cuando le pido dos me sorprende con dos bolsas de a tres y me dice que eso se despacha por 10 pesos. Luego la sorprendida es ella cuando la hago que reciba 20 pesos por los dos elotes que me despacha.
Como hemos decidido ir hasta Santa Fe, seguimos de frente dejando atrás el acceso al Borbollón y luego el de los Manantiales, los dos balnearios más antiguos de la cañada.
Por la Semana Santa hay un dispositivo de seguridad muy notorio en todo el camino. En la carretera que entronca con el balneario que visitamos hay una patrulla, una ambulancia y no menos de 10 personas entre policías y ayudantes que dan orientación y asistencia a los visitantes. Unos van rumbo a Chilapa, quizá de visita a familiares de Vista Hermosa o Pantlimani. Los que siguen derecho van a Colotlipa y a las grutas de Juxtlahuaca.
Nosotros tomamos la desviación para el poblado de Santa Fe donde los estragos de la resequedad lo resienten los burros, caballos y vacas, sedientos y hambrientos que deambulan en este medio día entre los rastrojos.
El pueblo de Santa Fe muestra en la construcción de sus casas un progreso inocultable, quizá no sólo del turismo que recibe sino también de las remesas de los familiares que viven en  Estados Unidos.
Sólo la carretera convertida en calle principal muestra cierto abandono en su mantenimiento, aunque eso ayuda a moderar la velocidad cuando se toma la curva en el pronunciado descenso desde la cima del cerro hasta el fondo del cañón donde el verde color del paisaje nos adelanta el placer de su río.
Luego de pagar los 15 pesos de peaje que cobra la comisaría buscamos la sombra de los árboles para estacionarnos sin ningún problema mientras no llega el Sábado de Gloria y el domingo de Pascua en los que todo se satura.
Elegimos para nuestra estadía una enramada de la isleta a la que se accede por puentes de madera de construcción provisional y artesanal, seguros y firmes que también sirven como plataforma de clavados en las  profundas y corrientosas aguas azules.
Daniela y Omar nos reciben amablemente. Ellos, como la mayoría de los matrimonios de Santa Fe, aprovechan esta temporada para ofrecer los servicios de restaurante en el espacio que la comunidad les asigna a lo largo del lecho del río.
Es una ocupación temporal que comienza cuando las sucias aguas de la capital dejan de correr superficialmente. Entonces el río Azul nace en todo su esplendor para ofrecerse fresco y transparente.
El lugar es agradable en todos sentidos. Los cientos de visitantes disfrutan respetuosamente el espacio común para convivir. Y aunque no falta quien tome como autopista la explanada del estacionamiento levantando nubes de polvo, las familias que llegan para divertirse se bañan con alegría contagiosa.
Ni siquiera el permanente desfile de vendedoras y vendedores es molesto, quizá porque no son aún tan insistentes como en otros destinos turísticos. En cambio vale la pena consumir sus productos y saborearlos para ampliar el horizonte de nuestros sentidos.
Todo vale 10 pesos. Con una moneda de ese valor puedes comer media docena de huevos cocidos de codorniz, medio litro de nanches, una bolsa de guamúchiles, medio ciento de mangos verdes, un cuartillo de tamarindos con cáscara o un vaso de pulpa con chile; un coctel de frutas o un ceviche de pescado. También se puede rentar una cámara inflada para usarla como balsa por esa cantidad. Bueno, hasta cigarros sueltos ofrecen los niños aprovechando las vacaciones de la escuela.
Las vendedoras y vendedores ambulantes son de todas las edades, aunque la mayoría son menores de edad. Doña Eufemia es una más. Tiene 78 años y vende los tamarindos de sus árboles, “un poco agrios” nos dice.
En el menú de las enramadas no faltan las “picaditas”, la carne frita de cerdo, el enjitomatado y ahora las mojarras. El precio de los platillos va de 45 a 70 pesos.
En este balneario construido por deseo expreso del gobernador Alejandro Cervantes Delgado, están agotadas las reservaciones en los bungalows cuya tarifa es de 450 pesos, pero aún hay espacio en las cabañas del otro lado del río donde se localiza el gigantesco tobogán que tanto atrae a los jóvenes y niños.
La amplia explanada que se alquila para acampar luce aseada con los primeros grupos de vacacionistas disfrutando del río y los juegos al aire libre.
La fiesta de la Semana Santa ya ha comenzado y este domingo el presidente municipal de Quechultenango visita Santa Fe. Va delante de la música de viento con la comitiva. Las autoridades del lugar lo acompañan. Las vendedoras ambulantes y los vendedores han sido citados para la reunión. Dicen que recibirán uniformes y los enramaderos serán dotados de lonas y utensilios. Se quiere mejorar la presentación de los lugareños en éste que es el principal centro recreativo del municipio.
De regreso a la capital nos encontramos con las procesiones de la comunidad religiosa. Las mujeres van con sus palmas que serán bendecidas.

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